En busca de Klingsor, El fin de la locura y ahora: El jardín devastado. Con este último libro el mexicano Jorge Volpi completa una trilogía sobre el hombre y su destino.
En busca de Klingsor, El fin de la locura y ahora: El jardín devastado. Con este último libro el mexicano Jorge Volpi completa una trilogía sobre el hombre y su destino.
Gabriela bien podría haber sido, según confesión propia, la séptima esposa de Badani, con su día propio para ser adorada. Gabriela bien podría ser la desconocida swinger que muchas parejas quisieran para ese primer intercambio sin máscaras. La conocí primero cuando en la librería La Familia me regalaron un ejemplar de Cosas que deja la gente cuando se va, poemario que publicó en 2007 en la Colección Underwood. Luego, a través de algunas de sus crónicas gonzo en Etiqueta Negra. Por lo general no me gustan las crónicas en las que el periodista es partícipe, a menos que la experiencia trastoque su visión del mundo o de una parte de éste. Una experiencia que merezca ser contada desde el yo, porque puede tocar los “yo” de muchos. Gabriela no se atrevería a escribir periodismo sobre algo que solo ha leído o le han contado. Puedo comprender esa necesidad. Creo que la vida le fascina y la vida comienza -dónde sino- en la cama.
Me dio curiosidad entonces la curiosidad de Gabriela, su fascinación por abordar el sexo sin censurarse, por escribir con ovarios, pero sin calzón, la misma curiosidad que sentí el primer día que, de casualidad, capté Internet en mi cuarto y navegué a propósito por páginas porno por primera vez. Por eso anoche, que me compré Sexografías, el primer libro de Gabriela, me dispuse a leerlo en la cama. Hace unos minutos he terminado de leerlo. “Esta noche me dispongo a ser infiel con permiso de mi marido”, escribe Gabriela en su famosa incursión al club
swinger; “yo también quería llegar hondo”, dice en su nota sobre los efectos de la Ayahuasca. Pero miente: con permiso o sin permiso ella llegaría hondo. Gabriela, que conoce de sexo y fantasea, y que escribe sobre él con más entusiasmo que una pornstar, no para sexólogos ni principiantes, ha comprendido y ha aprendido algo de cada una de sus experiencias. Esa certeza quedó en mí al leer el libro en conjunto. Participa, pero no deja de ser nunca una testigo. Se podría juzgar su actitud, vivir algo para escribir al respecto, pero si no lo hace para juzgar, yo no puedo juzgarla. Maneja la contención y el desbordamiento, no se reprime. Sus historias conmueven y divierten (las risas tontas que generan algunos pasajes se hacen cada vez menos tontas), en fin, son muy humanas. Sexografías, en la mesa de noche o debajo de la almohada.
John Updike, una de las grandes voces de la narrativa norteamericana, murió a los 76 años. Sus textos lo sobrevivirán.
Al personaje de Hanna Schmitz, interpretado por Kate Winslet en The Reader, le fascina que le lean en voz alta. Una de sus “lecturas” favoritas es La dama y el perrito, de Chéjov. Más le leen, más se enamora. Y este amor es para toda la vida. Así como Winslet (cada vez más cerca de ser la próxima Meryl Streep) ganará el Óscar a mejor actriz principal por su rol en Revolutionary Road, y su esposo, Sam Mendes, ha desatado la Yeatsmanía, La Dama y el perrito será leída en voz alta por miles en el mundo entero. Solo leemos en voz alta lo que amamos y solo le leemos en voz alta a quien amamos.
En http://www.filmjournal.com/, Winslet habla sobre sus roles en ambas películas. Dice que lo único que tienen en común es que se basan en dos novelas que le gustan:
“Playing someone like Hanna Schmitz is so different to someone like April Wheeler. The one thing, I guess, they did have in common is that they are both based on novels [The Reader, an international bestseller much-respected in Germany, is by Bernhard Schlink, and Revolutionary Road is the work of Richard Yates], and the source material is so rich that, in both instances, they really became my bible, which doesn’t happen all the time. My copy of The Reader is on a shelf right next to my copy of Revolutionary Road, and they both don’t even resemble books anymore—it looks like a dog has had a go at them. They’re just practically falling apart.”
Ahora leamos en voz alta La dama y el perrito o La señora del perrito:
1
2
Una semana había pasado desde que hicieron amistad. Era un día de fiesta. Dentro de las casas hacía bochorno, mientras que en la calle el viento formaba remolinos de polvo y tiraba el sombrero a los transeúntes. Era un día de sed, y Gurov entró varias veces en el pabellón y ofreció a Ana Sergeyevna jarabe y agua o un helado. Nadie sabía qué hacer.
Por la tarde, cuando el viento se calmó un poco, salieron a ver venir el vapor. Había muchas personas paseando por el puerto; se habían reunido para recibir a alguien y llevaban ramos de flores. Se notaban allí dos peculiaridades de la gente elegante de Yalta: las señoras mayores iban como muchachas y había muchos generales vestidos de uniforme.
A causa de lo alborotado que estaba el mar, el vapor llegó muy tarde, después de la puesta del sol, y tardó mucho tiempo en atracar al muelle. Ana Sergeyevna miró a través de sus impertinentes al vapor y a los pasajeros como esperando encontrar algún conocido, y al volverse hacia Gurov sus ojos brillaban. Habló mucho y preguntaba cosas desacordes, olvidando al poco rato lo que había preguntado; al hacer un movimiento con la mano dejó caer los impertinentes al suelo.
La gente empezaba a dispersarse; estaba demasiado oscuro para ver las caras de los que pasaban. El viento se había calmado por completo, pero Gurov y Ana Sergeyevna permanecían allí quietos como si esperasen ver salir a alguien más del vapor.
Ella olía en silencio las flores sin mirar a Gurov.
-El tiempo está mejor esta tarde -dijo él-. ¿Dónde vamos ahora?
Ella no contestó.
Entonces Gurov la miró intensamente, rodeó su cuerpo con el brazo y la besó en los labios, mientras respiraba la frescura y fragancia de las flores; luego miró a su alrededor ansiosamente, temiendo que alguien lo hubiese visto.
-Vamos al hotel -dijo él dulcemente. Y ambos caminaron de prisa.
La habitación estaba cerrada y perfumada con la esencia que ella había comprado en el almacén japonés. Gurov miró hacia Ana Sergeyevna y pensó: ¡Cuán distintas personas encuentra uno en este mundo! Del pasado, conservaba recuerdos de mujeres ligeras, de buen fondo algunas, que lo amaban alegremente agradeciéndole la felicidad que él podía darles, por muy breve que fuese; de mujeres, como la suya, que amaban con frases superfluas, afectadas, histéricas, con una expresión que hacía sospechar que no era amor ni pasión, sino algo más significativo; y de dos o tres más, hermosas, frías, en cuyos rostros sorprendió más de una vez destellos de rapacidad, el deseo obstinado de sacar de la vida aún más de lo que ésta podía darles. Eran mujeres irreflexivas, dominantes, faltas de inteligencia y de edad ya madura; cuando Gurov empezaba a mostrarse frío con ellas, esta misma hermosura excitaba su odio, figurándosele que los encajes con que adornaban su ropa eran para él escalas.
Pero en el caso actual sólo había la timidez de la juventud inexperta, un sentimiento parecido al miedo; y todo esto daba a la escena un aspecto de consternación, como si alguien hubiera llamado de repente a la puerta. La actitud de Ana Sergeyevna -«la señora del perrito»- en todo lo sucedido tenía algo de peculiar, de muy grave, como si hubiera sido su caída; así parecía, y resultaba extraño, inapropiado. Su rostro languideció, y lentamente se le soltó el pelo; en esta actitud de abatimiento y meditación se asemejaba a un grabado antiguo: La mujer pecadora.
-Hice mal -dijo-. Ahora usted será el primero en despreciarme.
Sobre la mesa había una sandía. Gurov cortó una tajada y empezó a comérsela sin prisa. Durante cerca de media hora ambos guardaron silencio.
Ana Sergeyevna estaba conmovedora; había en ella la pureza de la mujer sencilla y buena que ha visto poco de la vida.
La luz de la bujía iluminando su rostro mostraba, sin embargo, que se sentía desgraciada.
-¿Cómo es posible que yo llegara a despreciarla? -preguntó Gurov-. No sabe usted lo que dice.
-Dios me perdone -dijo ella; y sus ojos se llenaron de lágrimas-. Es horrible -añadió.
-Parece que necesita usted ser perdonada.
-¿Perdonada? No. Soy una mala mujer; me desprecio a mí misma y no pretendo justificarme. No es a mi marido, es a mí a quien he engañado. Y esto no es de ahora, hace mucho tiempo que me estoy engañando. Mi marido podrá ser bueno y honrado, pero ¡es un lacayo! No sé qué es lo que hace allí ni en lo que trabaja; pero sé que es un lacayo. Yo tenía veinte años cuando me casé con él. He vivido atormentada por un sentimiento de curiosidad; necesitaba algo mejor. Debe de haber otra clase de vida, me decía a mí misma. Sentía ansias de vivir. ¡Vivir! ¡Vivir!… La curiosidad me abrasaba… Usted no me comprende, pero le juro a Dios que llegó un momento en que no pude contenerme; algo fuera de lo corriente debió ocurrirme; le dije a mi marido que estaba mala y me vine aquí… Y aquí he estado vagando de un lado para otro como una loca…, y ahora me veo convertida en una mujer vulgar, despreciable, a quien todos mirarán mal.
Gurov se sintió aburrido casi al escucharla.
Le irritaba el tono ingenuo con que hablaba y aquellos remordimientos tan inoportunos; a no ser por las lágrimas hubiera creído que estaba representado una comedia.
-No la entiendo a usted -dijo dulcemente-. ¿Qué es lo que quiere?
Ella ocultó su rostro en el pecho de él estrechándolo tiernamente.
-Créame, créame usted, se lo suplico. Amo la existencia pura y honrada, odio el pecado. Yo no sé lo que estoy haciendo. La gente suele decir: «El demonio me ha tentado». Yo también pudiera decir que el espíritu del mal me ha engañado.
-¡Chis! ¡Chis!… -murmuró Gurov.
Después la miró fijamente, la besó, hablándole con dulzura y cariño, y poco a poco se fue tranquilizando, volviendo a estar alegre, y acabaron por reírse los dos. Cuando salieron afuera no había un alma a orillas del mar. La ciudad, con sus cipreses, tenía un aspecto mortuorio, y las olas se deshacían ruidosamente al llegar a la orilla; cerca de ella se balanceaba una barca, dentro de la que parpadeaba soñolienta una linterna.
Encontraron un coche y lo tomaron; fueron en dirección de Oreanda.
-Al pasar por el vestíbulo he visto su apellido escrito en la lista: Von Diderits -dijo Gurov-. ¿Su marido de usted es alemán?
-No; creo que su abuelo sí lo era, pero él es ruso ortodoxo.
En Oreanda se sentaron silenciosos en un sitio no lejos de la iglesia y mirando hacia el mar. Yalta apenas era visible a través de la bruma matinal; blancas nubes permanecían quietas en lo alto de las montañas. No se movía una hoja; en los árboles cantaban las cigarras, y sólo llegaba a ellos desde abajo el cavernoso y monótono ruido de las olas hablando de paz, de ese sueño eterno que a todos nos espera. Del mismo modo debía oírse cuando ni Yalta ni Oreanda existían; así se oye ahora, y se oirá con la misma monotonía cuando ya no vivamos. Y en esta constancia, en esta completa indiferencia para la vida y la muerte de cada uno de nosotros, ahí se oculta tal vez la garantía de nuestra eterna salvación, del movimiento incesante de la vida sobre el mundo, del progreso hacia la perfección. Sentado al lado de una mujer joven que en la luz del amanecer parecía tan encantadora, acariciada e idealizada por los mágicos alrededores -el mar, las montañas, las nubes, el cielo azul-, Gurov pensó lo hermoso que es todo en el mundo cuando se refleja en nuestro espíritu: todo, menos lo que pensamos o hacemos cuando olvidamos nuestra dignidad y los altos designios de nuestra existencia.
Un hombre pasó cerca de ellos -un guarda, probablemente-, los miró, y siguió adelante.
Y este detalle les parecía misterioso y lleno de encanto también. Luego vieron un vapor que venía de Teodosia, cuyas luces brillaban confundidas con las del amanecer.
-Hay gotas de rocío sobre la hierba -dijo Ana Sergeyevna después de un silencio.
-Sí. Es hora de volver a casa. Y se volvieron a la ciudad.
Desde entonces volvieron a verse todos los días a las doce; comían juntos, se paseaban, contemplaban el mar. Ella se quejaba de dormir mal, sentía palpitaciones en el corazón; le hacía las mismas preguntas, interrumpidas a veces por celos, otras por el miedo de que Gurov no la respetara bastante. Y a menudo, en los jardines, a orillas del agua, cuando se encontraban solos, él la besaba apasionadamente. Aquella vida reposada, aquellos besos en pleno día mientras miraba alrededor por temor de ser visto, el calor, el olor del mar y el continuo ir y venir de gente desocupada, perfumada, bien vestida, hicieron de Gurov otro hombre. Encontraba a Ana Sergeyevna hermosa, fascinadora, y así se lo repetía a ella. Se volvió impaciente y apasionado hasta el punto de no querer separarse de su lado, y ella, mientras tanto, seguía pensativa y continuamente le decía que no la respetaba bastante, que no la amaba lo más mínimo, y que seguramente pensaría de ella como de una mujer cualquiera. Todos los días a la caída de la tarde se iban en coche fuera de Yalta, a Oreanda o a la cascada, y estos paseos eran siempre un triunfo para ellos; la escena les impresionaba invariablemente como algo magnífico y hermosísimo.
Esperaban al marido, que debía venir pronto; pero un día llegó una carta en la que anunciaba que se encontraba mal y suplicaba a su esposa que volviera cuanto antes. Ana Sergeyevna se preparó, pues, a marcharse.
-Es una buena cosa el que yo me vaya -le dijo a Gurov-. «¡Es el dedo del destino!»
El día de la marcha, Gurov la acompañó en el coche. Cuando llegaron al tren y sonó la segunda campanada, Ana Sergeyevna le dijo:
-¡Déjame mirarte una vez más… otra vez! Así, ya está.
No lloraba, pero en su rostro se reflejaba tal tristeza que parecía enferma, los labios le temblaban.
-Me acordaré de ti siempre…, pensaré siempre en ti -dijo-. Que Dios te proteja; sé feliz. No pienses nunca mal de mí. Nos separamos para no volvernos a ver más; así debe ser, porque nunca debimos habernos encontrado. Que Dios sea contigo, adiós.
El tren partió rápido, sus luces desaparecieron pronto de la vista, y un minuto más tarde no se oía ni el ruido, como si todo hubiera conspirado para hacer terminar lo antes posible aquel dulce delirio, aquella locura. Solo, en el andén, mirando hacia donde el tren desapareció, Gurov escuchó el chirrido de las cigarras, el zumbido de los hilos del telégrafo, y le pareció que acababa de despertarse. Y meditó sobre este episodio de su vida que también tocaba a su fin, y del que sólo el recuerdo quedaba… Se sintió conmovido, triste y con remordimientos. Aquella mujer, que nunca más volvería a encontrar, no fue feliz con él, porque aunque la trató con afecto y cariño, hubo siempre en sus maneras, en sus caricias, una ligera sombra de ironía, la grosera condescendencia de un hombre feliz que, además, le doblaba la edad. Ana Sergeyevna lo llamó siempre bueno, distinto de los demás, sublime a veces…; constantemente se había mostrado a ella como no era en realidad, sin intención la había engañado.
Un vago perfume de otoño se dejaba ya sentir en la atmósfera, hacía una tarde fría y triste.
-Es hora de que me marche al Norte -pensó Gurov al dejar el andén-. ¡Sí, ya es hora!
4
Hace un mes, haciendo escala en Santiago rumbo a Buenos Aires, me enteré en el aeropuerto de los sorprendentes resultados de una encuesta: la gente sigue prefiriendo leer libros antes que navegar por internet o recorrer las tiendas durante una larga espera entre país y país. Por eso les está yendo de maravillas a las librerías de los aeropuertos, aunque recarguen los precios hasta en un 20 %. Ya en el aire, podemos elegir entre varias películas de estreno, entre ellas, las nominadas. Por supuesto no es lo mismo ir en bus que ir en avión. En bus no puedes elegir: es Van Damme o Jackie Chan. Y punto.
El curioso caso de Benjamin Button, dirigida por David Fincher (Seven, El club de la pelea), parte de un relato corto de Scott Fitzgerald, de la premisa de vivir la vida de atrás para adelante, de vivir primero y aprender después. La película dura casi 3 horas y aunque los artificios técnicos alcanzan la magia como en Big Fish y Brad Pitt se esfuerza y Cate Blanchett brilla, la historia se va hundiendo lentamente como el barco en que viaja el protagonista. ¿Por qué? Porque el guión no indaga en la premisa, sino en las sensaciones.
The Reader, novela del escritor alemán Bernhard Schlink, es adaptada al cine por Stephen Daldry, con esa misma sabiduría y contención que manifestó en Billy Elliot y Las Horas. Una película, hay que decirlo, que apuesta a ganador, no porque manipula, sino porque conmueve. Entender aquello que nos rodea y que influye el transcurso de nuestra existencia, el contexto en que crecemos y creemos, en aprendizajes a través de las historias vividas, leídas por otros y por nosotros mismos, el holocausto al fin y al cabo del amor mismo.
En una librería de viejo de Buenos Aires me reeencontré en diciembre pasado con Cesare Pavese. El libro es Poemas inéditos - poemas elegidos, editado por Librerías Fausto, con traducción y prólogo de Horacio Armani y notas de Italo Calvino. Este conjunto de poemas los escribió Pavese luego de una crisis amorososa y creativa. Dijo que había “rozado la poesía-desahogo y vencido”. En esta edición de 1975 aparecían por primera vez en castellano 29 poemas inéditos rescatados por Calvino. Aquí podemos encontrar dos:POEMAS INÉDITOS
SUEÑO
¿Aún se ríe tu cuerpo a la sutil caricia
de la mano o del aire, y reencuentra en el aire
otros cuerpos, a veces? Tantos de ellos retornan
de un temblor en la sangre, de una nada. Hasta el cuerpo
que se tendió a tu lado te busca en esa nada.
Era un juego voluble pensar que alguna vez
la caricia del aire podría resurgir
como súbito recuerdo en la nada. Tu cuerpo
se habría despertado una mañana, amoroso
de su misma tibieza, bajo el alba desierta.
Un agudo recuerdo te hubiera recorrido
y una sonrisa aguada. ¿Aquel alba no vuelve?
Y se hubiera estrechado a tu cuerpo en el aire
esa fresca caricia, en la íntima sangre,
y hubieras comprendido que aquel tibio momento
respondía en el alba a un temblor diferente,
un temblor de la nada. Tú lo hubieras sabido
como un día lejano supiste que un cuerpo
estaba tendido a tu lado.
Levemente dormías
bajo un aire riente de frágiles cuerpos,
amante de una nada. Y la aguda sonrisa
te recorrió abriéndote los ojos asombrados.
¿No ha vuelto nunca más, de la nada, aquel alba?
POEMAS ELEGIDOS
MAÑANA
La ventada entornada contiene un rostro
sobre el campo del mar. Los vagos cabellos
acompañan el tierno ritmo del mar.
Los recuerdos no existen sobre este rostro.
Sólo una sombra que huye, como de nube.
La sombra es húmeda y dulce como la arena
de una cavidad intacta, bajo el crepúsculo.
No hay recuerdos. Solamente un susurro
que es la voz del mar hecha recuerdo.
En el ocaso el agua débil del alba
que se embebe de luz aclara el rostro.
Cada día es un milagro sin tiempo
bajo el sol: una luz salobre lo impregna
y un sabor de fruto marino vivo.
No existen recuerdos sobre este rostro.
No existe una palabra que lo contenga
o una a las cosas pasadas. Ayer
se esfumó de la breve ventana como
se desvanecerá dentro de poco, sin tristeza
ni palabras humanas sobre el campo del mar.