Todo comenzó a los siete años cuando vio el primer cadáver. Viajaba en bus con su familia cuando su padre dijo: miren, un muerto. Desoyendo el ruego de su madre, que lo jalaba de un brazo: ni se te ocurra; Martín pegó los ojos a la ventana para contemplar el cuerpo inerte del hombre desnudo tendido en la pista. Seis segundos, los que toma rascarse la nariz, configuraron a Martín para siempre.
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