Hoy ha sido un día extraño. Ha durado más de veinticuatro horas o he sufrido de personalidad múltiple. He sido la mejor amiga de alguien, la mejor trabajadora, la compradora compulsiva, la perfecta autista, la hija desconocida. Suelo planear las cosas, hoy no. Ha sido un día de descubrimientos. Almorcé con un amigo nuevo, por lo que fue un encuentro delicioso, plagado de miradas de identificación con el otro. Después de almuerzo recibí un mail muy especial de Brenda, mi mejor amiga. Brenda es muy sabia y aunque no habla mucho, dice siempre lo importante. Me dijo, entre otras cosas: “Hace unos días leí en tu facebook que volvías a la infancia, de alguna manera te entendí y me encontré queriendo acompañarte… Lo único que puedo rescatar de ser adulto es que uno va tomando en cuenta a la gente que tiene alrededor. Sabes diferenciar entre amigos, conocidos, visitas eventuales. Descubres que hay gente que va a quedarse contigo el resto de tu vida sin importar cuánto los veas o qué tan seguido hablen. Descubres también vacíos y marcas que nunca vas a poder llenar o borrar, pero la buena compañía de tus mejores amigos siempre puede aliviar cualquier cosa. Eso eres tú Kat. Eres mi hermana de alma. Eres mi lugar lindo y acogedor en este mundo. Eres una risa segura y una mano confiable. Si no hubiera pasado por el proceso de mierda que implica crecer no te hubiera descubierto nunca”. Por supuesto la llamé de inmediato, no pude decirle nada, pero ella comprendió. Eso hacen los buenos amigos, lo entienden todo. Para celebrar nuestra amistad, el sábado iremos con su esposo y su hijo a nadar con lobos marinos, algo nuevo. Y sí, a Brenda hubiera querido conocerla desde el colegio, tanto la quiero, ella es también mi lugar seguro. Nos conocimos y aprendimos a querernos caminando. Casi me atropellan en mi bicicleta una tarde cuando iba a mi trabajo en Canal N y Brenda me preguntó si vivía cerca de su casa, para irnos juntas caminando. Yo siempre llegué tarde a recogerla, pero nos deteníamos en el camino a tomar jugo de toronja fresco. Devoraba una empanada en dos minutos y ella me miraba como solo miran las personas que odian la grasa. Las primeras veces hablábamos de mascotas. Con los días nos contamos la vida entera. Una vez nos pusimos a llorar y pasó un chofer y nos sacó la lengua y nosotras también le sacamos la lengua. Ella me enseñó a comer ensaladas. Se compró una bicicleta para entender por qué yo las amaba, pero cuando se rompió mitad diente en nuestro segundo paseo, me pidió que la ayudase a venderla. Un domingo nos asaltaron. No teníamos a dónde huir. Me temblaban las piernas, apenas podía sostener el timón de mi bicicleta. Brenda, dos cabezas más baja que yo, le gritó al ladrón: “dispáranos pues, ni siquiera tienes pistola, mentiroso de mierda” y me codeaba para que yo también gritara. Solo se me ocurrió decir: “allí viene el Serenazgo”. Cómo nos reímos delante del ladrón cuando un patrullero bordeó la esquina y se cuadró frente a nosotras, como un milagro por primera vez atendido. Brenda me ha hecho saber que yo he sido una mala amiga. Me envió un correo que se titulaba: “no sé cómo decirte esto”, cuando atravesó por una etapa difícil y no supe estar a su lado. Escribió: “no quiero reclamarte”. Qué mal me sentí. Brenda sabe que yo le quito el mal genio, porque cuando la veo enojada quiero contentarla con chistes malos, los buenos arrancan risas, no sonrisas.
Por la tarde hice algo muy curioso: me compré un auto, mi primer auto. ¿Por qué? Porque me lo ofreció Luigi, mi mejor amigo desde los doce años, uno de mis primeros enamorados. Me dijo: “no te voy a engañar”. Me he subido a todos los carros de Luigi. Su primer auto fue un Fiat que perdía una parte en cada cuadra. Vivo en el departamento que su mamá me alquila. He sido testigo de los matrimonios de Brenda y de Luigi, respectivamente. Ambos tienen familias estables. Me alegra haber firmado junto con ellos, pese a mis dudas sobre la eternidad, por algo que intenta durar para siempre. Y mañana firmaré por ese auto que ni siquiera pude probar, porque solo sé manejar bicicleta. Sé que es un buen auto porque le pertenecía a la esposa de mi mejor amigo. Tenía miedo de comprarme uno, es la inversión más fuerte de mi vida, hasta hoy. No tenerlo me hacía sentir libre. Es tiempo de empezar a comprometerme. Ahora yo sabré por qué a mis amigos les fascina manejar carro.
Voy haciéndome adulta con las cosas que heredo de mis amigos, atesoro sus recuerdos, renovamos promesas, compartimos silencios, dolencias, frustraciones, cosas que aún no decimos, añoranzas. Con algunos amigos tengo más años de conocernos que de no conocernos. Sus secretos son también los míos. Con ellos no tengo secretos. Hasta me gustan sus fobias, sus manías. Ese rascarse el ojo sin alergia; ese tocarse el bolsillo todo el tiempo en el cine para confirmar que el celular sigue allí; esas quejas porque no hay Sol y si sale el Sol qué fastidio.
Valeria, mi gran amiga argentina con la que pasaré Año Nuevo, me dijo alguna vez: “mezclas a todos tus amigos y creas una copia de ti mismo, solo que mejorada”.
He llamado a mi papá a contarle y me ha dicho: “¿y ahora quién va a heredar mi Volkswagen?”. El domingo iremos a la playa, pero llevaré a una amiga para que por fin él sea copiloto de mi auto (de chica yo me sentaba a su lado y me dejaba llevar el timón; esquivé a un hombre en la carretera que él no vio). He llamado a casa de mi madre para preguntarle por mi cuñado y ofrecerle ir a la playa con nosotros el domingo, ella me preguntó: ¿de parte de quién? Me reconozco en mis amigos, en mi padre, en las ausencias. Todavía en la efervescencia del viejo auto nuevo, me siento “cero kilómetros”. En este día extraño, arrancaré.
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La foto pertenece a mi querido amigo Hugo Vásquez.




Vas a la fiesta.
Me invaden deseos locos de rescatar mi colección de canicas. Jugaba con mi hermana en la alfombra de la casa, para tener un “hoyo” que pudiéramos manipular. Ella me ganaba todas las “lecheras” y “ojos de tigre”. Yo, con trampas, las recuperaba. Mis canicas duermen en un viejo pote de cacao en polvo en la casa de mi madre.
Tres años después del lanzamiento, María Luisa del Río presenta hoy la segunda edición de su libro No mires atrás, ahora con nuevos textos y fotos. Las imágenes de sus aprendizajes son breves, pero tienen el impacto de lo entrañable, metáforas de la vida que discurre inaprensible como el río de la Selva que tanto ama. Los comentarios serán de Doris Bayly, Rafo León y Germán Vargas.
Esta es una inmejorable ocasión para invertir en arte peruano contemporáneo en todas sus manifestaciones sin tener que pagar una millonada, sabiéndote en una galería, pero sin sus excesivas comisiones. Durante 2 días -27 y 28 de noviembre- tendrá lugar la quinta edición de Desenfranquiciados, colectivo de 57 artistas nóveles y consagrados reunidos en el Centro de la Imagen de Miraflores. El lema es “independencia estética y precios bajos sin intermediarios“, por lo que las obras no sobrepasarán los 100 dólares y serán libres de comisiones (sin franquicias). Entre los artistas invitados están Lorena Noblecilla, Hugo Vásquez, Shila Alvarado y Sandra Gajate.
Es injusto que el teatro de la Alianza Francesa de Miraflores no haya reventado esta noche de domingo, noche de teatro.
Incluso para la ciencia es difícil determinar por qué varan los mamíferos marinos, pero lo que está sucediendo en Colán con los lobos desde el 4 de noviembre es una matanza que sigue causando estragos. Si bien los medios han cubierto la noticia en sus primeras planas, siempre quise leer el informe detallado. Aquí reproduzco el resultado de la investigación hecha por ORCA,
Es cierto, en Alemania se suicidan lanzándose frente a los trenes más veloces, porque no existe la posibilidad de un frenazo sobreviviente. Cuando era catequista se mató una chica de la parroquia a la que yo iba, tomó 54 pastillas de vitamina C y se voló el hígado. ¿Cuántas pastillas tomaste? Le señaló primero 5 y luego 4 a su abuela, por lo que ella creyó que la chica dudaba entre 4 ó 5. La llevó tarde a la clínica. No recuerdo su nombre. Tenía rulos, era alegre como su pelo. De un día para otro se mató. Pero esta impresión es una mentira. Ella sufría por dentro de una manera que nadie más comprendía. Una de mis amigas debe tener un récord de intentos de suicidio. Se cortó las venas, se encerró en el baño del consultorio de su psiquiatra y se tomó todas las pastillas que encontró, se lanzó de un piso catorce. No murió, porque el cuerpo se impuso a una idea fija de la mente. Solo quería desaparecer por un momento. Ahora tiene trabajo, esposo, hijos. Habla del futuro como si las cicatrices en sus muñecas se las hubiera hecho en un accidente. Su sonrisa es tan inocente que me pregunto si recuerda. Es tan optimista que me pregunto si es ella y no yo la que vive en la cuadra de La Positiva. ¿Estarás conmigo cuando me mate?, me interrumpió cuando le leí el cuento que le había escrito. Yo le prometí que estaría a su lado, pero nunca lo estuve. Me enteraba por los periódicos y siempre caía de rodillas y me ponía a llorar. Ahora tampoco estoy, porque su felicidad y la mía se parecen demasiado. Ella no sabe que yo también pensé antes en matarme. Cuando era chica, cuando el techo de mi casa se hacía cada vez más bajo. Sentí el vértigo, pero ni siquiera lo intenté. Siempre supe que me arrepentiría de no haber luchado cada hora de mi vida contra el contexto. Sanaría. Y todas las decisiones que he tomado desde esa incontención solo han servido para que viva de la forma más honesta, ordenadamente caótica y plagada de errores que he podido.
En casa siempre compraban enciclopedias con dibujos y fotos. Incluso antes de que aprendiéramos a leer. Yo me arrodillaba en el piso de la sala, arrastraba todos los libros de los estantes al suelo, pasaba todas las hojas y cuando descubría una figura interesante, generalmente relacionada con el mar, le preguntaba a mi mamá: ¿qué dice? Cuando mi papá volvía del trabajo arrastraba la enciclopedia hasta él y le señalaba la figura. Antes de que me dijera algo, yo pasaba el índice por la fotoleyenda y anunciaba a mis tres años: la ballena es ce-tá-ceo. Veía las figuras hasta que mi abuela, una visita frecuente, gritaba desde la cocina: alza la cabeza o te quedarás ciega. Después de comer en el sofá del segundo piso, mi papá se echaba al borde de la escalera y mi hermana y yo nos sentábamos en su espalda. Reptaba hacia el primer piso moviendo los brazos de una forma muy graciosa. Yo decía que perderíamos si nos caíamos, por eso nos aferrábamos a sus brazos flacos, con la piel muy seca, como escamosa. A mi papá le salían ruidos raros de la garganta y mi hermana gritaba de vez en cuando: cocodrilo. De verdad creíamos que mi papá era un cocodrilo.
No se lo comenté a mi hermana, pero dejé de abrir mi enciclopedia favorita cuando leí por primera vez la fotoleyenda del Sol. “El Sol absorberá nuestro planeta en 4 mil millones de años”. Parecía tan poco tiempo y tantas explosiones. Más abajo había un aforismo de Aldous Huxley que nunca más he vuelto a encontrar: “…, y he de caminar muchas millas, caminar muchas millas, antes de partir”.