Le molestaba que los hombres fueran los únicos autorizados a cargar el ataúd de su padre. Talón - punta, talón - punta. Se bamboleaban por las calles de su barrio de toda la vida. Los vecinos, asomados a sus ventanas, contemplaban el desfile hacia la muerte. Su madre avanzaba apoyada en dos amigas; tres velos negros. Un coro de mujeres cantaba. El humo del sahumerio flotaba por encima de las cabezas, haciendo más gris el gris de la tarde. Su padre al fin lo había conseguido: un pequeño dios rodeado de adoradores. Se abrieron las rejas del cementerio. Dos muchachos que esperaban tras las rejas se acercaron.
También somos sus hijos, dijeron.
Bajo el silencio de todas las miradas, pidieron cargar el féretro en su tramo final. Sin palabras, les dieron la oportunidad. Se acomodaron el ataúd en los hombros. Un instante para conocer treinta años de verdades de su padre.
Ahora que está muerto por fin mi padre está completo. Se ha armado en cada uno de nosotros. Todas sus distintas caras. Para eso muere un padre.



Ricardo Sumalavia, autor de la excelente novela Que la tierra te sea leve, anuncia que el 5 de setiembre comenzarán nuevamente las clases en su taller virtual de narrativa La cueva. Esta vez el taller contará con autores invitados como Santiago Roncagliolo, Andrés Neuman, Alejandro Zambra, Guadalupe Nettel, Ana María Shua e Iván Thays.
Me regalaron un pequeño paracaídas de papel. La idea era encender su mecha, sostenerlo de las puntas y dejarlo partir. Apenas se elevase había que pedir deseos. Me habían dejado una nota: el vuelo fallaba si solo yo los pedía. Siempre he creído en el trabajo en equipo, incluso la felicidad es un trabajo en equipo. Estábamos en la playa, en una casa frente al mar con habitaciones para cada uno. Competíamos por la música. Por enumerar en qué restaurantes nos saludaban por nuestros nombres (quise contar que en uno me cambian de nombre y nunca corrijo, porque me gusta ser otra para alguien). Por permanecer desabrigados pese al frío de la lluvia. Las parejas se repetían: nadie te querrá como yo. Seguro por eso nos reíamos tanto. Si reírse es una señal de poder, debíamos tener todo lo que deseábamos. Podíamos pedir todavía más. Había un mañana y estaciones como años. Todo lo que amábamos seguiría vivo. 
