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octubre 24th, 2011

Resonancia magnética con antena cervical y líquido de contraste

Durante la resonancia me esforcé en imaginar belleza para no abrir los ojos. Pensé, por ejemplo, en el cielo de Huancayo visto desde un auto en movimiento. / Foto: K. Adaui.

La semana pasada debí soportar el último sufrimiento liberador. Una resonancia de largo título, similar al de este post. Fui preparada a la cita: sin aretes, ni celular, y con mi amiga Karla, de manos grandes, como las mías, en caso necesitara un abrazo.

Apenas ingresamos al local, un recuerdo: en este lugar confirmaron el cáncer en metástasis de mi padre. ¿El “origen primario”? Por descarte: el estómago. Apenas salió de su resonancia dijo: porque me llevarás a la playa a comer ceviche he soportado este encierro.

Ningún dolor es comparable en experiencia. Cada angustia es única y afecta a cada persona de un modo único.

Me decía esto, mientras me abrigaban con la colcha y me colocaban la antena cervical. Un aparato con apariencia de juguete pero cuyos resultados hacen la excepción entre estar sano o estar enfermo.  Hacía dos meses una resonancia similar me anunciaba la hernia, el collarín, el Tramal, las inyecciones… Ayer se cumplió un mes desde la operación. El postoperatorio ha sido duro y creo que no miento si digo que a él me he enfrentado con serenidad. Soy vigorosa y he debido ponerme en pausa. Ordenarle al cerebro y al cuerpo que se detengan lo suficiente, como para seguir sintiéndome viva. A más velocidad, más dolor.

En esta resonancia hubo dos diferencias: No abrí los ojos; superé toda tentación de mirar. El médico me habló. Órdenes y felicitaciones.

En altavoz:

Pasa saliva.

Lento.

Lento.

Ahora cinco minutos no pases saliva.

Vas bien.

Yo no podía responderle dentro de la cámara. Mi silencio no era mental, pero estaba incapacitada para responder. Y cuanto más te dicen que no pases saliva, más la pasas. Se te agolpa, se acumula, se espesa. El pecho se infla, necesita respirar a su manera. Y cuando te han operado hace poco de una hernia mediana entre la quinta y la sexta vértebra, pasar saliva no es un hecho tácito, es un proceso. La saliva intenta atravesar un dique, una zona que ha sido manipulada, entubada: para poder llegar a la hernia y reemplazar el disco enfermo con un implante de titanio, la tráquea y el esófago han sido movidos de lugar. Recuperar el espacio que por naturaleza les corresponde es una revancha que hay que atravesar con mutismo. Algo siempre raspa, molesta.

En altavoz:

Solo falta el líquido de contraste. Te vamos a sacar un momento.

Pedí a Karla que sostuviera la pesada antena sobre mi pecho, mientras me buscaban la vena en el antebrazo para la inyección. Yo, ya afuera, no podía cambiar de posición. Todo debía mantenerse como si permaneciera dentro del sarcófago temporal.

¿Por qué no nos dijiste que tus venas son difíciles?

Para qué los voy a poner en sobreaviso. A veces se esconden y otras veces son más valientes que yo…

Me pincharon por segunda vez esa mañana. En la muñeca encontraron una vena. Delgada. Tímida. Firme.

No te muevas.

No voy a moverme, juro que no voy a moverme, pero duele, carajo.

Karla se pone de pie y me toma de la mano libre. La observo. Mi mano suda y ella la aprieta sin dudarlo. Le digo:

Más miedo le tengo al encierro que a una operación de alto riesgo.

¿Qué tan feo es?

Horrible.

Solo ocho minutos más, me dicen.

Y yo, agradecida de tocar la humanidad de este doctor desde mi humanidad, porque me habla y me tranquiliza, respondo:

En este lugar no hay tiempo. No hay relojes, no hay ojos abiertos. Aunque ahora estoy aquí para confirmar que estoy libre de enfermedad, la sensación de claustrofobia es igual de espantosa. No soy claustrofóbica.

Solo ocho minutos más. Faltan apenas dos placas.

Vuelvo a ingresar. Me aferro al timbre. Lo suelto, aunque lo mantengo cerca, para alejar de la mente la fantasía de tocarlo y de salir. Eso significaría volver a empezar. Un retraso para el doctor, para quien espera afuera. No sé si podría tolerar más tiempo. No soy mártir y tengo sed. Un retraso para escuchar, al fin, que estoy sana. Lloro con honestidad. Reconozco que me duele el cuello y que a este dolor se suman -con su propio peso- todos los dolores pasados. Lloro sin contención. La saliva se aligera, se reproduce. La paso más rápido. Tengo pánico de ahogarme. No puedo abrir los ojos. No puedo secarme las lágrimas. No puedo moverme. Cuanto más pretenda la inmovilización, los movimientos futuros estarán asegurados. Recuerdo a mi padre a quien nunca pude llevar otra vez al mar. Esa culpa inútil. Merezco esta vida, como viene. Sé que pude haber muerto durante la operación. Pero en ese riesgo nunca pensé. Enfrentado a un dolor insostenible, al mayor de su vida hasta ahora, mi cuerpo agradeció cada alivio. Antes de la anestesia general experimenté, a causa de una inyección muy potente, un mareo que me hizo sonreir. Un mareo que superó al dolor. Un cambio. Cerrarás los ojos y todo pasará, dijo el neurocirujano; piensa en algo bonito y allá te irás, alentó el anestesiólogo. Comprender el dolor ajeno requiere de empatía ilimitada; un conocimiento acumulativo de valoración de la vida y de sus quiebres.  ¿Cuántas veces yo misma he sido incapaz de aceptar mi propio dolor o lo he narrado con una sonrisa?

La cápsula se moviliza hacia adelante.

Gracias por hablarme, digo. Cuando me hicieron la resonancia que reveló la hernia, nadie me habló.

Necesito a Karla. Antes de que lo diga, yo lo confirmo, sin temor a ser juzgada:

Sí, estoy llorando.

Me visto.

Nos abrazamos.

Nos vamos a comer pastas.

Mi garganta celebra el agridulce de los tomates, como una cara que recibe el primer sol del invierno.

Mis ojos se alegran de observar a mi amiga comer. Ella disfruta de una lasaña humeante y  sabrosa. Irá en media hora a una entrevista de trabajo. Escucho sus expectativas. Mi amiga vive. Yo amo su vida. Karla me llamó desde Bahamas cuando se enteró de la muerte de mi padre. Su familia es mi familia también.

Mis manos repasan la cicatriz cada vez más delgada del cuello. Se mimetiza con el tercer pliegue. Pronto desaparecerá. El registro de su existencia estará en mi mente. Si no puede ser vista, no la develaré. Saberlo me sigue asombrando: hay titanio dentro de mí, un material irrechazable. Un trozo tan grande como la esfera de una llave, carísimo, casi impagable, que ha salvado a este cuello largo y delgado del sufrimiento, de la postración, de la vejez en juventud.

No sonaré en los aeropuertos; me han quitado el derecho al escándalo.

Durante los próximos 3 meses estoy prohibida de correr, nadar, saltar, manejar bicicleta, escalar, subir cerros. Este es el tiempo del titanio. Se fijará.

Puedo chapotear y caminar. Todo lo que quiera.

Todo lo que quiera.

octubre 10th, 2011

Entrevista inédita a Ricardo Blume (2004): “Mi vida; inconclusa”

Ricardo Blume publicó este libro en el 89. Recoge sus artículos periodísticos publicados en El Comercio entre los años 81-89. Ahora que regreso a México, intentaré ubicarlo y se lo entregaré. Al cierre del texto CONTINUIDAD, Ricardo escribió: Continuidad no es continuismo, ni algo estático, conservador ni acartonado. Todo lo contrario. Es el natural discurrir de ayer a mañana, pasando firme, coherente y sólidamente por la estación de hoy. Ricardo, tú eres continuidad.

 El 2004, Etiqueta Negra me pidió entrevistar a Ricardo Blume, gran actor peruano radicado en México, cuya trayectoria en películas, teatro y telenovelas ha sido cada vez más respetada y querida, por su versatilidad y potencia actoral. No vive de la fama, sino de su trabajo.  Él lo acepta: “La vocación se construye con los años”.

Ricardo es un hombre con mucho sentido del humor. buen colega, y comprometido con cada obra: pequeña, independiente o una megaproducción. Fue, con apenas 27 años, fundador del TUC: la escuela de teatro de la Universidad Católica. Logré contactarlo, “conversar” con él de mail a mail, y sus respuestas fueron sinceras, amables, divertidas; humildes. 

La entrevista conseguida desde Lima, “porque reestructaron la revista”, como me dijeron, y con fotos ya tomadas en el DF, inclusive, jamás fue publicada. En ese entonces fui incapaz de pedirle disculpas por la no publicación. Me daba demasiada vergüenza. A mis 34 y quizás desde mucho antes, es algo que jamás haría. Jamás. Y me retracto y le pido disculpas a Ricardo por esta omisión tan cobarde como inocente, en su momento. 

Ayer encontré, por casualidad y entre cientos de libros del jirón Amazonas en Barrios Altos, NADA DEL OTRO JUEVES, una recopilación de sus artículos periodísticos donde reflexiona sobre las elecciones, la peruanidad, el terrorismo, el eco del dolor y las enfermedades, la religión, la ausencia de verde en Lima; su vida en México y la necesidad de ser transparente, siempre.  Me emociona haber descubierto, aun tardíamente, su prolífica faceta de cronista.

Y esta madrugada, recordé la entrevista en la duermevela, como quien reconoce que ha llegado tarde a  una alegría, y que debía tenerla archivada “en alguna parte”. Pues aquí está y creo que es preciso compartirla, porque  siento sus respuestas tan actuales, tan honestas, tan vitales, y porque el próximo mes -imparable a sus ahora 77 años-comenzará a grabar una nueva película mexicana, bajo la dirección de Francisco Franco, el mismo de QUEMAR LAS NAVES. (Hablando de cine, lo curioso es que la única respuesta que ha quedado desfasada, es aquella sobre la cinematografía en el Perú: mucho ha crecido nuestro cine desde el 2007 en adelante, gracias a una nueva generación de cineastas que rompieron con los guiones clásicos y se atrevieron más…).

Al responder mi cuestionario, Ricardo me dijo lo siguiente: “No he tenido tiempo para escribir mejor porque estoy lleno de compromisos. Puedes cambiar el orden, como quieras. Pero si hay que cortar, deja que sea yo el que lo haga”. 

Han pasado 7 enormes años desde entonces y -apreciado señor Ricardo Blume- no he tocado una sola de sus palabras (ni tampoco he cambiado el orden de las preguntas, para conservar la frescura de entonces; para mí también han pasado 7 años)… 

Tus recuerdos de la fundación del TUC y del trabajo con Luis Álvarez…
Fundamos el TUC cuando yo tenía 27 años y lo dirigí hasta los 35,
que es la época de mayor rendimiento y energía. Yo era capaz de todo. De
enseñar todos los cursos o de escalar una pared si no teníamos la llave
para entrar a ensayar. Creo que, más que otra cosa, comuniqué a mis alumnos
de entonces una pasión por el teatro, que se mantiene viva. No me gusta
mirar hacia atrás, pero cada vez que lo pienso creo que el TUC fue de lo
mejor que hice en mi vida de hombre de teatro.
        Mi trabajo con Luis Alvarez fue el de las primeras letras, mis
gateos teatrales. El me enseñó la técnica y la ética con un estilo que,
cariñosamente, podríamos calificar de “la letra con sangre entra”. Me dijo
alguna vez en un ensayo: ¡O lloras o te pego! (Y lloré, claro). Me daba
parlamentos de obras para memorizar y, yo arriba del escenario y él abajo,
me hacía repetir una y otra vez corrigiéndome. También me daba obras para
analizar por escrito y me ponía acotaciones como ésta: “El señor Blume
tiene capacidad para hacer un trabajo más profundo. Inténtelo otra vez”. No
me dejaba pasar una. Después de más de medio siglo de carrera profesional
no dejo de agradecerle los sólidos cimientos que me puso. Solía escribirle
una carta la noche de cada estreno, estuviera donde estuviera; a él y a
Ricardo Roca Rey, mi otro gran maestro. Ahora simplemente me encomiendo a
ellos. 

¿Qué significa ser actor, un buen actor y esta vocación?                                                                                                                                                                

Creo que ser un buen actor consiste, entre otras muchas cosas, en
hacer creíble un personaje, justificar todo lo que se dice, tener la
capacidad de jugar a transformarse. Supone, también, una técnica y una
ética. Un buen actor no hace concesiones, no baja la guardia, apunta
siempre alto. No olvida que está representando a seres humanos, y haciendo
arte. En cuanto a la vocación, no fue tan simple como prender el
interruptor de la luz ni amor a primera vista. Atando cabos, veo que desde
los siete años representaba en el colegio; que mi madre organizaba
representaciones para el santo de la abuela y que yo siempre participaba; a
los nueve años cantaba en radio a dúo con uno de mis hermanos…en fin,
había ciertos antecedentes. Una vez, en la AAA, me colé a ver un ensayo, me
gustó y me quedé para siempre. Creo que la vocación se adquiere con los
años, con el ejercicio apasionado de una profesión. 

Como de galán de telenovelas, ¿qué costaba más?
        Tratar de que no me dijeran “galán”; que me consideraran, como era,
un actor que en ese momento hacía los papeles de galán. Estuve “galaneando” hasta los 47 años, fue un placer decir: ¡Ya no más! Lo que más me molestaba
era que me pintaran el pelo, me sentía degradado. Lo que más me gustaba era
que siempre te quedabas con la chica.Y la besabas. 

¿De toda tu carrera; el peor beso y por qué?
        No califico los besos de actuación de mejores o peores. Son besos,
digamos, “técnicos”; no cuentan.Y si alguna chica me hubiera besado mejor o
peor, como comprenderás, no lo diría. Son secretos que un actor nunca
revela.  Lo que te puedo decir es que a veces, después de ver una escena
amorosa, mi mujer me decía torciendo la boca: “Hmm… ¡Demasiado natural!” 

 ¿Llegará el día en que el teatro peruano reciba el apoyo
suficiente como para que surgan obras de las que se hable siempre como
Collacocha?
 Me temo que no lo veré. Mientras no tengamos políticos con cierto
nivel cultural, que aprecien el arte, difícilmente se darán las condiciones
para que el teatro peruano se desarrolle y consolide. Sigue siendo obra de
magníficos quijotes. 

        Es una pena porque la materia prima humana para la creación
artística en el Perú es de primera. Sólo necesita un poco de estímulo para
desarrollarse.

 ¿La mayor frustración como actor?
        No tengo frustraciones como actor, quizá porque nunca me he creído
la gran cosa, y entonces lo que me ha ido llegando ha sido todo bienvenido.
No soy de ese tipo de actores que sueñan con hacer determinado papel. Yo
simplemente escojo entre lo que me ofrecen, según una cierta línea de
trabajo.
        Como hombre de teatro mi frustración consistió en que no pude
conseguir un teatro en Lima donde hacer las cosas a mi manera, enseñando y
presentando obras; como lo que hice en el TUC, pero en plan profesional.
Pero fue una frustración que no dejó huella. Solo cierta tristeza.

Acaba de recibir un homenaje en el Encuentro Latinoamericano de Cine.
¿El cine peruano ha evolucionado o involucionado?
        ¿A partir de qué? Nosotros no hemos tenido antes ni tenemos ahora
lo que se puede considerar una industria cinematográfica. Todo son
esfuerzos aislados, heroicos. Lo que sí veo es que hay cada vez más
directores y técnicos jóvenes con talento y ganas. Y que poco a poco,
contra viento y marea, se van haciendo más películas, algunas muy buenas. En
ese sentido creo que vamos mejorando. 

 Recuerdo esfuerzos aislados como los de Armando Robles Godoy que
llegó a hacer,cuatro o cinco películas (En la selva no hay estrellas, La
muralla verde, Espejismo…) o Federico García.
        Después viene una hornada donde destaca nítidamente Francisco
Lombardi, con una docena de películas,a cual mejor, y en la que figura
gente tan estimable como Chicho Durand o Augusto Tamayo. En lo inmediato
menciono tres nombres al azar: Aldo Salvini, Fabricio Aguilar y Josué
Méndez, algunas de cuyas películas he visto con interés. Pero toda esta
gente necesita leyes que los estimulen. Y en eso no hemos evolucionado, me
parece. Aunque puedo estar mal informado.
  

 Si Vargas Llosa te pidiera interpretar en Lima al profesor Aldo
Brunelli de la obra de teatro “El Loco de los Balcones” -que le dedicó-,
¿Lo harías?
                                                                                                                                                                

Mario Vargas Llosa tuvo la gentileza de dedicarme esa obra, que ya se montó en Lima hace unos años dirigida por Alonso Alegría. No creo que el autor me pidiera que la interpretara. Pero si así fuera, lo haría con mucho gusto. Recuerdo con admiración al profesor Bruno Rosselli y aprecio a Vargas Llosa como el que más. 

 ¿Dejarás las telenovelas?…
        Supongo que cuando ya no me llamen para hacerlas. Por el momento,
vivo de actuar en ellas. Dejaría de hacerlas, por dignidad, si perdiera
facultades, antes de empezar a dar pena.
        Lo bueno de la actuación es que hay papeles para todas las edades.
Y lo bueno de los viejos actores es que cada día tienes menos
competencia… 

¿Qué diferencia hay entre  los halagos de una mujer de 35 a los de
una de 60?
        Depende de una y de otra. Por lo general, un halago te gusta venga
de cualquier edad.Y todos tenemos nuestro corazoncito y somos sensibles a
la lisonja.
        Pero los halagos, como los insultos, se toman como de quien vienen.
Y ahí está la diferencia. (El macho que todos llevamos dentro dirá que el
de la de 35 halaga más…las hormonas!) 

 A los 71 años; tu vida en una palabra:
 Inconclusa. 

Y una de yapa, por la necesidad del contexto y porque en la anterior
pregunta pedí solo una palabra… ¿Las entrevisas por Internet, van o no van?
Me encantan. Me parece más preciso y más rápido. Siempre y cuando
respeten escrupulosamente lo que contesto y no pongan en mi boca palabras
que no suelo decir. Que conste que no es una advertencia, ¿ah?

octubre 8th, 2011

Microcuento fotográfico: “Batman nos dejó”

Desde que era chica, mi superhéroe favorito es Batman. ¿Por qué? Porque es un humano que decide ser héroe. Su destino no es una casualidad.

Y es tan cierto que amo a Batman que así me describió el querido José Vera de la editorial Estruendomudo en la solapa de la antología "Matadoras" (2008).

Aquí les pregunto: ¿Quién no ha deseado que sus personajes animados cobren vida, como Pinocho, por ejemplo? Durante mi estadía en México, encontré a los Monsters Inc. pidiendo limosna para luchar contra la piratería cinematográfica.

 

Junto con ellos, en complot contra Pixar y DC Comics, y apoyado por el burro de Shrek versión chicana: Batman pidiendo "donaciones" para renovar las llantas de su Batimóvil. Recordemos, les pido, que Batman es humano...

 

Le digo: Soy peruana. Escribo. Es lo único que hago, no me da mucho para vivir, pero te apoyaré con 10 pesos para enchular tu Batimóvil. Toda la vida te he querido: A Bruno Díaz y a ti. Batman me dijo: Acércate; desplegó sus alas sobre nosotros.

 

Entonces, conmovida, hago algo que jamás una mujer debe hacer: le doy 10 pesos más: se trata de su Batimóvil. Me abraza, acerca su enmascarada cara a la mía. Me dice: Dejaré a Robin por ti. Le digo: No es así como me interesas. Estoy ennoviada. Es el argumento de tu vida lo que valoro. Me dice: Ok, gracias. Y su espléndida ala de murciélago diurno se aleja lentamente de mí. Llama al burro a interrumpir la foto.

 

Hoy, un mes más tarde y en mi propia casa, voló del estante donde estaba -yo creía que feliz y sereno- junto con todas sus películas, hacia la bellísima Shojo. Luego de seducirla con su despliegue de pavo real, le dijo con la misma voz grave de Christian Bale: Yo te cuido, Shojo, mi filosofía es oriental. Lo haremos todo lentamente de ahora en adelante, con prudencia. Shojo tomó su mano y no la soltó, como consta en esta imagen. Siempre había buscado protección.

 

¡Y llegó el inevitable melodrama; el peor guion animado de todos! Muchos de mis muñecos, leales entre sí como yo a Batman, comenzaron a pelearse: no por solidaridad conmigo, según me dijeron, sino porque Batman es a Robin como Robin es a Batman, axioma con el que concuerdo plenamente. Mientras esto ocurría, una reportera japonesa, amiga de Shojo, grababa el desmadre y hacía una importante llamada. ¿A un diario amarillista? ¿A Spiderman? ¿A Gatúbela?

 

¡Traición! La reportera convocó al más siniestro de los antihéroes, conocido en el bajo mundo del cómic como: Vengador Al-Lado, quien degolló y mostró la cabeza de Shojo, ante la indiferencia de miles de transeúntes y del mismísimo Guasón. Él, humillado y en bancarrota, porque con Batman deprimido e incapaz de vengarse de una adolescente en minifalda, se queda sin secuelas ni precuelas, solo atinó a subirse a una banca y comenzar a pedir limosna.

 

Ahora te hablo a ti: No, Batman, no. Jamás te perdonaré solo porque supiste que te "desnudaría" en este blog y tú volaste a mi computadora hablándome de tu reputación, de tu nueva película y de cuánto les había costado contar con Anne Hathaway... Robin es mi amigo y aunque te parezca que se trama algo con Buzz Lightyear, eso no significa nada. Tienes que aprender algo de las relaciones; tú, que sostenías una tan larga y rica en onomatopeyas como Kapow, Boff, Zap, Bam: eres humano, pero es de héroes ser fiel a uno mismo. Y no es moralina, eh, ni final feliz. La vida es una suma de las decisiones que tomamos a destiempo.

¡Pum! Fin de la microficción sobre Batman dedicada a todos los que amamos este cómic. Algunas fotos las tomé con mi celular y otras con una Nikon. Un batiabrazo.

octubre 4th, 2011

Con un cuento en España y otro en México

Periplo y Hermano Cerdo se encuentran en Facebook y Twitter.

Les comparto con mucho agradecimiento y alegría (alegría que me ayuda a superar el postoperatorio, la verdad) que esta semana me han publicado dos cuentos en revistas digitales que me gustan mucho y a las que sigo desde hace tiempo. Más allá de mis relatos, encontrarán otros cuentos, notas, ensayos y poemas en las dos publicaciones que -les aseguro- los motivarán a seguir leyendo estas revistas por su calidad en fondo y forma. 

En cuanto a mis relatos, pertenecen a mi reciente libro: ALGO SE NOS HA ESCAPADO.

  • “El nombre de la isla es perfecto”, en la revista Periplo, de España, para el número: Geopoéticas, espacios del sentido.

El nombre de la isla es perfecto (extracto)

            Elegimos la isla porque apenas aparece en los folletos publicitarios y porque estaríamos muy lejos de aquellos con quienes no queríamos encontrarnos: los turistas.

Álvaro y yo preferimos escribir antes que hablar, incluso entre nosotros mismos. Intercambiamos notas, como dos sordomudos que se resisten a dominar el lenguaje de señas.

            Viajamos en un Antonov que había superado dos aterrizajes forzosos, según nos contó el piloto al darnos la bienvenida. Álvaro garabateó en la fotocopia de las instrucciones de seguridad del avión que después de volar en esta “cosa”, no debíamos tenerle miedo a nada. Le dije que no podíamos adelantarnos a hacer un retrato despiadado de la isla.

            La arena de tan blanca cegaba. Nos arrancamos las zapatillas, la ropa, y corrimos unos cien metros hasta llegar al agua. Nadamos desnudos con total libertad en esta inabarcable tina de agua tibia; asumimos que los demás pasajeros del avión se habían dispersado a sus anchas. Ya sentíamos nostalgia de esta visión primera. Mientras nadaba recordé que los animales que migran no se atreven a cruzar el río si no consiguen ver la otra orilla, deben ser guiados por un líder, en cambio nosotros, los humanos, buscamos la vastedad… Ese otro lado de la orilla, ni siquiera somos capaces de imaginarlo.

Pueden seguir leyéndolo aquí:

http://www.revistaperiplo.com/index.html

  • Y “Algo se perdió”, en Hermano Cerdo, de México.

Algo se perdió (extracto)

          Como saben, las dos están mal de la columna.

 Usted, señora, tiene dos hernias que no podemos operar. Tú tienes una escoliosis que no quiero operar. Tendrán que hacer natación. Si en dos meses no mejoran me temo que habrá que pensar en un corsé. Sería una lástima.

Imaginé a la traumatóloga golpeando su escritorio con el mismo martillo del juez al dictar sentencia.

           ¿Conoce algún lugar donde podamos ir?

            El colegio La Reparación tiene la mejor piscina. Es barata. Es limpia. Y queda cerca de la clínica. Solo estilo libre. Nada de hacer pecho, espalda, mariposa, solo libre, ¿entendido?

            ¿Vamos a repararnos a La Reparación?, me pregunta mamá. ¿Vamos?

            Averiguo y te aviso. Estoy enojada. Siempre me quejé de la espalda cuando era chica, pero nunca me llevó al traumatólogo; creía que era para llamar la atención. Qué curvas, hijita, qué lindo. No mamá, era escoliosis. No quiero acabar como ella, rompible, quejosa. Sus vértebras son como los anillos de un árbol. Arrastran pasado, fracasos, edad.

Pueden seguir leyéndolo aquí:

http://hermanocerdo.com/2011/10/algo-se-perdio/

septiembre 12th, 2011

Con un cuento en la antología española: Mi madre es un pez

La portada es de: Alfonso Rodríguez Barrera y David Cauquil

Estoy muy contenta de publicar un segundo cuento en España (el primero fue el microcuento “En los cementerios”, finalista el año pasado de un concurso del Museo de la Palabra). Participo con un relato inédito titulado “Versiones” que escribí especialmente para este libro: una historia madre-hija y los derechos morales sobre la herencia del padre.

Por si están en España, podrán encontrar en sus librerías “Mi madre es un pez”, editada por Libros del Silencio y dedicada al “drama y a la familia”, como lo sustentan en su prólogo los editores y escritores: Sergi Bellver y Juan Soto Ivars (a quienes agradezco por confiar en mí, una primeriza frente a la mayoría de los otros autores de la antología).  Ojalá alguna distribuidora consiga traer el libro al Perú.

En la web de Libros del Silencio se lee lo siguiente:

“Reunimos los relatos acerca de la familia de 33 de los autores más destacados en lengua española, como Eduardo Mendoza, Rodrigo Fresán, Ricardo Menéndez Salmón, Alberto Olmos, Javier Calvo, Mercedes Cebrián o Jordi Soler.

«Mi madre es un pez», decía Vardaman en una de las escenas culminantes de Mientras agonizo, novela en la que Faulkner llevaba al extremo las relaciones familiares. Ese tema preeminente en la literatura universal sirve de nexo para esta antología de cuentos con la que pretendemos hacer un retrato de familia del buen momento que vive la narrativa breve. En ella participan escritores de reconocido prestigio, las mejores firmas emergentes y algunas jóvenes promesas que conformarán dentro de unos años el panorama literario en español. En total, más de treinta autores que hacen de esta una antología anfibia y eléctrica, con el cableado dispuesto para conducir la luz del Drama pero que amenaza al lector con un cortocircuito porque puede conectar la experiencia de la lectura con sus propios recuerdos, sombras y proyecciones”.

Los autores de la madre pez son:
Katya Adaui · Manuel Astur · Javier Avilés · Jon Bilbao · Javier Calvo · Matías Candeira · Fernando Cañero · Celso Castro · Mercedes Cebrián · Paula Cifuentes · Fernando Clemot · Aixa de la Cruz · Mariana Enriquez · Alfonso Fernández Burgos · Rodrigo Fresán · Esther García Llovet · Óscar Gual · Manuel Jabois · Andrea Jeftanovic · Paula Lapido · Sergio Lifante · Berta Marsé · Eduardo Mendoza · Ricardo Menéndez Salmón · Javier Moreno · Alberto Olmos · Antonio Ortuño · Camilo de Ory · Carlo Padial · Gabriel Sofer · Jordi Soler · Juan Terranova · David Ventura

[Reseñas]: Heraldo de Aragón · Paula Arenas (20 Minutos)

Descargar prólogo de Sergi Bellver y Juan Soto Ivars

 Comparto con ustedes el índice:

Prólogo, por Sergi Bellver y Juan Soto Ivars . . . . . . . . 5

I. Mortal y rosa

La sustitución de los cuerpos, por Rodrigo Fresán . . . . . . 15

Todos mis hijos, por Alberto Olmos . . . . . . . . . . . . . . . . 35

El ejército de los muertos, por Antonio Ortuño . . . . . . . 43

Mamá, por Manuel Jabois . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 51

Las paranoias americanas, por Carlo Padial . . . . . . . . . . . 59

Amar al padre, por Paula Cifuentes . . . . . . . . . . . . . . . . . 67

La posesión, por Jordi Soler . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 73

La necesidad de ser hijo, por Andrea Jeftanovic . . . . . . . 77

Versiones, por Katya Adaui . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 87

Soy el hijo de Sue, por Juan Terranova . . . . . . . . . . . . . . . 95

II. La metamorfosis

Alas de murciélago, por Javier Calvo . . . . . . . . . . . . . . . . 109

True Milk, por Aixa de la Cruz . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 127

Purgatorio, por Matías Candeira . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 137

Piel de escamas, por Paula Lapido . . . . . . . . . . . . . . . . . . 155

La niña es normal, por Fernando Cañero . . . . . . . . . . . . 163

Las fuentes del Nilo, por Alfonso Fernández Burgos . . 171

índice

Parafamilia, por Javier Avilés . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 179

Neverland, por David Ventura . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 191

Chuchos, por Óscar Gual . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 197

Tokio Pigmalión, por Sergio Lifante . . . . . . . . . . . . . . . . 209

Cum dederit, por Javier Moreno . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 225

III. La geometría del amor

Trayectoria de impacto,

por Ricardo Menéndez Salmón . . . . . . . . . . . . . . . . 237

Prueba de amor, por Jon Bilbao . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 241

Omnívoros, por Mercedes Cebrián . . . . . . . . . . . . . . . . . 247

Cómo hacer amigos e influir en la gente,

por Esther García Llovet . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 257

Perros, por Manuel Astur . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 281

La Hostería, por Mariana Enriquez . . . . . . . . . . . . . . . . 289

la situación, por celso castro . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 301

Retrato de familia, por Camilo de Ory . . . . . . . . . . . . . . . 309

Las pestañas de mi prima, por Berta Marsé . . . . . . . . . . . 321

Canela, por Fernando Clemot . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 325

La bendición, por Gabriel Sofer . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 335

A modo de epílogo

Escenas y retratos familiares con Barcelona al fondo,

por Eduardo Mendoza . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 345

Libro de familia . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 369

septiembre 7th, 2011

Infancia como chicles disecados

Durante la primera infancia me prohibieron masticar chicle ante amenazas de gusaneras; caries en los dientes de leche. Ajena a toda salubridad y feliz por mi estrategia, recogía, despegaba los chicles de otros y, después de lavarlos con impaciencia, me los comía. En mi obsesión oral, los encontraba en todas partes: pegados a la arena en la playa, debajo de las carpetas del nido, contra los postes de alumbrado público. ¡Cómo se masticaba chicle en Lima, pese a la escasez de sabores! Los escogía por su color desteñido (a esa edad se desconoce que -indefectiblemente- todo chicle se desgasta hacia un azul tristísimo). Aquí, en el D.F, es costumbre pegar los chicles masticados en un árbol de Coyoacán y en un techo de La Condesa. Está prohibido pero se sigue haciendo. A mí no me dio asco el árbol. A él hubiera vivido abrazada, defendiéndolo. / Foto: K. Adaui

 

Y al pegar mi chicle (recién comenzaba a hormiguear la canela...) en la rama de este árbol de Coyoacán, comprendí que TODAVÍA NO CREZCO. En mayúsculas, para que la vergüenza de añorar una infancia no muy feliz y de contaminar un árbol sea mayor. / Foto: K. Adaui

 

junio 14th, 2011

Crítica de “Algo se nos ha escapado” en ¡Basta de Carátulas!

Iván Thays ha reestrenado hace pocas semanas un blog de crítica literaria que escribe en paralelo a su Moleskine Literario. Hace unos días, públicó una extensa crítica sobre mi segundo libro de cuentos. Me ha retado, entre otras muchas cosas, a escribir una novela; cree que mi vocación por lo fragmentado puede ayudarme a crear algo de más largo aliento. Y también, a medir el ingenio. Es cierto que es mi profesor de literatura desde hace más de cinco años y que, al mismo tiempo, es un amigo muy querido. ¿Puede un amigo criticar al otro, pese al cariño, a la admiración? Yo creo que sí. Al leer su crítica, como se darán cuenta, Iván ha intentado escaparse de la subjetividad de la amistad, ha marcado una distancia respecto de nuestros intereses y estilos; ha rechazado algunos de los míos. Por eso la comparto, mientras acepto sus retos y agradezco su honestidad.

Iván, he comenzado una novela.

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Katya Adaui
Algo se nos ha escapado
Borrador, Lima. 2011

Confieso que no soy muy fan de los aforismos, los relatos y menos aun los microcuentos. Desde luego, eso no me ha impedido disfrutar de autores como Gesualdo Bufalino, Juan José Arreola o algunos cuentos brevísimos de Augusto Monterroso. Pero siempre he considerado que esos textos se prestan más para el ingenio que para la profundidad; incluso el talento de Oscar Wilde parece haberse vendido al ingenio y solo algunos autores, en contadas ocasiones (pienso en Groucho Marx) me convencen que puede alguien ser ingenioso y profundo en la misma línea. Katya Adaui transita voluntariamente en el terreno del ingenio, tanto en el aforismo como en el microcuento, y lo hace con buena intención, con tino y desde luego, con habilidad. Pero no es suficiente para mí. Hay una expectativa frustrada detrás de ese talento innegable. Una expectativa que se completa solo cuando leemos los cuentos más extensos. 

Porque su libro de relatos Algo se nos ha escapado es un libro desigual, no solo por la naturaleza de los textos (que van del aforismo al cuento) sino por la disparidad de temas, contenidos y estilo de los relatos. El elemento unificador es la fragmentación. El primer título de la colección que ha editado Borrador era La vida vista por la vida. Un título críptico, menos preciso que Algo se nos ha escapado, pero quizá más sincero con lo que ofrece el libro. ¿Cómo sería vista la vida por la vida misma? Sin duda no como una sucesión cronológica de hechos, ni tampoco una serie de momentos extraordinarios o cráteres, sino como fragmentos deshilvanados, ráfagas de lucidez, historias que parecen no tener mayor importancia, alguno que otro dato o frase pescada al vuelo, y de vez en cuando una escena mayor, un conflicto que parece resumir o reinstalar (nunca organizar) dentro de la vida todos esos fragmentos.

Katya Adaui no ha dejado nada en el tintero. Las historias sobre su familia son las principales, sin duda. Madre, padre, hermanos y amigos ocupan un lugar de privilegio. Pero luego están los perros y también los niños (niños ingeniosos, niños ajenos) y un largo abalorio de objetos, temas y situaciones que pueden llegar a confundir a quien lee el libro como una sucesión de hechos, uno tras otro, en búsqueda de un orden. No existe tal orden. Katya Adaui arma su libro con las astillas de algo sólido que ha estallado –sin duda se trata de la vida misma- y se ha fragmentado; un objeto que ella no intenta reconstruirlo, sino censarlo.

Ese talento para la frase ingeniosa, para el boceto con unas cuantas palabras, ya lo había mostrado Katya Adaui en su primer libro Un accidente llamado familia. Sin embargo, en esta ocasión va más lejos. Algunos textos ocupan solo una línea. Y en cuanto al tema, se interna en el núcleo familiar no de manera accidental sino cierta e inteligente. Es entonces que el libro se vuelve indispensable, y no solo encantador o elocuente. Y es que los relatos dedicados a sus padres son piezas maestras del género. Hay un bello retrato sobre las cenizas del padre recién fallecido, por ejemplo, cuya sensibilidad lo hace entrañable. Pero es el cuento de su padre y el mar el que tiene una cuota de densidad insospechada. Debemos compararlo con el primer cuento, aquel dedicado a su madre, otro relato extraordinario, para anotar las resonancias. En ambos se trata de relaciones con miembros familiares y en ambos el agua es el elemento común. Con su padre, el mar y la playa. Con la madre, una piscina. La relación con el padre fluye, es una relación constructiva, de pares, de almas sintonizadas. Es como la vida misma, está en tránsito pero en su paso deja un aprendizaje. Por ello, el mar es el escenario privilegiado. El mar que se aleja y regresa, que es infinito, un reflejo del cielo, un recordatorio de la vida que continúa pero siempre es la misma.

Mientras exista el mar su padre no ha muerto.

La reconciliación con la madre, en cambio, es dolorosa y parece imposible. Sucede en una piscina, es decir, agua estancada, de difícil acceso, donde hay que dar brazadas fuertes para avanzar. Es una insistencia, una lucha limitada por los bordes de la piscina (y no por el infinito mar). Mientras madre e hija, unidas por un problema en la columna, nadan y discuten en la piscina sentimos asfixia, estamos encerrados con ellas, es una relación claustrofóbica, circular, sin solución. A través de elementos acuáticos, Katya Adaui ha sabido simbolizar dos tipos de relaciones familiares con la destreza de un maestro del género. No se trata de cuentos lineales, al contrario, el pasado aparece constantemente y la historia se cuenta fragmentada, como todo el libro. Eso es otro hallazgo Algo se nos ha escapado: la posibilidad de contar una historia a través de fragmentos que remiten –como incide el título- a aquello que recuperamos y al mismo tiempo a aquello que se nos ha escapado. Vida y muerte, dos caras de la misma moneda, lo que se nos escapa siempre.

Katya Adaui ha dicho varias veces que ella no se siente capacitada para la novela. Discrepo. Veo en esos dos cuentos, y en varios más del conjunto, una gran capacidad de observación y de elaboración simbólica del mundo. Esa complejidad beneficiaría mucho a una novela narrada no linealmente sino en fragmentos.  Tiene además un monotema, como son las relaciones familiares, y que no parece poder resolverse fácilmente en los relatos. Al fin, la vida se parece, mucho más, a una novela que a un libro de cuentos, eso es un hecho. La vida está llena de ripio. Los libros de cuento se lastran con el ripio, incluso cuando son ingeniosos como en Algo se nos ha escapado. En las novelas, en cambio, lo que llamamos “ripio” puede ser esa imperfección que le da su naturaleza vital y cierta, no precisa sino azarosa y siempre sorpresiva. Aquello que no termina de convencerme en el libro de cuentos de Katya, es lo mismo que podría hacer que una probable novela sea un éxito rotundo. Pero no especulemos más. Tal como está, este libro tiene textos que señalan la presencia de una de las voces más singulares de la narrativa latinoamericana. Y eso es lo que debemos subrayar ahora mismo para seguir alimentando el deseo de que esa voz crezca y se desarrolle –en cuento o novela- sin perder la sensibilidad, la profundidad y tampoco, desde luego, y ya que estamos en ello, el ingenio.

http://bastadecaratulas1.tumblr.com/post/6376477661/la-familia-como-accidente

junio 8th, 2011

Morir así

Foto: K. Adaui

Qué estúpido morir así.

Marisol dijo esto por la tarde, mientras broméabamos sobre Diana, quien abría la enorme ventana de nuestro piso: nos golpeó el aire vivo; la oficina apestaba a comida recalentada.

Caerse por la ventana.

¿Tú también sentiste alguna vez al diablillo? Marieli y sus ojos azules me confrontan.

Sí.

El vértigo.

No hay mayor celebración a la vida que observarla.

Nadie, jamás, nunca, debería caerse de una ventana.

Me pregunto si en los edificios nuevos los balcones son cada vez más bajos o si ya no hay breves rejas que nos salven de nuestro propio descuido. De nuestra curiosidad.

El gato de Patricia se cayó de un piso ocho. Quince días permaneció escondido en el jardín del vecino.

El hombre que se lanzó del Golden Gate: “Apenas lo hice sentí un arrepentimiento tan intenso como antes fue mi voluntad de morir”. Mejoró su posición en el aire: pegó sus manos al cuerpo, apuntó al mar con sus botas.  

Y se avientan a la hora en que muere el sol.

Entrégate a tus deseos, eso dice Gaby.

Agua como cemento.

junio 8th, 2011

“La vida es una telenovela brasilera. Mi madre insiste en que sea mexicana”.

En mi primer recuerdo estoy llorando porque me incomoda el pañal. Alguien me carga a la sala; mis papás duermen juntos en el sofá. Sigo llorando porque no quiero que los despierten.

Corazón fue el primer libro que me estremeció. Tenía nueve años. Mamá escondía ciertos libros adultos bajo llave. Yo siempre encontraba esa llave. A los trece años leí Matar un ruiseñor. A esa edad deseé escribir. Leo mucho mientras escribo. Más leo, menos sé.

La amistad es un amor donde las segundas oportunidades existen. Me he rodeado de una familia de amigos que me ha salvado la vida infinitas veces.

Todos los años pedía que me regalaran una bicicleta. No me la daban porque creyeron que me aburriría. Tuve una propia recién a los diecisiete años y hasta hoy monto casi a diario. Los deseos profundos tienen la persistencia de la novedad. Me gusta fotografiar desde mi bicicleta en movimiento. Nunca sé cuál será el resultado. No me gustan los gimnasios. La observación de lo cotidiano es más fácil al aire libre.

Nadar, seguir el ritmo del agua. Mi abuela paterna murió ahogada en el mar; no la conocí. Papá me retaba a nadar con él en la zona más honda. Algunas veces debieron rescatarnos. Ahora yo lidero su venganza.

El pasado no te determina, pero sí a tus personajes. Por supuesto que escribir es hacer terapia. Es objetivar. No puedes mentir ni mentirte. Pero escribir es sobre todo: Descubrir.

El paladar, cuya sabiduría proviene de la práctica diaria, aprende a distinguir cuando una comida es una promulgación.

La vida es una telenovela brasilera. Mi madre insiste en que sea mexicana. Cuando se escribe uno es todo lo que ha leído, todo lo que ha amado, todo lo que ha abandonado. Escribía cuentos sobre la muerte del padre cuando papá murió.

Dos veces he estado en clases de manejo. Solo sé montar bicicleta. Todo bien con eso, excepto porque no puedo llevar a nadie.

Ser breve al escribir es enfatizar. Creo que, en el caso de las palabras, funcionalidad y estética van de la mano. Son el artefacto más preciso. Llevo un registro de frases, conversaciones, imágenes. Lo rescato cuando comienzo un cuento. Y confío en mi memoria. Escribir es mi espacio feliz, donde me hago fuerte.

Creo en el buen humor.Hay que ser muy imbécil para resistirse a una sonrisa.

No tengo miedo a morir, sino a que mueran las personas que amo. No importa qué edad tengas, nunca estás listo para la orfandad.

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Respuestas a una “no entrevista” que me realizó Dedo Medio para su edición de mayo a raíz de la publicación de ALGO SE NOS HA ESCAPADO.

junio 3rd, 2011

Presentir las vacaciones (desde un sexto piso)

Valeria en Mar Azul. Foto: K. Adaui

Mi mano derecha se ha debilitado tanto por escribir que ya ni siquiera soporta el peso de una pulsera. Pero no puedo evitar hacerlo. Y ella obedece, aún haciéndose daño, mi vocación.

Ojalá yo tuviera su fe.

¡Qué alegre me pone el sol!, dijo Eduardo esta tarde en la oficina. Bajé las persianas para no acostumbrarme a observar lo que no alcanzo a tener. Cuando me ascendieron a jefa, me instalaron al costado de la ventana. Acceder a una vista es lo que todos “los ejecutivos” deseamos, aunque en la ciudad la vista se reduzca a los techos de los edificios adentrándose en su horizonte gris. Estar rodeados de paredes es claustrofóbico para la creatividad. Y más si son alfombradas, porque parecen la continuación del piso. Vaya locura. ¿Quién necesita mejorar la acústica en una oficina?

Soy redactora creativa en una empresa que comercializa productos de belleza. Supongo que esto no es contradictorio con lo que amo. Al menos escribo ocho horas seguidas o más. Lo hago con la misma seriedad y compromiso que, más tarde y ya en casa, me demando para ficcionar. Escribir sobre la belleza es difícil, sobre todo cuando muchos no la encuentran en ninguna parte y, por lo tanto, tampoco en sí mismos. Agradezco poder escribir con música, pese a que soy interrumpida todo el tiempo. Las personas con las que trabajo son capaces y amables y divertidas. Las considero amigas, las aconsejo y me dejo aconsejar por ellas. Tenemos nuestra propia dinámica de manada: nos lanzamos ovejas de juguete para relajarnos entre los interminables pendientes.

Ya estamos siete años juntos y nuestro cotidiano se ha vuelto tan casero como encantador y predecible. La única diferencia: las elecciones de este domingo: han sacado lo peor de nosotros. Intolerancia, desconocimiento, arrogancia. Ahora escucho las opiniones con los oídos cerrados. Y lanzo ovejas por doquier.

Pronto saldré de vacaciones y, aunque en el avión pida pasillo y no ventana, tendré paz. Necesito revisitar a mi familia de amigos, sobre todo a Valeria. Necesito revisar con ella los objetivos que nos trazamos a principios de año cuando acampamos juntas, por primera vez, frente al mar de Buenos Aires, y comprobar si hemos retrocedido o avanzado. Necesito decirle que su inteligencia me hace evolucionar y que atreverse a escribir es el mejor regalo que se ha hecho. Necesito bañarme en el río turbio y frío de El Tigre, necesito abrir libros que a Lima nunca llegarán, necesito escuchar teatro, necesito llorar a mi padre y reconstruirlo en mi memoria de la infancia, necesito llorar a mi madre porque su vida nunca coincide con la mía, necesito decirle a Gaby que estas nuevas lecturas me conmueven, necesito entregarle chocotejas a Mariana, necesito darle a Candela una nueva almohada que acompañe sus llantos adolescentes y que le permita desaferrarse de aquella del oso Pooh que alegró sus primeros años, necesito cargar a las hijas de Ana Paula y de Silvina, necesito acariciar al feísimo perro de Mariela, necesito detestar a Darío, necesito que Lorena me apabulle sobre la atención que debería prestarle a mi salud, a mi columna; necesito decirle a Facundo que cuando prepara un asado me siento agradecida de que sepa que la carne solo precisa de sal. Necesito cocinar para todos ellos. 

Quizás resistir un beso y dejarme besar. Mentir odiando mentir: no, no lo estaba deseando.

junio 1st, 2011

El verano pasado vi una sombrilla volar en la playa.

"Paraguas rojo" por Thais Kouri.

El verano pasado vi una sombrilla volar en la playa.

Desde el momento en que se desprendió de la arena que la contenía.

Cruzó sobre las toallas de los bañistas sin pedir permiso.

Tan libre y alocada. Inocente del revuelo. Una quinceañera en su primer beso en una fiesta. Beso del que no hay marcha atrás.

El dueño de la sombrilla partió retrasado en la carrera. No escuchó el disparo; las risas fugaces.

Todos sabíamos lo que él no: Jamás la atraparía.

Lamenté no haber tomado una foto del vuelo de la sombrilla.

La vida de lo inanimado.

Thais es una chica que lleva por nombre el apellido de un amigo.

Encontré esta foto que ella tomó en una campiña.

La tituló “paraguas rojo”, porque eso es: un paraguas rojo.

Es conmoción.

Thais, sin conocerme y sin yo conocerla, me la regaló; solo me atrevo a tomarla prestada.

La belleza es una idea ajena.

Un desprendimiento.

¿Iba Thais en un tren cuando la tomó? Me pregunto si ella misma lanzó el paraguas para ver qué rumbo seguiría, aún sabiendo que podría perder este objeto único.  O si la sorprendió. O si es la única testigo. O si lo comparó con una cabeza recién arrancada.

No sé en qué contexto ocurrió todo.

Cada vida con su misterio.

Lo que me fascina es la intención del paraguas.

Su vuelo curioso, al que nadie puede aproximarse.

Su resistencia.

mayo 29th, 2011

Diario de una semana

¿Sabrá Mara cuán calmo es nuestro cotidiano?

Escuchado en clase: “Un escritor escribe con el fin concreto de ser expresivo, de ordenar el caos. De CONMOVER”. Anoto esto, porque aspiro a eso.

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Una persona es una memoria. Dos personas son una marcha.

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Uso un lapicero azul que tiene un borrador en la tapa; la falsa idea de un lápiz. Si no borras en 24 horas, la tinta se vuelve indeleble. Este lapicero es tortura/alivio. Te da facilidades para arrepentirte o deja para siempre lo que has escrito. Te permite la duda. Si dudas, no haces. Asegurarte de escribir lo correcto, obedecer tu impulso primario. La fluidez de la inconsciencia.

La libreta, para no olvidar, para recoger, para hacer a mano. Me temo que mi letra ya es Arial 12.

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Un reto: volar en parapente.

“Se siente igual a cuando vuelas en tus sueños”, me dice Diego.

Nunca sueño que vuelo, pero no se lo digo.

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Recuerdo recuperado:

Con hermana y madre en la casa de playa de la tía. Vamos a dormir juntas en la cama enorme. La única. Un hombre nos observa desnudarnos del otro lado de la ventana. Yo lo descubro y grito. En vez de perseguirlo, nos atrincheramos. Más tarde, bajamos a la cocina, donde madre tomó el cuchillo para filetear pescado. Madre durmió con el cuchillo debajo de su almohada. Más miedo de ella que del espía.

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De chica pasaba las tardes de vuelta del colegio obsevando los autos que pasaban delante de casa. Nuestra calle era silenciosa, las veredas con lluvia de cucardas. Un perfume querido. Anotaba las placas de los autos. Las iniciales. Armaba juegos de números y palabras. Un placer solitario. Ejercitar la observación no fue tarea inútil. Veintinueve años más tarde escribo al respecto. La memoria insurrecta de la infancia.

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Atalaya es el lugar con las mejores medialunas de Buenos Aires. Un paradero en la carretera. Colas de autos, colas de personas. Colectividad unánime. “Si son tan buenas es por el agua”, me explican. Atalaya está a medio camino entre la ciudad y la playa.

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Conversación telefónica:

La voz del amante cambia al escuchar la voz del amado. Se enronquece de manera muy sensual.

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Ruido. Intento descifrarlo:

Es una toalla que se desliza dentro de la bañera.

No le temo al ruido, sino al ruido desconocido.

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Al espejo, la única belleza, estar viva.

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Cuando la perdí, lloré por mi juventud.

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Tomo fotos a niños desconocidos para la revista de un parque de diversiones. Vergüenza de retratar sus risas interiores.

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Una familia. Una tumba abierta.

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Qué vanos los edificios a cuyas azoteas no se puede acceder. En el último piso se presiente el mar, la sal del verano. Me conformo con una habitación en la azotea. Ese privilegio.

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Domingo de debate. Lunes de duelo.

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He comprando una estatuilla: un niño volando una cometa. Sus pies: cemento.

mayo 16th, 2011

Impuesto a la herencia

Foto: K. Adaui

La herencia, la entrega de lo que está muerto, ya se impone lo suficiente como para que pretendan convertirla en un impuesto feroz, proselitista.

Yo dejo como herencia:

-Mi bicicleta a Álex

-Mis muñecos de papel maché a Brenda

-Mis libros a Valeria

-Mis monedas y estampillas: a Mauro

-Mis plantas a Lorena

-Mis muebles reciclados a mi hermana

-Mi televisor a Álvaro

-Mis cámaras de fotos a Hugo

-Mis libros de cocina a Diego

-Mi ropa y mis zapatos a Karla

Y, con suerte, si busco bastante, a cada amigo le tocará algo o pueden pasar por casa e ir eligiendo con apetito. Llévense lo que me pertenece, libérenme. Yo no les cobraré nada.

mayo 15th, 2011

Sostener

Foto: K. Adaui

Por impaciente no espera a que lo ayuden; él carga solo el baúl. Es pesado aunque adentro no guarde más que un aroma; lo carga cómo está, con todos los adornos que se lucen encima de la tapa, y tarde se da cuenta de lo obvio: de la imposibilidad de sostener el baúl y de colocar la nueva alfombra al mismo tiempo. Deja caer el baúl, porque sus brazos no resisten más. Los objetos amados se estrellan primero y él se dice: los he matado; cuando el baúl cae encima de ellos y se destrozan, piensa que los remató.

abril 25th, 2011

11 de mayo: Los invito al lanzamiento de mi 2do libro de cuentos: Algo se nos ha escapado

Durante un año escribí durante las madrugadas. Apenas volvía del trabajo, encendía la computadora y comenzaba de nuevo. Historias inspiradas en anotaciones en mi libreta o que nacieron de frases sueltas en la mesa de al lado o sensaciones a partir de fotografías o recuerdos de la infancia o de la adultez de otros o que me golpearon mientras montaba bicicleta. A todos estos cuentos los iba llamando libro. Me entusiasmó tener un nuevo proyecto al cual entregarme sin distracciones y con absoluta honestidad. Porque uno va formándose de todos los libros que ha leído, de los impactos de las primeras veces, de sus propios temores, pulsiones, caídas, deseos, de sus amores y de sus miedos. Esta vez  mis personajes, si puedo decirlo, han perdido la inocencia y se atreven. Tienen voz y tienen grito. El libro estuvo listo el año pasado. El primero en leerlo, entonces con otro título, fue mi padre. Me dijo: “Me gusta más que tu primer libro, pero no comprendo ciertos finales” (le dije que opinaba igual que él, pero que no era mi culpa; los personajes siempre deciden sus propios finales; su terquedad supera a la mía). Él enfermó y murió mientras editaba el libro, por lo que tuve que postergar este trabajo y la presentación hasta sentirme lista para dedicárselo. Y quiero invitarlos a ustedes, queridos lectores de este blog, a compartir conmigo este momento. La presentación de ALGO SE NOS HA ESCAPADO será el miércoles 11 de mayo a las 7 y 30 de la noche en el restaurante Pescados Capitales (av. La Mar 1337, Miraflores). Los presentadores serán: Iván Thays, Carlos Calderón Fajardo, y Pedro Villa por Borrador, la editorial a cargo del libro. El ingreso es libre; pueden asistir con cuantas personas deseen para después brindar con buen vino peruano, gracias al auspicio de Tabernero.

Comparto con ustedes la portada del libro que diseñó la artista Claudia Noriega. Estará a la venta el día de la presentación y luego en todas las librerías de Lima y algunas de provincias:

abril 19th, 2011

Conversatorio: El cuento peruano en España

Edmundo Paz Soldán, al presentar su novela NORTE en el nuevo local de Íbero en Conquistadores, dijo que lo había sorprendido que en vez de que se cierren librerías en Lima, como está sucediendo en Estados Unidos, se inauguren nuevas. Y es en este flamante local de Íbero (ubicado en la ex librería del Fondo de Cultura Económica, ahora mudada a otro espacio en Miraflores) donde mañana se reunirán tres escritores a contarnos sobre la experiencia de publicar y la situación actual del cuento peruano en España.

Los libros de Iwasaki, AJUAR FUNERARIO, HELARTE DE AMAR; ESPAÑA, APARTA DE MÍ ESTOS PREMIOS, publicados por Páginas de Espuma en España han tenido un recibimiento fabuloso en el público español. Él compartirá este conversatorio con Jorge E. Benavides, quien ha publicado en España: EL AÑO QUE ROMPÍ CONTIGO, LA NOCHE DE MORGANA, UN MILLÓN DE SOLES, entre otros textos, y Francisco Ángeles, autor de LA LÍNEA EN MEDIO DEL CIELO.

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