Mantengo las velas encendidas. Paso de una vela a otra la cera caliente, malogro manteles, contamino las salsas. Con las manos sobre las mechas, algunos juegan a que no se queman, todos sabemos que ni siquiera un astronauta soporta ese calor y las ampollas. Cómo distrae ver a alguien jugando al hollín, las voces comienzan a calmarse, se discute menos, se piensa: ojalá yo también me atreviera a poner por fin la mano ahí. Pregunto por encendedores, “pero si tú no fumas”. Busco zonas seguras donde instalar las velas, muros, resquicios, para que nadie las empuje y el viento no las golpee. Podrán pensar que yo también estoy jugando, la cera endurecida en mis yemas, moldeando nuevos dedos. Lo he hecho desde siempre: velar por el fuego. Mis amigos son la tribu que escucho mientras permanezco en la vigía.
Enero 26th, 2010
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personalmente, percibo 3 sensaciones con las velas: la primera es la llama, me gusta concentrarme y ver como se mueve, como baila. La segunda es táctil, no por el fuego y el calor en sí, sino, por la cera, y el cambio que sufre al tocar las yemas de los dedos. La tercera es ese delicioso olor que desprenden cuando se apagan. 3 sensaciones y muchos recuerdos.
Las velas son parte de todo un ritual espiritual y romantico desde que se tiene memoria.
Me acuerdo que hace 2 décadas cuando se iba la luz, todos en la casa nos reuniamos y
contábamos anécdotas, adivinanzas y hasta chistes. Qué bonito la pasábamos en ese
aparente fenómeno contra-eléctrico.