
Durante la resonancia me esforcé en imaginar belleza para no abrir los ojos. Pensé, por ejemplo, en el cielo de Huancayo visto desde un auto en movimiento. / Foto: K. Adaui.
La semana pasada debí soportar el último sufrimiento liberador. Una resonancia de largo título, similar al de este post. Fui preparada a la cita: sin aretes, ni celular, y con mi amiga Karla, de manos grandes, como las mías, en caso necesitara un abrazo.
Apenas ingresamos al local, un recuerdo: en este lugar confirmaron el cáncer en metástasis de mi padre. ¿El “origen primario”? Por descarte: el estómago. Apenas salió de su resonancia dijo: porque me llevarás a la playa a comer ceviche he soportado este encierro.
Ningún dolor es comparable en experiencia. Cada angustia es única y afecta a cada persona de un modo único.
Me decía esto, mientras me abrigaban con la colcha y me colocaban la antena cervical. Un aparato con apariencia de juguete pero cuyos resultados hacen la excepción entre estar sano o estar enfermo. Hacía dos meses una resonancia similar me anunciaba la hernia, el collarín, el Tramal, las inyecciones… Ayer se cumplió un mes desde la operación. El postoperatorio ha sido duro y creo que no miento si digo que a él me he enfrentado con serenidad. Soy vigorosa y he debido ponerme en pausa. Ordenarle al cerebro y al cuerpo que se detengan lo suficiente, como para seguir sintiéndome viva. A más velocidad, más dolor.
En esta resonancia hubo dos diferencias: No abrí los ojos; superé toda tentación de mirar. El médico me habló. Órdenes y felicitaciones.
En altavoz:
Pasa saliva.
Lento.
Lento.
Ahora cinco minutos no pases saliva.
Vas bien.
Yo no podía responderle dentro de la cámara. Mi silencio no era mental, pero estaba incapacitada para responder. Y cuanto más te dicen que no pases saliva, más la pasas. Se te agolpa, se acumula, se espesa. El pecho se infla, necesita respirar a su manera. Y cuando te han operado hace poco de una hernia mediana entre la quinta y la sexta vértebra, pasar saliva no es un hecho tácito, es un proceso. La saliva intenta atravesar un dique, una zona que ha sido manipulada, entubada: para poder llegar a la hernia y reemplazar el disco enfermo con un implante de titanio, la tráquea y el esófago han sido movidos de lugar. Recuperar el espacio que por naturaleza les corresponde es una revancha que hay que atravesar con mutismo. Algo siempre raspa, molesta.
En altavoz:
Solo falta el líquido de contraste. Te vamos a sacar un momento.
Pedí a Karla que sostuviera la pesada antena sobre mi pecho, mientras me buscaban la vena en el antebrazo para la inyección. Yo, ya afuera, no podía cambiar de posición. Todo debía mantenerse como si permaneciera dentro del sarcófago temporal.
¿Por qué no nos dijiste que tus venas son difíciles?
Para qué los voy a poner en sobreaviso. A veces se esconden y otras veces son más valientes que yo…
Me pincharon por segunda vez esa mañana. En la muñeca encontraron una vena. Delgada. Tímida. Firme.
No te muevas.
No voy a moverme, juro que no voy a moverme, pero duele, carajo.
Karla se pone de pie y me toma de la mano libre. La observo. Mi mano suda y ella la aprieta sin dudarlo. Le digo:
Más miedo le tengo al encierro que a una operación de alto riesgo.
¿Qué tan feo es?
Horrible.
Solo ocho minutos más, me dicen.
Y yo, agradecida de tocar la humanidad de este doctor desde mi humanidad, porque me habla y me tranquiliza, respondo:
En este lugar no hay tiempo. No hay relojes, no hay ojos abiertos. Aunque ahora estoy aquí para confirmar que estoy libre de enfermedad, la sensación de claustrofobia es igual de espantosa. No soy claustrofóbica.
Solo ocho minutos más. Faltan apenas dos placas.
Vuelvo a ingresar. Me aferro al timbre. Lo suelto, aunque lo mantengo cerca, para alejar de la mente la fantasía de tocarlo y de salir. Eso significaría volver a empezar. Un retraso para el doctor, para quien espera afuera. No sé si podría tolerar más tiempo. No soy mártir y tengo sed. Un retraso para escuchar, al fin, que estoy sana. Lloro con honestidad. Reconozco que me duele el cuello y que a este dolor se suman -con su propio peso- todos los dolores pasados. Lloro sin contención. La saliva se aligera, se reproduce. La paso más rápido. Tengo pánico de ahogarme. No puedo abrir los ojos. No puedo secarme las lágrimas. No puedo moverme. Cuanto más pretenda la inmovilización, los movimientos futuros estarán asegurados. Recuerdo a mi padre a quien nunca pude llevar otra vez al mar. Esa culpa inútil. Merezco esta vida, como viene. Sé que pude haber muerto durante la operación. Pero en ese riesgo nunca pensé. Enfrentado a un dolor insostenible, al mayor de su vida hasta ahora, mi cuerpo agradeció cada alivio. Antes de la anestesia general experimenté, a causa de una inyección muy potente, un mareo que me hizo sonreir. Un mareo que superó al dolor. Un cambio. Cerrarás los ojos y todo pasará, dijo el neurocirujano; piensa en algo bonito y allá te irás, alentó el anestesiólogo. Comprender el dolor ajeno requiere de empatía ilimitada; un conocimiento acumulativo de valoración de la vida y de sus quiebres. ¿Cuántas veces yo misma he sido incapaz de aceptar mi propio dolor o lo he narrado con una sonrisa?
La cápsula se moviliza hacia adelante.
Gracias por hablarme, digo. Cuando me hicieron la resonancia que reveló la hernia, nadie me habló.
Necesito a Karla. Antes de que lo diga, yo lo confirmo, sin temor a ser juzgada:
Sí, estoy llorando.
Me visto.
Nos abrazamos.
Nos vamos a comer pastas.
Mi garganta celebra el agridulce de los tomates, como una cara que recibe el primer sol del invierno.
Mis ojos se alegran de observar a mi amiga comer. Ella disfruta de una lasaña humeante y sabrosa. Irá en media hora a una entrevista de trabajo. Escucho sus expectativas. Mi amiga vive. Yo amo su vida. Karla me llamó desde Bahamas cuando se enteró de la muerte de mi padre. Su familia es mi familia también.
Mis manos repasan la cicatriz cada vez más delgada del cuello. Se mimetiza con el tercer pliegue. Pronto desaparecerá. El registro de su existencia estará en mi mente. Si no puede ser vista, no la develaré. Saberlo me sigue asombrando: hay titanio dentro de mí, un material irrechazable. Un trozo tan grande como la esfera de una llave, carísimo, casi impagable, que ha salvado a este cuello largo y delgado del sufrimiento, de la postración, de la vejez en juventud.
No sonaré en los aeropuertos; me han quitado el derecho al escándalo.
Durante los próximos 3 meses estoy prohibida de correr, nadar, saltar, manejar bicicleta, escalar, subir cerros. Este es el tiempo del titanio. Se fijará.
Puedo chapotear y caminar. Todo lo que quiera.
Todo lo que quiera.




































