Un puente de separación.

Archive for Febrero, 2010
Lima de las contradicciones
Reseña de “Playas” de Carlos Calderón Fajardo
Hoy fue la presentación de Playas. Carlos sorprendió leyendo un cuento que no incluyó en su libro; consideró que 33 ya eran suficientes; una inquietante historia sobre una veraneante de calzón amarillo que lo acompaña durante 40 años en la misma playa. Fue una presentación íntima y divertida, con vino y el reencuentro de viejos amigos. Para Caretas se dejó fotografiar en una lancha, con una ropa de baño que le “sembró” el equipo de producción. Genial.
Este es el texto que preparé, tiene algunas imágenes de un post previo que se llama Zambullirnos. Espero que se animen a comprar el libro y que lo disfruten tanto como yo.
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¿Puedo amar el mar pese a que me robó a una abuela que no llegué a conocer?
Sí. Y el mar es la única incertidumbre que amo.
¿Puede Carlos amar el mar pese a la visión de cuerpos hinchados mordidos por los peces?
Por supuesto.
En las playas no hay que observar solo el horizonte, donde las aguas se mueven brillantes como la plata, siempre escondiendo o anunciando algo.
Hay que dedicarse con detenimiento a la orilla. Gaviotas, peces globo, caballitos de mar, pelícanos, lobos marinos. Si están con los ojos muy abiertos es que llegaron de lo más alto y de lo más hondo, decididos y solos, a nuestros pies.
La severidad del mar es implacable, excepto por sus historias. Por los aprendizajes que nos entrega como rachas de olas. Es cuestión de aprender a observarlo, como a él le gustaría, si pudiera saberlo.
Aquí quiero hablar de Robert Walser. Un escritor paseante que, como Carlos, se entregaba a observar lo cotidiano y a plasmar en lo que veía conocimientos universales. Él habla sobre un hombre que camina en un bosque y, a medida que las imágenes lo emocionan, los verdes árboles, las ramas a punto de ceder al peso de los frutos maduros, las luces de un pueblo pronto alcanzable, decide dejarse tocar “por la vida y sus ecos”.
A Carlos el mar lo ha influenciado; está hipnotizado por sus misterios tanto como por sus verdades. Por eso en su cuento titulado Solo vive en Pucusana se atreve a narrar la historia de un joven escritor que enfrenta al crítico literario que ha destrozado su primer libro, para hacerle una sola pregunta: “¿qué significa que usted haya escrito que en mis cuentos “no asoma en ningún momento el eco de la vida?”.
Carlos no se permite esto. Me lo imagino sentado donde termina la arena seca y comienza la húmeda. Tiene la tentación de hacer un túnel con las manos: no necesita esperar demasiado para encontrar agua a ambos lados. Sí, en sus cuentos todo dice vida: Y esta vida se divide en las 2 desembocaduras de un puente sobre la arena: los cuentos que conforman el grupo: del mar cercano… cuentos de amigos, amores y familias, íntimos; sonoros (porque en el mar, contrario a lo que se piensa, no hay silencios, por eso, hasta las caracolas tienen rumor de mar); nostálgicos de juventud, de las olas que ya no pueden correrse; de la belleza fugaz de las mariposas, puesto que viven solo un día; de la pobreza de los barracones y sus habitantes que le dan la espalda al mar; de los circos que llegan a las playas una vez al año, con sus cargamentos de perros pulgosos y actores miserables; de los deportistas anónimos de la Costa Verde; de las mujeres al sol y cuya existencia recién se confirma por la ropa de baño que se mece en el cordel; de los peces espada que buscó Hemingway y la ballena que midió su infierno con el cielo de Melville; del amigo que se ahogó en Cerro Azul y que trajo consigo la muerte del propio narrador.
Al otro lado del puente sobre la arena, en la Playa de la Familia de Mussolini, asistimos a momentos muy singulares en la vida de escritores… escritores para los que el mar tuvo momentos de revelación, pues es allí donde, imagina y sabe Carlos con precisión, van a enfrentarse a los monstruos, a la gracia y la belleza, a los caminos serpenteantes de la verdad: es en la orilla donde muere el mar, donde ellos nacen como escritores.
Este domingo acabé de leer Playas en El Silencio. Comprenderán lo perfecto del entorno. Hay que saber el momento exacto del clavado, de lo contrario, te puedes romper el cuello. Yo no conozco otra forma de ingresar al mar que no sea de un clavado. Eso de hacerlo de a poquitos, hasta creer que el agua fría ya se calentó, no es para mí. Seguro Carlos ingresa así al mar. Una niña golpeaba el agua cerca de mis amigos y de mí. Porque ellos estaban más cerca les dije: ayúdenla, se está ahogando. Uno de ellos le preguntó: ¿te estás ahogando? Y ella respondió: ¡sí!
Si ustedes son de los que no se bañarían en el mar de noche, porque temen la vida que se mueve secreta debajo de sus pies, no pueden leer este libro. Si ustedes son de los que toman baños de asiento, porque temen que la ola los arrastre, los revuelque y ya no puedan regresar a la orilla, tampoco pueden hacerlo. Para leer este libro hay que zambullirse una y otra vez sin mirar la bandera roja o adentrarse mar adentro en una lancha sin motor, como el fotógrafo que quiso retratar cuevas en Paracas y murió por no saber nadar y no tener chaleco, pero antes de embarcarse dijo: debo hacerlo. Es en las playas donde las personas que aman el mar comparten sus historias y esperan algún día llegar a ser parte de ellas. Es en las playas donde los buenos escritores, como Carlos, renacen a los ecos de la vida.
Si Carlos llama Playas a su libro y no Mares, es porque quiere que aprendamos de lo que él está viendo: miremos no lo que agoniza en el mar, sino lo que sobrevive en la orilla.
Zambullirnos
Nos ahogamos.
Como el fotógrafo que nos retrató desnudos cuando teníamos diecisiete. Remó mar adentro y cuando su embarcación volteó, ante la visión implacable de aguas brillantes como la plata, recordó que no sabía nadar.
El ahogamiento no es una muerte plácida. No es dejarse llevar con la cabeza boca abajo y las manos infantiles asiéndose al agua.
Una mañana alguien te pedirá que le enseñes a nadar. Y tú le dirás: no me puedo hacer responsable de ti.
Plácido es morir de ancianos en la misma cama, mano contra mano, las voces cada vez más lejanas de los hijos, el café, el jugo de papaya, el pan francés, el aroma del jazmín que anuncia el malecón, las bancas donde una pareja ya no habrá de sentarse a reposar la orilla virgen, la bruma, las luces ciegas, la sal.
Hoy en La Noche: Presentación de “Playas”
En abril del año pasado me regalaron una edición más de la Colección Underwood: Playas de Carlos Calderón Fajardo. El cuento publicado fue Playa Ballena y lo disfruté como a los últimos rayos de sol de abril.
Y hoy, CCF presenta la versión completa, 33 cuentos inspirados en su observación persistente del mar; desde su casa de Ancón y una lancha pescadora de nostalgias. Un libro a cargo de la editorial Borrador.
La cita es a las 7 en La Noche de Barranco. Los comentarios estarán a cargo de Pepe Donayre y de mí. No conozco a Carlos, pero me alegrará poder decirle que su libro me ha emocionado.
Algo se ha dislocado en ti
Me dijeron:
Narras tu historia a través de secuencias que se sobreponen, desordenadas hasta en las fechas, puesto que todavía no logras ver tu vida como un todo. Esa facultad no la tienes, y quizás nunca la tengas. Algo se ha dislocado en ti. Respondí que seguro por eso escribo como hablo. Sin estructuras. Lo que me dijeron no me entristeció, al contrario, sentí el consuelo que sobreviene cuando alguien por fin se atreve a decirte la verdad y tú te la crees.
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Algunas noches me acuesto con una sonrisa y a medida que me adentro en las verdades del sueño, una pena me cruza aguda y obvia. Mantengo los ojos cerrados para convencerme de que ya no estoy despierta. Mi madre tiene un cuadro en que se lee: la vejez comienza cuando los recuerdos pesan más que las ilusiones. La recuerdo y pienso que ella también tuvo mi edad y que yo llegaré a la edad que ella tiene ahora. Me levanto al baño y abro el grifo. El agua está fría, me hace doler la garganta, me la tomo sin protestar.
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Deberíamos ser amigos de nuestros dentistas. Comer con ellos, confesarles los secretos, explayarnos en las repreguntas, desinfectar sus mandiles. Si ya nos arreglaron la boca con caries qué importa que conozcan lo demás podrido.
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La polilla se calentaba alrededor de la lámpara de mi techo. Su aleteo me distraía apenas. De pronto cayó al piso boca abajo. Permanece sobre el parkét como nudo de madera. Rocié la casa con matainsectos antes de salir. En verano mi sala es un cementerio invertebrado, lo que sobrevive se mueve en cuatro patas o dos.
Manos tus manos

Manos suaves, sábanas recién estrenadas; manos que elijen; manos cóncavas ante lo definitivo; manos que dominan otro lenguaje; manos que se olvidan de su independencia y esperan órdenes que llegan tarde; manos con dedos largos que esbozan contornos de caras, manos ciegas; manos que buscan lo nuevo antes que el resto del cuerpo; manos difuminadas de vacío, la voz detenida ante dos puertas; manos como pies para nunca dejar de avanzar aunque las piernas fallen.
Cuando soy feliz me siento en casa
No me gusta vivir en un departamento, porque suelen ser tan pequeños que si lanzas tu ropa interior al piso, de inmediato se ve desordenado, sucio, y en las casas hay siempre más lugar para las colecciones, el pasado, no solo lo que es preciso, urgente, presente. Odio los departamentos, porque los vecinos conocen a qué hora llegas, con quién duermes y no te levantas, la tácita invitación a espiarse, las cortinas corridas, los mundos como son, sin decorarlos. Nunca comprenderán por qué tus mejores amigos abren tu puerta con su propio juego de llaves. En un departamento tu música es ruido; como la música de otros es gemido, interrupción. Esta noche no, pides antes de ingresar a la fase REM, pero los insomnes encienden algún artefacto de la tríada maldita: licuadora, aspiradora, lavadora, a veces en secuencia; suspiras y te prometes que algún día te quejarás, harás algo, algún día, sí. Esa familia que consume más carne que un argentino no evitará la sangre que gotea de la bolsa. La paranoia de pensar en un asesinato, es en casas, no en departamentos, donde más personas mueren al año, no de soledad. Una vecina me dijo: “mi arma ha caído en tu patio”. Hablaba de su rosario. Las cajas de pizza se atoran siempre en el ducto de la basura, cada vez más estrecho, adonde uno quisiera lanzar un vecino por semana, listo para llevar. Jamás tu departamento tiene el aroma de lo que preparas; tu vida sazona la de otros, parece insuficiente escuchar sus voces a través del tragaluz, también hay que olerlos, comer con ellos a la mesa, sin invitación. Detesto vivir en un departamento, porque la solidaridad se demuestra apenas en Navidad con el saludo del presidente de la junta de propietarios junto a la lista de morosos, el texto en computadora en el periódico mural, ni la firma es a mano. Nadie ve al ladrón ingresar, nadie lo escucha vaciar tu departamento en dos horas, hasta taladrar, ni lo observa escaparse por el portón principal que alguien tuvo que abrir, el vigilante, eterno sospechoso: creí que era el camión de la mudanza. Todos saben quién murió de un infarto, la mayoría es testigo de primera mano, ¡su carro sigue estacionado afuera!, aunque se haya mudado ayer. Cuántas veces se juega en tu propia puerta a la ruleta rusa. Odio vivir en un departamento, porque las paredes blancas de mi espacio contrastan con los seis colores distintos de la entrada común, cuadro de sugerencias acatadas, nadie, una vez más, impulsó el consenso. Mis alegres geranios, sus cactus espigados, rígidos, como un vecino que nunca saluda y me hace sentir culpable, nunca sé bien de qué, porque insiste en pasarme por el resquicio más recibos y menos cartas, uno por uno, en un acto que conlleva a imitar su aburrimiento.
Vivir en un departamento es la metáfora del retiro voluntario. Basta pasar a cualquier hora delante de un edificio y obligarse a mirar hacia arriba, siempre habrá alguien que envejece al contemplar la vida a través de la ventana. No pide demasiado. Estar en la terraza de enfrente, volver al pasado de parques sin cemento, cuando lo que rodeaba a una casa eran más casas, simples casas, y todo era abarcable de un vistazo horizontal. Los edificios invaden, así de concreto, el espacio aéreo del progreso. Por algo las palabras edificio y progreso nunca irán juntas en un poema.
Reconozco que algo sí me encanta de vivir en un departamento: la vecina de al lado me permite saltar de su patio al mío cuando salgo con la llave equivocada. Si viviese en una casa e intentase ingresar alguna vez por el patio, sería la ladrona de la cuadra. En mi edificio saben que yo existo, como sé –muy bien– que los demás existen. Para conocer realmente a alguien, es preciso hablar con sus vecinos.
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Una versión parecida fue publicada hace unos meses por Etiqueta Negra.
Mi hermana ha comenzado a soñar con cuchillos
Mi hermana ha comenzado a soñar con cuchillos, cuchillos de todos los tamaños y le pide a mi padre que corte la fruta con el cuchillo de la mantequilla y le dice a su esposo que no quiere que alguien de la familia muera y llora por la pierna amputada del paciente en la televisión y mi padre que no acepta ni las buenas ni las malas noticias me dice que mi madre se fue de la casa donde yo hace años que ya no vivo y que mañana volverá, que él anoche soñó con los perros muertos que vio en la carretera, eran más a la vuelta, y me callo que prefiero mantenerme despierta, los pulmones llenos de aire.
Nuestras ideas de felicidad no se parecen
Estamos en la casa de campo que nos duró tan poco tiempo. Mi padre me pide que lo acompañe a recoger agua del pozo vecino. Atravesamos a pie la trocha cercada por alambre de púas. Me acerco a estudiar su entramado; los pelos muertos. Me asusta la idea de que sean míos y corro para alcanzar a mi padre. Nunca lo he acompañado. Vamos en silencio, cargando los baldes, pienso en que pronto me pesarán. Señala tres caballos de bronce en tamaño natural, sobre una base de cemento y piedras, tan reales que de inmediato los imaginé capaces de romper su armadura, a la carrera. Una poderosa imagen enfrentada al sereno vaivén de las espigas. Los mandó a hacer el dueño de la hacienda en memoria de los caballos que mató porque estaban enfermos, dice mi padre. El escultor se inspiró en sus fotografías para replicarlos, fíjate en los hocicos, en las crines, las colas, todo está allí. Mi padre habla con la misma voz con que repasamos lo cotidiano, el dinero esquivo (no me dice que pronto la casa dejará de ser nuestra, pero yo lo sé). Me quedo observándolos, sin palabras. Otra vez debo apurarme para alcanzarlo. Apoyamos nuestros baldes. Mi padre lanza la soga al pozo y llega a nosotros un ruido sordo, una piedra que ha tocado el mar muy lejos de la orilla. Me indica con una señal que recoja el agua. Camina rumbo a la acequia, grita que la cruzará de un salto para observar “la hacienda que nunca será nuestra”. El balde me pesa, se golpea contra las paredes del pozo, el agua las salpica y láminas de moho brillan de verde azabache. Me siento al borde del pozo, mis piernas se balancean; las sandalias se sueltan de mis dedos y caen. Me olvido de mi familia, de mis amigos, de mi casa, del mar, del juego; mi universo conocido, seguro. Pies desnudos contra las acolchadas y fieras paredes del pozo. Se supone que debo sentir miedo, no una oportunidad. ¿Qué haces? ¿Qué haces? Mi padre corre hacia mí y le sonrío y le quiero decir que todo está bien, me siento feliz, pero reconoce otra cosa en mis ojos y se asusta y yo noto su miedo y camina y se detiene y me pide que deje de hacerlo y nuestras fuerzas de voluntad se enfrentan por primera vez como yo a los vacíos ojos de los caballos.
Pez globo
Los globos me fascinaban, me llevarían volando a otra parte, sobre voces, campos y casas cada vez más espaciados entre sí.
Los globos desaparecen de la vista; una ilusión dejarlos partir al cielo; se van al mar, donde la sal los desinfla y sus vivos colores seducen a los peces. Se los comen y se envenenan.
Las malaguas transparentes flotan vacías y agrupadas en la espuma. Los bañistas las atraviesan con sus cuerpos y las observan con el alivio y la desconfianza con que se mira todo aquello que ya no puede hacer daño. Algunos deciden no ingresar al agua; la duda.
Si yo fuera un pez globo, un caminante en la arena se apiadaría de mis bocanadas; me lanzaría de vuelta al agua, con la que me estrellaría. Ojos y boca muy abiertos.



