No tengo miedo a morir, pero temo decirlo; cuando soy honesta me adentro en mi propia suerte invitándola a decidir (que la tierra tiemble en otra parte y el río solo se desborde ante el mar). Me gustaría irme como el pollo del mercado, un tajo en el pescuezo, limpio de sangre o el pavo de Navidad que encuentra la muerte lejos del verdugo y esa es su venganza, una loca carrera contra sí mismo, sin cabeza. Escucho de enfermedades, penas y muertes; el cáncer que se lleva a niños de doce en dos semanas, veneno en los huesos; tristezas tan hondas, inexplicables, como el vértigo. Cuando estuve frente a un lago del que no pude ver la otra orilla, más que el reviente incesante de las olas, necesité descansar la vista en las casas y su extraña esperanza de enraizarse. Me he bañado en un lago en verano, el agua estaba fría como un cielo sin blancas nubes. ¿Cuántas veces pregunté si las nubes avanzan o yo me detuve? ¿O he señalado sus caprichosas formas de animales como un descubrimiento por primera vez nombrado? Cuando me extrajeron verrugas del pie; anticoagulantes, nitrógeno líquido y bisturíes. Mi pie era un mapa que alguien arrojó al fuego, ni yo me atrevía a recuperarlo. Cuando pude pisar, no caminé, corrí; mucho antes no necesité gatear. Después de correr, nadé. Ida y vuelta. Ida y vuelta.



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Desde hace dos semanas no puedo dormir. Un amigo me regaló un juego: armapoesía. Cuatrocientas palabras imantadas: sustantivos, adjetivos, verbos, artículos, preposiciones, pronombres, etc. Según se lee en las instrucciones: “armapoesía es un entretenimiento sin reglas preestablecidas. Se puede jugar solo o acompañado, combinando las palabras de forma creativa y espontánea”.
Mantengo las velas encendidas. Paso de una vela a otra la cera caliente, malogro manteles, contamino las salsas. Con las manos sobre las mechas, algunos juegan a que no se queman, todos sabemos que ni siquiera un astronauta soporta ese calor y las ampollas. Cómo distrae ver a alguien jugando al hollín, las voces comienzan a calmarse, se discute menos, se piensa: ojalá yo también me atreviera a poner por fin la mano ahí. Pregunto por encendedores, “pero si tú no fumas”. Busco zonas seguras donde instalar las velas, muros, resquicios, para que nadie las empuje y el viento no las golpee. Podrán pensar que yo también estoy jugando, la cera endurecida en mis yemas, moldeando nuevos dedos. Lo he hecho desde siempre: velar por el fuego. Mis amigos son la tribu que escucho mientras permanezco en la vigía.
Delante de mí se ha sentado una familia. Mamá y papá cargan a niña y niño en sus piernas y rodean sus pechos con los brazos. Ninguno sabe que también sostienen un trofeo. Pocos somos los que podemos notarlo.
Salvador Raggio, director de
Mi hermana tiene siete años, yo cinco. Estamos sentadas en el mismo escalón. Es de noche.
El Centro Peruano de Estudios Culturales presenta el primer número de fix100, revista hispanoamericana de ficción breve de publicación semestral. Nace en formato pdf para poder ser descargada de forma gratuita (la puedes imprimir o leer desde la computadora). En sus más de 100 páginas investiga acerca de la producción del microrrelato, sus orígenes y vigencia, a través de entrevistas, reseñas, teoría, crítica y nuevas propuestas. Seis autores, entre ellos, Nilo Espinoza Haro, Carlos López Degregori, Armando Ayala Santos y yo, participamos con cinco cuentos breves cada uno.
Cuando me enfermaba de gripe y tenía por fin permiso para faltar al colegio y quedarme en la habitación de mis padres donde sí había televisor y ver toda la televisión que quisiera y comer cualquier porquería y pedir todos los antojos, mi madre se acercaba a la cama, me besaba en la frente para comprobar con sus labios si tenía fiebre, me tocaba la barriga, y me decía: vuelvo en un rato con limonada caliente. No hay quien te cuide mejor que tu madre. Cuando peor me sentía, fingía alucinaciones y balbuceaba, aunque algunas veces creo que tuve fiebre muy alta y pensé que moriría. Entonces ella llamaba a mi padre a los gritos y los dos me miraban como si a su vez quisieran llamar a sus padres y yo fuese la primogénita y estuviera en la cuna y ellos no supieran cómo cargarme. Con los ojos achinados y llenos de lágrimas y la garganta rojísima me imaginaba que les decía: pregúntenme. ¿Qué cosa, hijita? Pregúntenme qué quiero hacer. Pero esa pregunta jamás llegó de mis padres y nunca se las pedí, debían saber que yo la esperaba. Se esforzaban: abrazos y la habitación con aroma a eucalipto y el eco de sus voces y yo mirando su reflejo en el espejo, eternizándolo, una complicidad que rara vez veía. Yo estaba enferma y ellos no discutían, se turnaban para cuidarme, aunque estuvieran cansados. Ese día, mi madre no trabajaba y cada vez que gritaba su nombre, ella corría y yo me sentía la hija más querida del mundo y no dejaba de agradecerle. Cada vez que me besaba en la frente, deseaba vivir afiebrada. Hasta llegué a calentar el termómetro con la secadora de pelo. Y cuando escuché la pregunta, qué quieres hacer, fue demasiado tarde, me olvidé quién la hizo, porque ya no me remitía a algo importante. Ahora me enfermo y me siento al sofá y me levanto a regar las tercas tujas y meto la ropa a la lavadora y me invento desorden para ordenarlo. Todo menos echarme en la cama y reconocer lo mal que me siento. La pregunta que más me ha gustado en los últimos años es: ¿tú vives en la playa, no? Toda la vida he causado esa impresión a personas de cualquier edad y me lo han dicho también: a ti nada te preocupa. Pero yo no vivo en la playa, no.