Archive for Diciembre, 2009

Diciembre 28th, 2009

Suaves horas guardan huellas fugaces

tigre1Una vez al año nos hemos prometido con Valeria encontrarnos en algún lugar del mundo. Pero siempre resulta que es Buenos Aires o Lima. Somos mejores amigas desde los catorce años. Ella es mitad peruana, mitad argentina. Estoy en Buenos Aires desde el sábado, me quedo en la casa donde vive con Facundo, casi me sé de memoria las calles que la rodean. Y ya casi es un ritual ir a El Tigre a descansar de la ciudad y de lo cotidiano. En la ida en tren actualizamos nuestras existencias en paralelo durante cuarenta minutos y luego, como le pasa a todo el mundo en un reencuentro importante, el tiempo se detiene y volvemos a los catorce años cuando nos conocimos nadando en la piscina del club. Como siempre nos pasa, coincidimos en regalarnos lo mismo. Este año es un libro de Murakami. El paseo en catamarán nos encanta. Contemplamos El Delta con la emoción de un privilegio, sabemos que nos hacemos bien, que el río nos ha hermanado una vez más. Caminamos sin zapatos, aplastamos la hierba fresca y mientras llegamos al muelle, ya nos estamos quitando el polo, el short. Corremos y nos lanzamos de la mano al agua lodosa como antes al mar o a la piscina inmaculados; nos toca la ola que formó una lancha.  Desde la lancha nos saludan, todos somos de pronto niños que disfrutan del agua hasta que se pone el Sol. En cada muelle, el catamarán recoge personas. Cargan instrumentos musicales, bolsas de basura, plantas, botellas de agua, niños, perros, bolsas de dormir. Y aunque sabes que ninguno irá adonde tú irás, deseas apearte en su muelle a observar cómo es la vida desde allí, a dónde conducen los puentes, cómo se siente el agua estancada en un charco o la madera de un escalón recién puesto, cuán azules son las bombillas, cuán cómodas las hamacas. Nos dejamos llevar por la corriente río abajo. Es flotando que nos prometemos darnos un tiempo para alquilar juntas una casa en este lugar, en este paraíso de donde no hemos sido desterradas. Una casa amarilla con forma de gota. Sabemos, muy a nuestro pesar, que es la casa de un cuento. Allí escribiríamos nuestras mejores historias. Le digo que me da miedo volverme salvaje en medio de esa selva, perderme entre los canales sin saber cómo regresar. Invento el verbo “ermitañear”. Entonces me dice que podríamos volver a la ciudad de vez en cuando.  Nos quedamos en casa de Mariana. Mariana estuvo en Lima este año, se quedó en mi casa porque es amiga de Valeria y aunque yo no la conocía, nos hicimos amigas rápido. Es alguien que vive como quiere: entre la ciudad y el campo, trabajando desde su computadora. Es a quien más envidiamos. Ella colecciona cosas muy curiosas, esta vez, palabras imantadas. Nos invita a escribir con ellas en su refrigeradora como hacen todas las visitas. Valeria, indecisa como siempre, se tarda en escoger las suyas: Suaves horas guardan huellas fugaces. Nos atacaron las hormigas y volvimos al río a nadar.

Una niña  pasó a nuestro lado.

Yo era igual a ella de chica, le digo. Quería que Valeria pensara que entre esa niña y yo no había diferencias. Pero Valeria contemplaba un muelle y no vio a la niña que fui.

Diciembre 24th, 2009

Navidad en junio

cuatro-dias-de-junioFaltan 23 minutos para Navidad. Mi papá está en el sofá de la sala, intentado cargar a mi perra en sus piernas. Toda la tarde ha observado un canal americano que transmite choques y asesinatos reales, uno detrás de otro. Se llama TrueTV y en sus comerciales pasa escenas escabrosas musicalizadas con villancicos. Salimos hace un rato a pasear por el parque, las luces penden de las ventanas, los árboles de Navidad se exhiben en los balcones, artificiales y lejanos. Lo único cierto es que mi papá está acá y por primera vez se quedará a dormir en mi casa. Así que le cocino, le preparo café, le sirvo helado. Él escucha la tele muy alta. La verdad es que ya tengo sueño. Quiero que sean las doce para darle su regalo e irme a dormir. Mañana iremos a la playa con mi hermana y mi cuñado. Mañana es más Navidad para mí. Estoy contenta con el regalo que le he conseguido. Es un libro donde él es uno de los protagonistas. Se llama Cuatro días de junio y trata sobre la revolución del colegio Independencia Americana de Arequipa. Mi papá fue uno de los dirigentes estudiantiles que acabó en la cárcel Siglo XX por luchar contra Odría. No pudo seguir en el Perú, estaba fichado, y se tuvo que ir a Estados Unidos. Cuatro días de junio cambiaron su vida. En Estados Unidos se casó, fue paracaidista, hizo maniobras con tanques en Alaska y luego de diez años se vino a Lima con su hijo. Nunca conocí a su hijo, mi medio hermano, porque murió atropellado. El libro fue escrito por el periodista Luis Eduardo Podestá. Lo contacté hace una semana, luego de encontrarlo por casualidad en Google Books. Lo fui a buscar al Palacio de Justicia, donde trabaja. Me invitó a comer en un restaurante arequipeño. Por la tarde mi papá me regaló cien dólares. Me dijo que no quería cargar con el dinero. Le pedí que esperase a las doce de la noche, pero no quiso. Yo tampoco he envuelto mi regalo, pero sé que será importante para él. Siempre me habla de “su revolución”. Mientras caminábamos por el parque, tomados del brazo, volví a la infancia, cuando me sostenía de la mano para ingresar al mar, y allí me soltaba, sin que yo supiera nadar o tuviera flotador. Era su forma de desafiar al mar que le quitó a su madre. Mi abuela murió ahogada, nunca la conocí. Alrededor de mi padre ha habido tantas tragedias, tantos dolores. Y sin embargo, él tuvo su revolución y hasta hoy, pese a las profundas arrugas, es un guerrero. Siempre alguien me dice que me parezco a él. Y me alegra tanto saberlo. Faltan 3 minutos para la Navidad. Voy a sentarme al sofá con él. Tengo el libro detrás de la espalda.

Diciembre 15th, 2009

Parecía algo intrascendente

hisoposLos hisopos me intrigan. Blanquísimos, ascéticos, funcionales. Si algunos caen al piso, qué difícil es volver  a introducirlos en su envase con todos los demás. Es casi imposible. No sé qué extraña relación tiene este pequeño descubrimiento con la vida misma. Cuando me ducho pienso en tantas cosas y algunas se me revelan nuevas. No sé si solo yo las pienso. El cepillo de dientes, por ejemplo. Dice mucho de alguien. Si lo acaba de comprar y las cerdas apuntan a cualquier parte, demuestra ansiedad o furia. Las encías se cobran todas las venganzas. Lo que usamos y cómo lo usamos habla por nosotros. Cómo lavamos los platos, por ejemplo. Si primero les echamos detergente, los apilamos y luego los enjuagamos, es una cosa. Si lavamos uno por uno, detergente, enjuagada, es otra cosa. Y nadie cambia su forma de lavarse los dientes o los platos, quizás un día o dos, pero después nunca más y se dice a sí mismo: “mi técnica sirve, aunque lo haga distinto”. Vuelvo a los hisopos. Una amiga nunca los usa, es empujar la mugre hacia dentro, defiende. Pero yo defiendo que se trata de lo contrario. Hace muchos años estuve a punto de ser operada de los oídos, porque no se ventilaban de forma natural. Mis amigos se daban volantines en la piscina como si fueran lobos de mar. Yo, que amaba el agua más que todos, los envidiaba. Les pedía que hicieran más por mí. De vez en cuando me rebelaba a la prohibición del otorrino y terminaba mareada o saltando en un pie para que saliera el agua de los oídos. El doctor me perseguía con lo que yo consideraba un hisopo gigante, pero de metal. No era más que un aparato para mirar la salud del tímpano, pero en ese momento yo no lo sabía. Creí que el dolor sería aún más insoportable. Mamá hacía cucuruchos de papel periódico, los encendía y me los ponía en las orejas; el humo ingresaba lento a mis  oídos y sentía alivio y al fin podía escuchar  mejor, un sonido todavía lejano como el ruido de mar de una caracola, hasta que el cerumen se deslizaba por mis patillas. Me compraron una tabla para que flotase sin ceder a la tentación de hundir la cabeza. Pero nunca pude evitar soltarla cuando venía la ola y zambullirme hasta sentir el tirón en las pantorillas. Vivo muy pendiente de los hisopos. Soy la que los regala en un viaje. Algunos terminan cayéndose del estante del baño, a veces en la ducha y se mojan o en el tacho y se ensucian, entonces ya no sirven. Y mientras escribo esto voy descubriendo que son como los cuentos. A veces funcionan, otras no, de mí depende cuidar lo que escribo y botar al tacho los que no sirven. Resulta que siempre me sucede algo parecido. Comienzo un textito para mí misma, qué sentido tiene hablar de hisopos, a quién le importan, y hacia el final, el panorama se me compone, como aquellos cuadros que hay que observar de lejos; intento convertir en importante algo intrascendente, por la sola urgencia de escribir, para mí, la vida misma.

Diciembre 8th, 2009

Desapego

694Si fuese valiente me subiría a mi auto a la hora de dormir y manejaría hasta donde comienzan las olas. Me estrellaría contra la pared del agua amada.

Tengo un auto que no sé manejar. Lo compré para sentirme adulta. Me hicieron notar que sé estar sola. Sin deudas tristes.

Lavo los platos, encero el piso, aspiro las esquinas de las habitaciones, ordeno los zapatos. Hago lo que más odiaba. Algunas tardes, observo y mato a las pulgas que surcan a mi perro.

Los que no abandonan la casa familiar permiten la bicicleta oxidada en el patio. El silencio siempre me sorprende. Mi propia mudez.

Pero abro la ventana y los niños y el vecino que enciende el auto junto al mío y parte.

El incendio de otros ha sido también mi incendio.

No hay nada heroico en bailar debajo del humo y chocar los brazos que sudan.

Cumplo mis promesas, rompo mis secretos.

Qué más intenso que escribir de noche a mano en cuclillas sobre la cama.

No tengo miedo y esa es mi oscuridad.

Pero tengo miedo.

De las palabras escuchadas a destiempo.

De las fotos que se observan para no olvidar.

De la única foto que no se puede romper.

Tengo miedo a morirme ahogada.

Pero ingreso al mar en la noche y no temo la vida que se mueve secreta debajo de mí.

Tengo miedo a la muerte de mis amigos. Habrá un primero, le seguiremos.

Me he ido de vacaciones a un paraíso de veintitrés islas. Tengo una foto delante de un barco que se llamaba “Amor de verano”.

Me siento madre de mis hermanos y de mis padres. No soy más ni hermana ni hija. Como otros estiran los brazos para alcanzar su espalda, yo me abrazo.

Soy fuerte y mi fortaleza me vulnera. Soy discípula de las primeras veces y de las emociones absolutas.

Se puede ser filósofo y biólogo y desconocer de orígenes. Nadie comprende la felicidad. La doblan y esconden en el bolsillo ajeno como a un papel gastado. ¿Quién puede imitar la risa del alegre?

Hoy ha llegado mi amigo de viaje y todas las despedidas han muerto en una bienvenida.

Manejaremos al mar.

——

La foto la tomé en La Punta.

Diciembre 6th, 2009

Feria del libro Ricardo Palma: ni tradición, ni ventas

librosEs una pena anunciada: la Feria del Libro Ricardo Palma en San Borja no está teniendo ni tradición ni ventas. Anoche hablé con diez vendedores y otros tantos editores y todos coincidieron: “un desastre”, “en todos estos días habré vendido quince ejemplares”, “nunca pensamos que iba a ser así de mala”. La intransigencia del alcalde de Miraflores, Manuel Masías, dio frutos: está tan mal la cosa que los libros están a precio de remate: “te hago tu descuentito”. Murakami a 29 soles. Y esa es quizás la única buena noticia. La Cámara Peruana del libro se hizo harakiri al no convocar masivamente a los medios para protestar. Hay un buen programa, se nota el esfuerzo, pero todo esfuerzo es inútil cuando se está en la casa equivocada. La Feria Ricardo Palma solo tiene y tendrá éxito en el parque Kennedy por su mística y como su actual eslogan define: tradición. Una palabra precisa puesta también en el lugar equivocado. La tradición no puede estar donde tú estés, sino en el lugar al que tú vuelves, que tú atesoras. Es así y punto. Repito lo que puse en un post anterior: ¿Cómo Masías quiere hacernos creer que esta feria podría hacer más basura o bulla que el Corso de Wong? En el caso de la feria no es bulla, es sonido, una diferencia que Masías desconoce. En nombre de los vecinos se ha opuesto además a la Feria El Trigal y al Tai-Chi en el parque Reducto. ¿Por qué darle la espalda a lo que es bueno, sano, cultural, deportivo, divertido, sin edad? Estoy segura de que los vecinos también extrañan su entrañable feria. Yo no vivo en Miraflores, pero es uno de mis distritos favoritos. Sus parques y malecón y brisa de mar me acompañan todos los fines de semana (aunque debería pagar 720 soles de multa ¿? por pasear a mi Schnauzer miniatura sin cadena).

Era así: quedar con los amigos, recorrer la feria dos veces, oler los libros, comprarnos todos los que podíamos, tomarnos un chocolate caliente en el “Manolo´s”, pasar por los “hippies” y ver las colecciones de estampillas y monedas que no compro más, sentarnos en una banca, pedir marcadores de libros en “El café de la paz”, comer un chupe de camarones en Tarata, caminar con la felicidad del que no tiene rumbo… Era así.

Fotoleyenda: Que la Feria Ricardo Palma vuelva a casa.

Diciembre 3rd, 2009

Mudanza

colchonUna parte de un cuento:

 

Estamos esperando que llegue el colchón. Observamos la puerta cada tanto, como si el paso previo a la aparición del despachante no fuese el ruido del timbre. Cada uno ha pagado la mitad del colchón. En la tienda por departamentos pedimos permiso para echarnos en todos los colchones, comprobar si nos resistían sin hundirse. Aunque somos altos, encajamos en uno de dos plazas. Mis amigas tienen King y dicen que no sienten a sus parejas; cada par de pies permanece en su lado de la cama sin tocarse, por lo que pueden dormir bien. Diego y yo nos abrazamos varias veces durante la noche. Nos buscamos con la desprotección de quien ha perdido su almohada. Abrazarnos descalzos, levantando las piernas, estirando los brazos para acoger al otro, las mañanas que amanecemos juntos, es una de las sensaciones más reconfortantes. Cuando no está, lanzo su almohada a una silla y duermo en su lado de la cama y es como si él fuese una visita registrada solo en la memoria. Y mientras el día transcurre y me dedico a hacer cosas para otros como si fueran mías, y me cocino y reacomodo cosas que ya están ordenadas, comienzo a extrañarlo y sé que él, como todo lo que hemos comprado juntos, me pertenece solo a medias.