Observado en un restaurante
Los mozos suelen demorarse en atender, aunque intentes ocultar tu impaciencia. Pero si el tenedor se te cae, vendrá a recogerlo de inmediato; te traerá uno nuevo.
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Comer solo en un restaurante no es una molestia, hasta que debes ir al baño. ¿Dejas las cosas sobre la mesa o las llevas contigo con el riesgo de que otro ocupe tu espacio? Si te las llevas al baño, es como escaparte sin pagar la cuenta. Algún mozo siempre sospecha. Le hace señas al vigilante para que no te pierda de vista. Él ya te tiene miedo y no puede hacerse cargo.
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Una señora, mesas más allá, se parece demasiado a tu tía. No puede ser ella, porque está muerta.
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Él fue mozo.
Por eso sustenta que a los mozos que atienden bien hay que dejarles poca propina: evidencian que se la merecen como que la necesitan. Dice, por el contrario, que a los que atienden pésimo hay que darles bastante dinero, para entrenarles la virtud de la culpa.
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El restaurante más celebrado del mundo luce a la entrada una estatua de hielo que nunca se derrite, sin valerse de la energía eléctrica. Después de apreciar este detalle, nadie repara en el sabor de la comida.