No indulta

Bosques de palermo. foto: katya adaui

Réquiem en Buenos Aires

El escritor venezolano, Gabriel Payares, y un cuento de HOTEL

Publicado: 2014-11-02

Réquiem en Buenos Aires

Vuelvo al Sur,

como se vuelve siempre al amor.

Vuelvo a vos,

con mi deseo, mi temor.

ASTOR PIAZZOLA, "Vuelvo al sur".


Hoy deambulé sin parar durante horas, con los ojos abiertos y sonámbulos, deteniéndome sólo cuando así lo dispuso el cansancio. El dolor de pies acusa la distancia recorrida: en cualquier sentido posible, me encuentro bastante lejos de casa, pero no me genera ningún tipo de angustia perderme. Ha sido así desde que bajé del avión: aunque a ratos no sepa adónde ir, ni por qué, y me pregunte si ando errante como alma en pena, en el fondo me da lo mismo, me digo que todo turista es un espectro, un aparecido, una visión proveniente de un mundo distinto y siempre lejano, porque es absurdo tener a Ítaca a la vuelta de la esquina. Sentado a la mesa, sorbiendo un temeroso café con leche, extraigo mi mapa del bolsillo. Tenías razón: es una ciudad enorme, mucho más grande de lo que alguna vez llegaste a describir, a pesar de que hablaste de ella horas y horas sin parar. Imagino que sus calles y avenidas, ese enorme sistema nervioso, te quedaron pequeñas en la boca, en esa boca grande, laberinto, con la que das tanto placer y escupes tanto veneno. Trato, sin embargo, de no pensarte y me sorprende lo fácil que me resulta: me digo entonces que ciertos esfuerzos ya son en vano, pues en mi día a día, allá en mi casa, son raras las veces en que te nombro. Ya no escucho tu eterno bamboleo de platos y cubiertos, tu tecleo infernal hasta las tres de la mañana, tu eterno olor a cigarrillo. He vaciado mi casa de ti. Por eso no deja de inquietarme el súbito empeño con el que vine a esta ciudad, siguiendo tus pasos, visitando lugares cuyo nombre supe por ti, tomando fotos que tomaste o que probablemente pensaste en tomar, comiendo en los restaurantes que visitaste y preguntándome qué habrías ordenado en el menú. A ratos, este viaje luce como un plan programático por revivirte, o por evocar tu fantasma en los lugares que alguna vez describiste y que yo imaginé a través de tus ojos ambiciosos, perla de los ahogados que algún día flotamos en tus aguas traicioneras. Me siento como un arqueólogo persiguiendo las ruinas de Troya en distantes arenales y desiertos, exclamando un eureka apresurado ante cada fragmento de vasija que se tropieza, y enfrentando día a día esta ciudad con el pánico infantil de encontrarte a la vuelta de una esquina, de tropezarme contigo hecha puente, letrero, campo de flores, iglesia colonial o amplia avenida desierta. Me consta que asumes formas, que te disfrazas en mi memoria revolviendo cajones antiguos y que en el fondo agradezco que así sea, porque tu búsqueda es de cualquier manera inútil: si tan sólo supieras que hace mucho dejé de extrañarte, que mucho tiempo ha pasado desde que eché tus fotos a la basura, que deseché esos regalos y detalles tan especiales, que borré tus firmas y pinté tus huellas en la pared, que me convencí de lo que todo el mundo me decía y que hoy en día me resulta estúpida, atronadoramente obvio: que estoy mejor desde que te fuiste, que estoy mejor sin tu dolor, que todo ese miedo que le tenía a tu recuerdo resultó ser mucho más leve que el peso insoportable de tu presencia. ¿Y entonces?, interrogo con la mirada al mesonero frente a mí, ¿qué hago yo aquí, persiguiéndote como a un recuerdo de infancia, como a una cometa enredada en el cableado de la ciudad? ¿Qué oscura razón me trajo al frío, a la comida grasienta, a la soledad? El mozo me contesta, en su acento extranjero, anotando en su libretita el último relato de un libro secreto e imposible: que te convertiste, y es bueno saberlo, en un canto de sirena, en una luciérnaga mental que me seduce hacia el precipicio, como una fragancia pasajera en la calle superpoblada, un leve sabor a castigo, a mordida sonriente en las manos que te acarician, a reproche insomne de medianoche y a llanto agotado al amanecer. Finalmente, has conseguido tu sueño de ser algo más que tú misma, de volverte abismo y estrella solitaria a la vez. No hay nada en la música, nada en el clima invernal, en la melodía del acento o en la sazón de la comida que realmente te traiga a la memoria; me doy cuenta de ello con el primer bocado de comida sobre la lengua, con el primer apretón que le doy con los molares: tu presencia es un reto a lo real, y eso es lo más curioso de todo. Te escondes a mi mirada como una diapositiva perdida en un carrusel de fotos recientes, pero tus formas las grabó el calor del bombillo –¿tatuaje o cicatriz, qué diferencia hay?– en un telón de fondo que ahora ya es mío. Te veo en donde no puedo verte, te evoco en donde no hay nada que realmente se te asemeje. Subyaces a la ciudad y a sus fascinaciones, porque al final del día no estás más aquí que en el aire que respiro, en mis cubiertos usados o en el agua que dejo correr por el desagüe. Si en algún momento pensé en ti como en algo más que una idea, una sensación proveniente de almanaques desechados, fue porque decidí perderme, porque creí a conciencia en el embrujo de mi propio abandono, uno que se repite hoy en las calles de esta ciudad, tu ciudad, no porque hayas nacido en el Sur, ni porque fuera esta tu patria soñada, préstamo de culturas más fuertes, sino porque esta ciudad fue tu bastión, tu retaguardia, tu cuartel de invierno en la batalla paciente que he emprendido en tu contra, en este lento e implacable proceder hacia tu desaparición. Te borro, ya casi no quedan letras de tu nombre; he construido con ellas otros rostros en otras mesas y los he mirado marcharse también. Tu recuerdo es una débil silueta incrustada en la ventana, una que con cada línea escrita pierde un poco más su propio borde, a medida que las moscas sorben y sorben su tinta y la vomitan en mi propia libretita, último regalo tuyo que acepté, y que ya alcanza en tu ciudad sus últimas páginas. En ellas encuentro la respuesta al acertijo de este viaje, hallo finalmente la pieza faltante de un enigma que inició hace un par de años tu mirada, rasante y sin verme siquiera, pero verde como el agua del mar al mediodía: vine al Sur a decirte adiós, a despedirme de ti en el último de tus lugares, uno en el que ya no te encuentras; he viajado cinco mil kilómetros para dejarte una última flor en el cementerio equivocado. Vine a verte desaparecer, a superponer mi presencia a la tuya en estos rincones, a sentenciar al olvido el viaje que hiciste a mis costillas, pidiendo tiempo y distancia, huyendo de mí y de nuestro dolor, de la estupidez que era pretender compartir lo que ninguno quería. Vine, querida, a darte la última estocada y a sentenciarte al olvido. Por eso redacto estas últimas líneas, violentas y apresuradas, saliendo de un café en el que nunca estuviste, en una ciudad que ya no te pertenece, en un país que te he arrebatado, en un mundo en el que ya no cabes y ya no estás más, en el que ya no tendré miedo a encontrarte en la mañana, cuando abra los ojos y gire el rostro al otro lado, al tuyo, al otro lado de mi cama. 

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Este cuento pertenece al libro HOTEL (Caracas, Editorial Puntocero, 2012).

Gabriel Payares estudia la maestría en escritura creativa de la Universidad Nacional de Tres de Febrero, en Buenos Aires. Es Licenciado en Letras y Magíster en Literatura Latinoamericana. Su primer libro de cuentos se llamó: CUANDO BAJARON LAS AGUAS (Caracas, Monte Ávila Editores, 2009).


Escrito por

Katya Adaui

¿Qué es lo que quiero contar? ¿Qué es lo que he aprendido?


Publicado en

Casa de estrafalario

Escribo para descubrir, para ser feliz, para viajar, para volar. @kadaui