Una vez al año nos hemos prometido con Valeria encontrarnos en algún lugar del mundo. Pero siempre resulta que es Buenos Aires o Lima. Somos mejores amigas desde los catorce años. Ella es mitad peruana, mitad argentina. Estoy en Buenos Aires desde el sábado, me quedo en la casa donde vive con Facundo, casi me sé de memoria las calles que la rodean. Y ya casi es un ritual ir a El Tigre a descansar de la ciudad y de lo cotidiano. En la ida en tren actualizamos nuestras existencias en paralelo durante cuarenta minutos y luego, como le pasa a todo el mundo en un reencuentro importante, el tiempo se detiene y volvemos a los catorce años cuando nos conocimos nadando en la piscina del club. Como siempre nos pasa, coincidimos en regalarnos lo mismo. Este año es un libro de Murakami. El paseo en catamarán nos encanta. Contemplamos El Delta con la emoción de un privilegio, sabemos que nos hacemos bien, que el río nos ha hermanado una vez más. Caminamos sin zapatos, aplastamos la hierba fresca y mientras llegamos al muelle, ya nos estamos quitando el polo, el short. Corremos y nos lanzamos de la mano al agua lodosa como antes al mar o a la piscina inmaculados; nos toca la ola que formó una lancha. Desde la lancha nos saludan, todos somos de pronto niños que disfrutan del agua hasta que se pone el Sol. En cada muelle, el catamarán recoge personas. Cargan instrumentos musicales, bolsas de basura, plantas, botellas de agua, niños, perros, bolsas de dormir. Y aunque sabes que ninguno irá adonde tú irás, deseas apearte en su muelle a observar cómo es la vida desde allí, a dónde conducen los puentes, cómo se siente el agua estancada en un charco o la madera de un escalón recién puesto, cuán azules son las bombillas, cuán cómodas las hamacas. Nos dejamos llevar por la corriente río abajo. Es flotando que nos prometemos darnos un tiempo para alquilar juntas una casa en este lugar, en este paraíso de donde no hemos sido desterradas. Una casa amarilla con forma de gota. Sabemos, muy a nuestro pesar, que es la casa de un cuento. Allí escribiríamos nuestras mejores historias. Le digo que me da miedo volverme salvaje en medio de esa selva, perderme entre los canales sin saber cómo regresar. Invento el verbo “ermitañear”. Entonces me dice que podríamos volver a la ciudad de vez en cuando. Nos quedamos en casa de Mariana. Mariana estuvo en Lima este año, se quedó en mi casa porque es amiga de Valeria y aunque yo no la conocía, nos hicimos amigas rápido. Es alguien que vive como quiere: entre la ciudad y el campo, trabajando desde su computadora. Es a quien más envidiamos. Ella colecciona cosas muy curiosas, esta vez, palabras imantadas. Nos invita a escribir con ellas en su refrigeradora como hacen todas las visitas. Valeria, indecisa como siempre, se tarda en escoger las suyas: Suaves horas guardan huellas fugaces. Nos atacaron las hormigas y volvimos al río a nadar.
Una niña pasó a nuestro lado.
Yo era igual a ella de chica, le digo. Quería que Valeria pensara que entre esa niña y yo no había diferencias. Pero Valeria contemplaba un muelle y no vio a la niña que fui.



Los hisopos me intrigan. Blanquísimos, ascéticos, funcionales. Si algunos caen al piso, qué difícil es volver
Si fuese valiente me subiría a mi auto a la hora de dormir y manejaría hasta donde comienzan las olas. Me estrellaría contra la pared del agua amada.
Es una pena anunciada: la Feria del Libro Ricardo Palma en San Borja no está teniendo ni tradición ni ventas. Anoche hablé con diez vendedores y otros tantos editores y todos coincidieron: “un desastre”, “en todos estos días habré vendido quince ejemplares”, “nunca pensamos que iba a ser así de mala”. La intransigencia del alcalde de Miraflores, Manuel Masías, dio frutos: está tan mal la cosa que los libros están a precio de remate: “te hago tu descuentito”. Murakami a 29 soles. Y esa es quizás la única buena noticia. La Cámara Peruana del libro se hizo harakiri al no convocar masivamente a los medios para protestar. Hay un buen programa, se nota el esfuerzo, pero todo esfuerzo es inútil cuando se está en la casa equivocada. La Feria Ricardo Palma solo tiene y tendrá éxito en el parque Kennedy por su mística y como su actual eslogan define: tradición. Una palabra precisa puesta también en el lugar equivocado. La tradición no puede estar donde tú estés, sino en el lugar al que tú vuelves, que tú atesoras. Es así y punto. Repito lo que puse en un post anterior: ¿Cómo Masías quiere hacernos creer que esta feria podría hacer más basura o bulla que el Corso de Wong? En el caso de la feria no es bulla, es sonido, una diferencia que Masías desconoce. En nombre de los vecinos se ha opuesto además a la Feria El Trigal y al Tai-Chi en el parque Reducto. ¿Por qué darle la espalda a lo que es bueno, sano, cultural, deportivo, divertido, sin edad? Estoy segura de que los vecinos también extrañan su entrañable feria. Yo no vivo en Miraflores, pero es uno de mis distritos favoritos. Sus parques y malecón y brisa de mar me acompañan todos los fines de semana (aunque debería pagar 720 soles de multa ¿? por pasear a mi Schnauzer miniatura sin cadena).
Una parte de un cuento: