Estamos en la casa de campo que nos duró tan poco tiempo. Mi padre me pide que lo acompañe a recoger agua del pozo vecino. Atravesamos a pie la trocha cercada por alambre de púas. Me acerco a estudiar su entramado; los pelos muertos. Me asusta la idea de que sean míos y corro para alcanzar a mi padre. Nunca lo he acompañado. Vamos en silencio, cargando los baldes, pienso en que pronto me pesarán. Señala tres caballos de bronce en tamaño natural, sobre una base de cemento y piedras, tan reales que de inmediato los imaginé capaces de romper su armadura, a la carrera. Una poderosa imagen enfrentada al sereno vaivén de las espigas. Los mandó a hacer el dueño de la hacienda en memoria de los caballos que mató porque estaban enfermos, dice mi padre. El escultor se inspiró en sus fotografías para replicarlos, fíjate en los hocicos, en las crines, las colas, todo está allí. Mi padre habla con la misma voz con que repasamos lo cotidiano, el dinero esquivo (no me dice que pronto la casa dejará de ser nuestra, pero yo lo sé). Me quedo observándolos, sin palabras. Otra vez debo apurarme para alcanzarlo. Apoyamos nuestros baldes. Mi padre lanza la soga al pozo y llega a nosotros un ruido sordo, una piedra que ha tocado el mar muy lejos de la orilla. Me indica con una señal que recoja el agua. Camina rumbo a la acequia, grita que la cruzará de un salto para observar “la hacienda que nunca será nuestra”. El balde me pesa, se golpea contra las paredes del pozo, el agua las salpica y láminas de moho brillan de verde azabache. Me siento al borde del pozo, mis piernas se balancean; las sandalias se sueltan de mis dedos y caen. Me olvido de mi familia, de mis amigos, de mi casa, del mar, del juego; mi universo conocido, seguro. Pies desnudos contra las acolchadas y fieras paredes del pozo. Se supone que debo sentir miedo, no una oportunidad. ¿Qué haces? ¿Qué haces? Mi padre corre hacia mí y le sonrío y le quiero decir que todo está bien, me siento feliz, pero reconoce otra cosa en mis ojos y se asusta y yo noto su miedo y camina y se detiene y me pide que deje de hacerlo y nuestras fuerzas de voluntad se enfrentan por primera vez como yo a los vacíos ojos de los caballos.
Febrero 8th, 2010
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Te felicito, escribes muy bien, de manera muy natural y te felicito porque ese es un don, la naturaleza de tu expresión, como sin esfuerzo. Te leí hace mucho no me acuerdo cómo ni por qué rumbo y hoy nuevamente visitando el FB que han hecho en honor a mi buen amigo Harry Schuler.
Te tiendo dos manos que buscan lo desconocido y mis ojos y mente para admirar lo que escribes y cómo lo haces.