no te intimida

Un fragmento de LA PRIMARIA, libro juvenil de María José Caro León-Velarde

Publicado: 2014-07-01


Yo no creo en la literatura femenina o la literatura de mujeres. Me parece una tontería. Literatura es literatura. Punto. Pero cuando me entero de que otra peruana escribe, me alegro muchísimo (somos tan pocas; no todas persisten). Como todo acto de fe, escribir exige continuidad, vocación y sudor. Aunque no nos conocemos en persona, María José me mandó un mail. Ha prometido persistir escribiendo. Ojalá. Y sé que, con la experiencia que gane en el tiempo, cada vez lo hará mejor. Les sugiero leer LA PRIMARIA, su primera novela juvenil, con imágenes, ritmo y un lenguaje que emocionan. Un libro que sigue a la venta en nuestras librerías.

Ella comparte con nosotros un extracto titulado Cuando se acaben las migajas... 

Poco a poco, los pájaros aterrizan junto a las migas de pan dispersas en el jardín. Minutos antes Sebastián ha lanzado trozos de ciabattas al aire y luego se ha dedicado a comer postre con las zapatillas sobre el sofá. Hay cuculíes, petirrojos y un par de loros amarillos; los distingo desde detrás de la mampara. Llegan desde todas las direcciones y los más pequeños tragan el alimento con el pico apuntando al cielo. Entonces, una voz rasposa me devuelve a la mesa del comedor. Es uno de mis tíos, botando humo de cigarro por la nariz. Quiere saber qué pasará conmigo al volver definitivamente a Lima. ¿Dónde se encuentra la rentabilidad de estudiar un postgrado en Literatura? Le digo que por el momento la beca cubre mis gastos y eso es suficiente. Sorbe un trago de whisky y pide un bolígrafo. Expone, mediante cálculos matemáticos dibujados en una servilleta, cómo el dinero de la beca equivale a lo que recibiría trabajando como cajera dentro de un banco. Lo mismo que cualquier egresada de instituto. Sus ojos centellean por el alcohol, el vaso que sujeta entre los dedos gotea sobre el mantel.

—Cuéntanos, ¿hay algún pretendiente español por ahí? ¿Un madrileño, quizá un andaluz? —pregunta mi abuela a manera de salvavidas.

Mis ojos están pegados sobre la fuente de crema volteada. Concentrados en un pedazo diminuto del postre que se desliza por las paredes del contenedor, hasta alcanzar la capa oscura de miel adherida en el fondo.

—Nada. Solo amigos —respondo.

Sin embargo, recuerdo a Joaquín, aquel murciano de ojos azules y barba pelirroja que me besó en un bar de música funky y, varias cervezas después, me llevó del brazo hasta una exposición fotográfica sobre las dictaduras en América Latina. Decía que yo era un fruto exótico surgido de un país insólito. De aquel lugar donde las campesinas practicaban cachascán y fútbol junto a los matorrales. Explicaba, presionándome las manos, que mi rostro y mi acento eran contradictorios pero no excluyentes; y que aquello lo volvía loco. Recuerdo su voz gangosa, sus ojos de delfín. Joaquín era el arquetipo de hombre europeo con el que fantaseé tener una aventura. Con el que me imaginé tantas veces en la parte trasera de una furgoneta 1970. Barba, gabardina, rulos negros y lentes de carey. Nada es más frustrante que un sueño cumplido a destiempo, Joaquín apareció en esa etapa nostálgica y de resistencia que atraviesa todo viajero, intentando reafirmar su propia historia. En su mirada no podía reconstruir mi vida. Pasajes y rostros que en automático se recreaban ante mí al toparme con algún peruano en la estación del metro. Bastaba con oírlos y sentir en la boca del estómago ese acento, imposible de describir, para saber que todos proveníamos de la misma caja de alfileres. Bastaba con que me escuchen para sumirnos en el juego de miradas curiosas del perro que, en un parque, reconoce a los de su especie. Bastaba con la presencia de ese grupo de extraños para volver al placer culposo de reabrir viejas heridas. <<Apenas nos den los resultados de la convocatoria debemos buscar piso. No podemos esperar a mudarnos a Madrid >>, dijiste con la mirada perdida en el techo de mi cuarto. Te respondí que sí quitándome el cubrecamas del rostro: <<Quiero un piso con balcón hacia alguna plaza, en Camacho las casas solo miran hacia sí mismas>>. <<Los limeños somos expertos en mirarnos el ombligo>>, susurraste zambulléndote bajo las sábanas. A veces me contemplabas tan de cerca que el pudor tensaba cada uno de mis músculos. Soplaste dentro de mi ombligo y te tumbaste boca arriba. Fui tu cómplice en el juego de dibujar, en la parte más alta de mi habitación, una versión de Madrid que desmiento cada día camino a la universidad.

Las cosas traen silencio luego de que se rompen. Esos instantes en los que quedamos sin habla nos confirman que también odiamos el final anticipado de los objetos. Mi tío ha dejado caer el vaso que lleva entre los dedos, ante un enmudecido auditorio. Las esquirlas se esparcen por toda la mesa, el whisky en marejada trasluce las imperfecciones del mueble: grietas mal resueltas en la caoba, producto de aquella Navidad en la que intenté colgarme de una lámpara de araña, trayéndola abajo.

Un pedazo de cristal esplende dentro de la fuente del postre. Sebastián se acerca al comedor con la carita desencajada. Sus cejas son muy delgadas, casi imperceptibles sobre su piel; aún así noto cómo se arquean al examinar de cerca la camisa azul de mi tío, salpicada de whisky. Toca el mantel y se lleva los dedos a la nariz. Mi sobrino es de esos niños que llegan tarde a lo fundamental. A decir las primeras palabras, a abandonar el pañal, a correr con pasos temblorosos y brazos extendidos en búsqueda del padre que lo espera del otro lado del corredor. Sebastián asiste a terapia para el lenguaje y sus padres se niegan a hablar de ello, quizá atemorizados por la idea de que su hijo sea un subnormal.

—Fernanda, por favor, lleva a Sebastián al jardín. Va a terminar apestando a licor —dice mi abuela, con un trapo amarillo entre las manos.

Los dedos de mi sobrino se aferran a mi pulgar y emprendemos nuestro viaje hacia el patio.

Junto a la piscina, Sebastián retira de sus bolsillos caramelos de fresa y una bolsa con migas de pan. Varias cuculíes nos observan expectantes, funambulistas que se sostienen del cerco eléctrico instalado sobre una pared manchada por balones de fútbol. Mi sobrino retira un puñado de migas de la bolsa y lo lanza hacia el cielo con ambas manos, como si liberara un globo. Algunas migajas van a parar a mi pantalón. Sebastián suelta una carcajada y me mira de costado. Un caracol de tierra se arrastra sobre el borde de la piscina. Moviliza su cuerpo diminuto sobre las irregularidades del granito, trazando una huella babosa en forma de zigzag. Mi sobrino sujeta al animal por la concha. Cuando pienso que se encuentra a punto de triturarlo, o extraer la coraza y las antenas hipnotizado por el mismo instinto que lleva a los niños a torturar chanchitos de tierra, Sebastián se levanta. Abandona la zona de la piscina y pisa el jardín. Corre hacia la parte más frondosa y suelta al animal junto a un ficus. Enseguida, los pájaros descienden por alimento. Cuculíes, petirrojos y loros picotean los últimos trozos de pan dispersos por el jardín. De pronto, junto a nosotros, se sienten a salvo. De pronto, junto a ellos, somos nosotros quienes estamos a salvo.

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Texto de María José Caro León-Velarde


Escrito por

Katya Adaui

¿Qué es lo que quiero contar? ¿Qué es lo que he aprendido?


Publicado en

Casa de estrafalario

Escribo para descubrir, para ser feliz, para viajar, para volar. @kadaui