Lorrie Moore (Nueva York, 1957) es una de las mejores cuentistas de Estados Unidos. Es un placer leerla y aprender de ella. En 1985 publicó el libro Autoayuda, donde apareció el cuento Cómo convertirse en escritora. Hace poco lo analizamos en mi clase de narrativa, como un ejercicio para aprender a tener un punto de vista como autores. Para escribir hay que vivir incorformes con la realidad, preguntarse: ¿por qué merece la pena que esto exista?, ¿qué verá aquí el lector de extraordinario?, ¿qué recordará? Lorrie Moore nos dice también que al nacer el lector, muere el autor. Si están obsesionados con escribir, si amanecerse no les pesa, si piensan en literatura todo el tiempo, este texto los inspirará todavía más. Disfrútenlo, pero luego salten de inmediato del mundo de las ideas al mundo de la acción.
“Primero, trata de ser algo, cualquier cosa pero otra cosa. Estrella de cine/astronauta. Estrella de cine/misionera. Estrella de cine/maestra jardinera. Presidente del mundo. Es mejor si fracasas cuando eres joven —digamos, a los catorce—. Una desilusión temprana, crítica es necesaria para que a los quince puedas escribir largas oraciones en forma de haiku sobre el deseo que no se realiza. Es un estanque, pimpollo de cerezo, viento que golpea contra alas de gorrión se va hacia montañas. Cuenta las silabas. Muéstraselo a tu mamá. es dura y práctica. Tiene un hijo en Vietnam y un esposo que tal vez tiene una amante. Cree en usar marrón porque eso no deja ver las manchas. Mirará con rapidez lo que escribiste, después te mirará a ti de nuevo con la cara vacía como un donut. Dirá:
¿Qué te parece si vacías el lavaplatos?
Desvía la vista. Empuja los tenedores dentro del cajón, accidentalmente rompe uno de los vasos que dan gratis en las estaciones de servicio. Esto es el dolor y el sufrimiento que se requieren. Esto es sólo para empezar.”
Dile a tu compañera de cuarto (en el taller de escritura creativa), tu gran idea, tu gran ejercicio de poder imaginativo: una transformación de Melville a la vida contemporánea. Será sobre la monomanía y el mundo del pez grande se come al pez pequeño de los seguros de vida en Rochester, Nueva York. La primera oración será: “Llámenme Comepescado” y tendrá como rasgo importante un esposo suburbano menopáusico llamado Richard, a quien, como está tan deprimido todo el tiempo, su inteligente esposa Elaine llama “Mufi Dick”. Dile a tu compañera de cuarto:
- Mufi Dick, ¿entiendes?
Tu compañera de cuarto te mira, la cara vacía como un gran pañuelo de papel. Viene hasta ti como un varón amigo de otro, y te pasa un brazo sobre los hombres apesadumbrados.
-Escucha, Francie –dice, lentamente como se habla en las terapias-. Salgamos a tomarnos una cerveza.
El seminario no aprecia esto tampoco. Sospechas que todos ellos están empezando a sentir lástima por ti. Dicen:
-Tienes que pensar en lo que está pasando. ¿Dónde está la historia?
En el semestre siguiente, el profesor está obsesionado con escribir a partir de experiencias personales. Tienes que escribir a partir de lo que sabes, a partir de lo que te ha pasado. Quiere muertes, quiere viajes en carpa. Piensa en lo que te ha pasado. En tres años, hubo por lo menos tres cosas: perdiste tu virginidad; tus padres se divorciaron; y tu hermano vino a casa desde una selva a quince kilómetros de la frontera de Camboya con sólo medio muslo, una mueca permanente anidada en un costado de la boca.
Sobre lo primero, escribes: “Creó un espacio nuevo, que dolía y gritaba en una voz que no era la mía. No soy la misma desde entonces, pero voy a estar bien”.
Sobre lo segundo, escribes una historia elaborada sobre una vieja pareja de casados que se tropiezan con una mina antipersonal en la cocina y accidentalmente se vuelan en pedazos. Le pones como título: “Hasta que la mortadela nos separe”. Sobre lo último, no escribes nada. No hay palabras para eso. Tu máquina de escribir tararea. No encuentras palabras.
En las fiestas con cócteles de los estudiantes, la gente dice:
-Ah, ¿escribes? ¿Y sobre qué escribes?
Tu compañera de cuarto, que tomó demasiado vino, comió demasiado queso, y ninguna galletita, estalla:
-Ay, mi dios, siempre escribe sobre su estúpido novio.
Más tarde, en la vida, vas a aprender que los escritores son simplemente textos abiertos, indefensos, sin una comprensión real de lo que escribieron y por lo tanto tienen que creer a medias cualquier cosa que se diga de ellos, todo lo que se diga de ellos. Sin embargo, tú todavía no has llegado a esa etapa de la crítica literaria. Te pones tiesa y dices:
-No es cierto –como lo decías cuando alguien en cuarto grado te acusaba de que en realidad te gustaban las clases de oboe y en realidad tus padres no te estaban obligando a tomarlas.
Insiste en que no estás muy interesada en ningún tema en particular, en que estás interesada en la música del lenguaje, en que estás interesada en… en… las sílabas, porque son los átomos de la poesía, las células de la mente, el aliento del alma. Empieza a sentirte mareada. Mira fijo tu copa de plástico con vino.
-¿Sílabas? –vas a oír que dice alguien, la voz arrastrada y cada vez más lejana mientras se alejan hacia el blanco tranquilizador del bol de salsa.
Empieza a preguntarse sobre qué escribes. O si tienes algo que decir. O si existe eso que llaman algo que decir. Limita esos pensamientos a no más de diez minutos por día, como sesiones, pueden hacerte pensar. Vas a leer algo en alguna parte, que toda escritura tiene que ver con los genitales del que escribe. No te dediques a pensarlo. Te pondrá nerviosa.
Tu madre va a venir a visitarte. Va a mirar las orejas y te va a dar un libro marrón con un maletín marrón en la tapa. Se llama: Cómo ser una ejecutiva de negocios. También te compró la enciclopedia de Nombres de bebés que le pediste; uno de tus personajes, un maestro envejecido de la escuela de payasos, necesita un nuevo nombre. Tu madre va a menear la cabeza y decir:
-Francie, Francie, ¿recuerdas cuando ibas a ser especialista en psicología infantil?
Di:
-Mamá, me gusta escribir.
Ella va a decir:
-Claro que te gusta escribir. Claro. Claro que te gusta escribir.
Escribe una historia sobre un estudiante de música confundido y ponle como título: “Schubert fue el de los anteojos, ¿verdad?”. No es un gran éxito aunque a tu compañera de cuarto le gusta la parte en que dos violinistas accidentalmente se vuelan en pedazos en una habitación preparada para un recital.
-Salí con un violinista una vez –dice, y hace estallar su pelota de chicle.
Gracias a dios estás haciendo otros cursos. Encuentras un santuario en los problemas complejos de la ontología del siglo XIX y los rituales de cortejo de los invertebrados. Ciertos moluscos globulares tienen lo que se llama “Sexo por el brazo”. El pulpo macho, por ejemplo, pierde el extremo de un brazo cuando lo pone dentro del cuerpo de la hembra durante el acto sexual. Los biólogos marinos lo llaman “Séptimo Cielo”. Siéntete feliz de saber esas cosas. Siéntete feliz de no ser solamente una escritora. Inscríbete en la facultad de derecho.
De ahí, pueden pasar muchas cosas. Pero la principal será: decides no ir a la facultad de derecho después de todo y en lugar de eso, te pasas una parte grande, importante de tu vida adulta contándole a la gente cómo decidiste no ir a la facultad de derecho después de todo. De alguna forma, terminas escribiendo otra vez. Tal vez te recibas. Tal vez trabajas en lo que puedes y haces cursos de escritura de noche. Tal vez estás trabajando en una novela y tomando nota de todas las afirmaciones inteligentes y las confesiones íntimas que oyes durante el día. Tal vez estás perdiendo a tus amigos, tus conocidos, tu equilibrio.
Rompiste con tu novio. Ahora sales con hombres que, en lugar de susurrar: “Te amo”, gritan: “Házmelo, nena”. Eso es bueno para tu escritura.
Tarde o temprano tienes un manuscrito terminado, más o menos. La gente lo mira con los ojos vagamente preocupados y dice:
-Apuesto a que ser escritora fue siempre una de tus fantasías, ¿no?
Se te secan los labios, se te convierten en sal. Di que de todas las fantasías posibles en el mundo, no puedes imaginarte que ser escritor pueda siquiera llegar a estar entre las primeras veinte. Diles que vas a ser especialista en psicología infantil.
-Apuesto –suspiran ellos, siempre-, apuesto a que serías excelente con los chicos.
Búrlate de ellos con ferocidad. Diles que eres una hoja de cuchillo que camina.
Deja de ir a clase. Deja de trabajar. Cobra viejos bonos de ahorros. Ahora tienes tiempo como verrugas en las manos. Lentamente, copia todas las direcciones de tus amigos en una nueva libreta de direcciones.
Aspira. Mastica caramelos para la tos. Lleva una carpeta llena de fragmentos.
Un párpado que se oscurece hacia un costado.
El mundo como conspiración.
¿Argumento posible? Una mujer se sube a un autobús.
Supón que tiras un amorío y nadie viene.
En casa, toma mucho café. En Howard Jonson’s, pide ensalada de repollo. Piensa la forma en que la ensalada parece un mapa convertido en papel picado: dónde estuviste, adónde vas, “Usted está aquí”, dice la estrella roja en la parte de atrás del menú.
De vez en cuando, sal con una cara blanca como una hoja de papel que te pregunta si los escritores se desaniman. Di que a veces lo hacen y a veces, no. Di que se parece mucho a tener la polio.
-Interesante –sonríe tu cita y después se mira los pelos del brazo y empieza a alisarlos, todos, siempre, en la misma dirección”.



Confesarte cuando has pecado, pero solo si te arrepientes. Confieso las cosas de las que no me arrepiento:
Así como hay la temporada de verano para el Senamhi o la temporada de fresas para las vendedoras del mercado, para los alcaldes de Lima hay la temporada de romper pistas. Ésta es. Noviembre de 2009. “Calle clausurada, solo propietarios”. Flechas que indican “siga adelante”. Huecos y mallas naranjas que los rodean. Nuevos edificios en construcción, altísimos e impagables. La verdad es que no sé hacia dónde ir. Salgo de mi departamento y veo levantarse el edificio más alto de Lima, el futuro hotel Westin, piso a piso, metro a metro. Me entristece la nueva mole gris que bloqueará por siempre mi cielo gris. Sigo de largo y me topo con La Positiva. ¿Quién puede deprimirse al leer ese nombre en un edificio de seguros? Hace poco atropellaron a un hombre en bicicleta en esa misma esquina. Yo viví durante 24 años en la calle Granada y cuando rompieron la pista y permaneció así durante un mes, por fin le hizo honor a su nombre. Nada tenía que ver con España, como sospechaba.
Conozco a un chico que colecciona muñecos de actores, de escenas de sus series favoritas y de cantantes. Los luce en su escritorio, que está en la sala de su casa, y los admira. Nunca he ido a su casa. Cuando se refiere a ellos no sabe explicar por qué le encantan. Hoy le pregunté qué le decían sus amigos sobre esta colección. Me respondió que no todo el mundo entiende su pasatiempo, algo que para mí es como no comprenderlo a él. Los coleccionistas conservan cosas que a nadie más importan, las atesoran como a un secreto o una vergüenza o un tatuaje. Algo de la infancia que nunca se resolvió. Creces y está mal visto coleccionar. Ahora eres tú el que es observado a través de una lente, como tú observabas a los insectos que introducías en frascos.
No he leído la famosa trilogía de Stieg Larsson, pero acabo de ver la película sobre la primera parte: Los hombres que no amaban a las mujeres. Es una observación arbitraria, dado que no puedo comparar, y yo misma me la perdono: creo que Larsson habría estado contento con el resultado. ¿Por qué? El argumento está muy bien estructurado, los conflictos se resuelven con verosimilitud, los actores (principales y secundarios) están en la piel de los personajes, la atmósfera es envolvente y la historia entretiene de principio a fin. Mikael Blomkvist es un reconocido periodista de investigación que, antes de ir a prisión por un cargo falso, deberá encargarse de resolver la desaparición -36 años atrás- de Harriet Vanger, quien fuera su niñera durante un verano. A Mikael lo contrata el tío de Harriet, Henrik, que nunca tuvo nietos y sufrió mucho por la ausencia, inquietado por las flores disecadas y enmarcadas que le entregaba su sobrina y que sigue recibiendo en cada uno de sus cumpleaños, desde cualquier lugar del mundo. Estas flores son las que movilizan la historia. Como en toda historia policial, las cosas se resuelven en tándem. Sin pedirlo, recibe la ayuda de Lisbeth Salander, hacker, investigadora, a quien Henrik le dio, en un inicio, la misión de descubrir si Mikael era culpable o no de los cargos que se le imputaban. Mientras Mikael es metódico, lento, racional, Lisbeth es intuitiva, tiene memoria fotográfica y habilidad para meterse en problemas y desaparecer. Ha sufrido tantos abusos a sus 24 años que vive para vengarse y aunque siente por Mikael, no puede comprometerse, al menos no en esta primera parte. Novela negra, historia de amor, violento drama familiar, todo esto pude vivirlo con angustia, intriga y asombro, gracias al director danés Niels Arden Oplev, a quien solo puedo criticarle cierto apuro por atar los cabos hacia el final de la película.
Etiqueta Negra ya está a la venta con un número dedicado al hogar, aunque el hogar no quede a veces en ninguna parte: una cárcel tan bonita que nadie quiere salir ni fugarse, una fortaleza para astronautas aburridos, un pueblo donde estar borracho es ir preso. Por primera vez he escrito para esta revista (y me obviaron una coma, ay). Se trata de la diatriba acerca de por qué no me gusta vivir en un departamento, confrontada con el “a favor” de carolina reymúndez, cronista argentina, cuyo texto está muy convicente. La verdad es que sí me gusta vivir en un departamento. No me gustan los mundos ajenos que se sientan a comer conmigo a la mesa, puesto que sus olores me invaden desde el mediodía. Detesto la incertidumbre de lo alquilado que nunca será propio. Me gustan mi independencia, mi soledad, mi desorden, mi cama siempre revuelta, mi ducha eléctrica que amenaza con matarme, el espejo rojo de mi baño, mis “acá no se grita” y “siéntanse como en su casa”.
Camila me dijo que tenía que ver esta serie, Lie To Me (Miénteme) que se emite por Fox con Tim Roth como el doctor Lightman. Camila es estudiante de psicología, a los psicólogos les fascinan las mentiras, no siempre logran reconocerlas, por lo que de inmediato me compré la primera temporada. La serie se basa en las siguientes premisas: una persona normal miente tres veces en diez minutos (en la serie te dicen que eres normal… te provoca verla para saber cómo eres cuando mientes y mejor aún, cuando te mienten). Nuestro lenguaje corporal revela más de veinte mil expresiones relacionadas con vergüenza, miedo, venganza, sorpresa, ira, hipocresía. A través del análisis de gestos, se puede saber si alguien está a punto de cometer un asesinato. Lo que no se dice puede decirlo todo. La verdad está en el rostro y las manos. Aunque se trate de culturas no demostrativas como la coreana, las arrugas de la frente ante las emociones son iguales en todas las personas. El doctor Lightman ha estudiado durante décadas el lenguaje corporal. Sabe que al detector de mentiras se le puede engañar con valium, pues esconde las emociones. Sabe que la cara de una mujer de cincuenta podría no revelar nada al estar entumecida por el bótox, pero que ciertas lágrimas sí lo hacen. Sabe que su propia hija adolescente lo engaña todo el tiempo, pero se calla para no alejarla. Pero lo que mejor sabe hacer es mentir muy bien. Ese el mayor acierto del guión ante algunos giros a veces predecibles: transformarlo en un observador, un guía, un “hombre de luz” (Lightman) al que su propia vida se le escapa de las manos en medio de la oscuridad de los tiempos actuales, un solitario que vive con el peso de saber siempre la verdad. La serie compara de forma permanente las emociones e intenciones de los personajes, junto con las de políticos, reinas de belleza, líderes espirituales (”si todos mentimos, todo el tiempo, es porque todos somos iguales”). Ni Obama se salva, muestra el dedo del medio durante un discurso cuando era candidato al hablar de McCain y su “excelente” campaña . Como en CSI y todas las series policiales, en Lie To Me todo se resuelve en pareja: es interesante que la socia-psicóloga de Lightman sea engañada por su marido, pero que ella nunca se dé cuenta y Ligthman sí. Pero qué hacer con la verdad cuando sólo tú la sabes, cuando a ti también te afecta. Lightman permanece en silencio. Es un cobarde. Eso lo humaniza y lo hace un personaje más creíble. Supongo que en la siguiente temporada se conocerá más sobre el pasado de los protagonistas. Por el momento se sabe que Locker, el asistente, siempre dice la verdad aunque ésta y él sean insoportables y que Torres, la nueva contratación del equipo, es una “lectora natural de gestos”, un talento que solo una persona en un millón posee. Ahora, no sé si este dato era así o estoy mintiendo.
Asamblea Portátil reúne a 25 escritores jóvenes nacidos entre 1974 y 1987, gracias a la selección de Salvador Luis, director de la revista virtual Los Nóveles y autor de Zeppelin. Esta nueva antología iberoamericana tomó forma durante más de año y medio, pasó de tener 13 autores a 25, incluye a representantes de casi todos los países de Iberoamérica a excepción de Brasil y Portugal; tendrá 300 páginas. Por fin será publicada este noviembre por la editorial Casatomada y viajará a la FIL Guadalajara, antes de su lanzamiento oficial en Lima. En su blog Amores Bizarros, Max Palacios entrevista a Salvador: “
Todos los días reúno en una caja mis botellas de plástico, frascos de vidrio y papeles. Y obligo a los amigos que van a mi departamento a hacer lo mismo con las cosas que consumen allí. Aprendí esta costumbre cuando viví en Alemania, un país que debió reciclar a la fuerza, porque al ser el mayor exportador de Europa era también el mayor creador de basura.
Al igual que lo sucedido con No es país para débiles, la versión cinematográfica de Desgracia recoge con fidelidad toda la belleza de la obra maestra de J.M. Coetzee. John Malkovich interpreta a un profesor universitario que se muda a la granja de su hija, luego de ser obligado a renunciar por tener un romance con una de sus alumnas. Como familia no solo deben superar la polaridad de sentimientos por este reencuentro, sino la violación a Lucy por parte de adolescentes negros. La historia transcurre en la Sudáfrica postapartheid. Desgracia ha sido dirigida por Steve Jacobs, cuya filmografía incluye películas tan disímiles como Robocop 3 y Beethoven (el perro). Habría pensado que era obra de Stephen Daldry, el experto en contención (Las horas, Billy Elliot, Una historia de violencia). Jacobs lo consiguió con persistencia y confianza; el propio Coetzee quedó satisfecho con el resultado, aunque indicó que no promocionaría la película: “Jacobs ha conseguido integrar a la perfección la historia en el grandioso paisaje sudafricano. Las interpretaciones de los actores principales son fuertes y meditadas (John Malkovich y Jessica Haines)”. Espero que llegue pronto a Lima.