enero 27th, 2012

Los libros de la resistencia

Un día como hoy, hace 66 años, el ejército soviético liberó Auschwitz-Birkenau, el campo donde morían a diario 2.370 personas en manos nazis. Estos son los libros que leí el año pasado para intentar comprender…

Tienen en común la narración sin rencor, sin manipulación; la tragedia de la naturaleza humana: “Hoy construimos catedrales y mañana enviamos a la muerte”.

-Trilogía de Auschwitz (Si esto es un hombre, Los hundidos y los salvados, La tregua): Primo Levi

-Todo lo que tengo lo llevo conmigo: Herta Müller

-33 días: Léon Werth

enero 27th, 2012

Madre cumple hoy 73

No, madre, los viajes jamás enferman. Debilitan, como las guerras, como las mudanzas, como todo armisticio, hasta que la paz se reinstala. Cuando viajamos nos sometemos a investigaciones nuevas y para reproducirlas más tarde, cuando ya estamos inmersos de vuelta en nuestras propias tragedias, se precisa de una evocación. La copia de un recuerdo cada vez más brumoso. ¿Lo leíste tú también? He olvidado dónde me alcanzaron estas palabras: Hay lugares adonde no se puede volver ni siquiera volviendo.

enero 26th, 2012

Aplaudir

Foto: K. Adaui

¿Quién no ha dejado de aplaudir primero, tentado por escuchar los aplausos de los otros, esperando la llegada del silencio? ¿Hay otra opción más siniestra que la de ser quien no aplaude nunca y permanece de brazos cruzados, en la sala, durante un estreno, esperando nada, y, al mismo tiempo, está imposibilitado de marcharse?

enero 26th, 2012

Convocatoria: El cuento de las 1,000 palabras

Caretas anuncia así una nueva convocatoria al concurso: El cuento de las 1,000 palabras (con Gastón Acurio como uno de los jurados ¿?):

En lo que al extraño y preciado don de la brevedad se refiere, es inevitable destacar, sin duda, el consabido cuento de Augusto Monterroso: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Menos conocido, quizás, sea el relato del argentino Andrés Neuman titulado “Novela de terror”, que versa así: “Me desperté recién afeitado”. Ambos despertares, sin embargo, constituyen paradigmas perfectos para ejemplificar aquel elogio de la brevedad que a lo largo de 25 ediciones CARETAS ha sabido premiar a través del Concurso “El Cuento de las 1,000 Palabras”. Desde “Ángel de Ocongate”, relato con que Edgardo Rivera Martínez se erigiera como vencedor en aquella primera edición de 1982 con jurado presidido por el mismísimo Mario Vargas Llosa, luego han sido muchos los rostros célebres premiados con las tradicionales y codiciadas máscaras del concurso. Han sido historias salidas, entre otras, de las generosas plumas de Guillermo Niño de Guzmán, el entrañable José Adolph, un alucinado Luis Freire y su pishtaco de quirófano, el enigmático Enrique Prochazka, y hasta de César Hildebrandt, quien en 1986 se hiciera del premio con una memorable historia sobre el desamor titulada “El ejército de la sensatez”. Veinticinco años a lo largo de los cuales hasta las menciones honrosas han hecho verdadero honor a su nombre, contando entre sus filas a los notables Siu Kam Wen y Carlos López Degregori, por ejemplo. El primero, quien en 1983 destacara con el cuento “Azucena”, sobre el tortuoso acoso sexual de una empleada doméstica; y el segundo, quien en 1985 entregara el relato “Este reino inferior”, del que se recuerda aquella frase de perturbadora revelación: “La poesía me hizo sucio con los años”. Veinticinco años de historias donde el verbo se hizo humor, pero también intriga policial, soliloquios existenciales y hasta relatos de ánimo erótico. Genio y figura, sin embargo, que este concurso no solo supo convocar del lado de los concursantes, sino también del jurado, que en su momento contó con la participación de Rodolfo Hinostroza, Fernando Ampuero, Alberto Ísola, Mario Bellatín, Luis Peirano, Chachi Sanseviero, Hugo Neira y Francisco Lombardi, entre muchas otras luminarias del parnaso cultural peruano. Ahora, llega la 25ª edición celebratoria con jurado de lujo integrado por Antonio Cisneros, poeta fundamental además de sibarita y suculento cronista; el vate y novelista Abelardo Sánchez León; la destacada periodista Patricia del Río; Jaime Bedoya en representación de CARETAS; y, en nombre de esa apuesta cultural en el más amplio sentido de la palabra que en el caso del Perú tiene como sinónimo la gastronomía: el genio de las ollas y la creatividad Gastón Acurio. Ya se dijo: “El misterioso proceso de creación es un poderoso imán que atrae a muchos, aunque elige a pocos”. La convocatoria ha sido abierta. abras”. Ya se sabe: de lo bueno, poco. Cuento y Recuento: 25 Años de Buena Pluma Compartir: Facebook Twitter Por todo lo alto. Primer ganador Edgardo Rivera Martínez recibiendo en 1982 el premio de manos de Mario Vargas Llosa. En lo que al extraño y preciado don de la brevedad se refiere, es inevitable destacar, sin duda, el consabido cuento de Augusto Monterroso: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Menos conocido, quizás, sea el relato del argentino Andrés Neuman titulado “Novela de terror”, que versa así: “Me desperté recién afeitado”. Ambos despertares, sin embargo, constituyen paradigmas perfectos para ejemplificar aquel elogio de la brevedad que a lo largo de 25 ediciones CARETAS ha sabido premiar a través del Concurso “El Cuento de las 1,000 Palabras”. Desde “Ángel de Ocongate”, relato con que Edgardo Rivera Martínez se erigiera como vencedor en aquella primera edición de 1982 con jurado presidido por el mismísimo Mario Vargas Llosa, luego han sido muchos los rostros célebres premiados con las tradicionales y codiciadas máscaras del concurso. Han sido historias salidas, entre otras, de las generosas plumas de Guillermo Niño de Guzmán, el entrañable José Adolph, un alucinado Luis Freire y su pishtaco de quirófano, el enigmático Enrique Prochazka, y hasta de César Hildebrandt, quien en 1986 se hiciera del premio con una memorable historia sobre el desamor titulada “El ejército de la sensatez”. Veinticinco años a lo largo de los cuales hasta las menciones honrosas han hecho verdadero honor a su nombre, contando entre sus filas a los notables Siu Kam Wen y Carlos López Degregori, por ejemplo. El primero, quien en 1983 destacara con el cuento “Azucena”, sobre el tortuoso acoso sexual de una empleada doméstica; y el segundo, quien en 1985 entregara el relato “Este reino inferior”, del que se recuerda aquella frase de perturbadora revelación: “La poesía me hizo sucio con los años”. Veinticinco años de historias donde el verbo se hizo humor, pero también intriga policial, soliloquios existenciales y hasta relatos de ánimo erótico. Genio y figura, sin embargo, que este concurso no solo supo convocar del lado de los concursantes, sino también del jurado, que en su momento contó con la participación de Rodolfo Hinostroza, Fernando Ampuero, Alberto Ísola, Mario Bellatín, Luis Peirano, Chachi Sanseviero, Hugo Neira y Francisco Lombardi, entre muchas otras luminarias del parnaso cultural peruano. Ahora, llega la 25ª edición celebratoria con jurado de lujo integrado por Antonio Cisneros, poeta fundamental además de sibarita y suculento cronista; el vate y novelista Abelardo Sánchez León; la destacada periodista Patricia del Río; Jaime Bedoya en representación de CARETAS; y, en nombre de esa apuesta cultural en el más amplio sentido de la palabra que en el caso del Perú tiene como sinónimo la gastronomía: el genio de las ollas y la creatividad Gastón Acurio. Ya se dijo: “El misterioso proceso de creación es un poderoso imán que atrae a muchos, aunque elige a pocos”. La convocatoria ha sido abierta.

Las bases:http://www.caretas.com.pe/Main.asp?T=3082&S=&id=12&idE=992&idSTo=0&idA=56655

//
Además, hacen un link al nuevo blog de Iván Thays en El País, Vano Oficio, un blog donde promete escribir lo justo, tal como el concurso de Caretas lo exige, año tras año. Este nuevo espacio irá en paralelo a su Moleskine Literario…

http://blogs.elpais.com/vano-oficio/

enero 20th, 2012

Fracasar mejor

El fracaso visto desde arriba.

La revista mexicana HERMANO CERDO, con cuyos integrantes pasé deliciosas noches de lunes leyendo cuentos en el DF y comiendo empanadas, ha publicado un ensayo de Zadie Smith sobre ser escritor y por qué el “yo”, la personalidad, muchas veces traiciona una obra que pudo haber sido buena…

“Un mapa de decepciones, lo que Nabokov llamaría un buen título para una mala novela. Me parece una guía más que adecuada para la tierra en la que viven los escritores, un país que imagino como una enorme playa con los esperanzados escritores en la costa mientras su novelas perfectas se apilan en la orilla opuesta, inaccesibles. En la costa hay cientos de muelles, de “puentes de decepción”, como los llamó Joyce. Muchos escritores, con frecuencia, se mojan. Para qué mojarse si eso no le interesa a los lectores o a los críticos que sólo juzgan la novela húmeda que tienen enfrente. Pero para los que escriben novelas, lo importante, al menos, es entrar al muelle y llegar al otro lado. Para los escritores, escribir bien no es sólo oficio sino una cuestión de carácter. ¿Qué cuesta escribir bien? ¿Qué cualidades personales se necesitan? ¿Qué le falta a un mal escritor? En muchas de las profesiones humanas no nos avergüenza hacer una equivalencia entre personalidad y capacidad. ¿Por qué no hablamos de eso cuando hablamos de libros?”…

Pueden seguir leyendo aquí: http://hermanocerdo.com/2012/01/fracasar-mejor/

enero 19th, 2012

Los avances

Comencé una novela.

La primera.

Durante los dos meses que estuve de viaje, la alimenté desde el silencio.

Cuarenta páginas.

El cuento más largo que he escrito tiene doce.

Se malogró la computadora. De todos los documentos que escribí en ella durante cuatro años, perdí la versión final de la novela. Como si esos dos amorosos meses no hubieran existido.

Las lecciones inesperadas: un viaje para volver al inicio. Una pérdida de la que soy responsable.

Tengo computadora nueva y un archivo viejo. Y esta angustia que me despierta en grito.

Ya no es un comienzo. Es el recomienzo.

¿Cómo continuar si la memoria y la imaginación no repiten sus instantes, sus instintos?

enero 17th, 2012

Volver a los diecisiete – Violeta Parra

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Volver a los diecisiete después de vivir un siglo
es como descifrar signos sin ser sabio competente
volver a ser de repente tan frágil como un segundo
volver a sentir profundo como un niño frente a Dios,
eso es lo que siento yo en este instante fecundo.

Se va enredando enredando, como en el muro la hiedra
y va brotando, brotando, como el musguito en la piedra
como el musguito en la piedra, ay, sí, sí, sí.

Mi paso retrocedido, cuando el de ustedes avanza
el arco de las alianzas ha penetrado en mi nido
con todo su colorido se ha paseado por mis venas
y hasta la dura cadena con que nos ata el destino
es como un diamante fino que alumbra mi alma serena

Se va enredando, enredando, como en el muro la hiedra
y va brotando, brotando, como el musguito en la piedra
como el mus guito en la piedra, ay, sí, sí, sí.

Lo que puede el sentimiento no lo ha podido el saber,
ni el más claro proceder, ni el más ancho pensamiento
todo lo cambia el momento cual mago condescendiente,
nos aleja dulcemente de rencores y violencia
solo el amor con su ciencia nos vuelve tan inocentes.

Se va enredando, enredando, como en el muro la hiedra
y va brotando, brotando como el musguito en la piedra
como el musguito en la piedra, ay, sí, sí, sí.

El amor es torbellino de pureza original
hasta el feroz animal susurra su dulce trino,
retiene a los peregrinos, libera a los prisioneros,
el amor con sus esmeros, al viejo lo vuelve niño
y al malo solo el cariño lo vuelve puro y sincero.

Se va enredando, enredando, como en el muro la hiedra
y va brotando, brotando como el musguito en la piedra
como el musguito en la piedra, ay, sí, sí, sí.

De par en par la ventana se abrió como por encanto
entro el amor con su manto como una tibia mañana
y al son de su bella diana hizo brotar el jazmín,
volando cual serafín al cielo le puso arete
y mis años diecisiete los convirtió el querubín.

Se va enredando, enredando, como en el muro la hiedra
y va brotando, brotando como el musguito en la piedra
como el musguito en la piedra, ay, sí, sí, sí.

enero 13th, 2012

¿La viste tú venir?

Mar de Tulum / Foto: K. Adaui

Te invito a espiar

los fondos marinos,

donde los rayos de sol

forman burbujas

que no se pinchan

si las atraviesas,

donde las noctilucas

alumbran el amor

con fosforescencias

ininterrumpidas,

y si desde donde estamos

alcanzamos a observar

la arena,

avistaremos

embarcaciones

que nombran gaviotas,

peces, viajes, puertos,

paisajes en tránsito

que insisten

en retenerse

en nuestras pupilas

como las palabras escritas

en un grano

de arroz.

Estamos en la circunstancia,

¿la viste tú venir?,

de nombres en la arena

que las huellas encuentran

sin pisarlos y a las que bocas

incrédulas aún pueden cederles la sonrisa.

enero 13th, 2012

El peso del polvo por Henrik Norbrandt

¡No deshagas la maleta! Inconscientemente
podría ocurrírsete desparramar su contenido lo que te tentaría a ver un dibujo
como el de las letras de la palabra hogar.

Donde algo careciera de simetría
querrías tal vez colocar una planta
regada y empezar a querer apreciarla.

¡No deshagas la maleta! Podría
estallar la guerra. O lo que es aún peor:
Podrías imaginarte que estabas enamorado
y como una inevitable consecuencia
mudarte a una calle con un nombre
y que las calles, no como ahora, no solo fueran calles
sino el caminar de los condenados a muerte en ellas.

¡No deshagas la maleta! Es mejor
ponerte una camisa arrugada
que una que haya estado tendida en un balcón
con vistas a algunas islas brumosas
y haya sido planchada por una mano amorosa,
es preferible el olor a naftalina que a espliego.
Podrías creer que eres una flor.

!No deshagas la maleta! Déjala
junto a la pared en una habitación desnuda
donde una bombilla desnuda
no te deja dudar ni un instante
de dónde estás y quién eres en la Tierra.
¡No deshagas la maleta! Ni un segundo
antes de que puedas prescindir completamente de ella.

Y déjala en su sitio.

/

Poema de Henrik Norbrandt.

 

enero 13th, 2012

Nuestro amor es como Bizancio

 

“Nuestro amor es como Bizancio,
tuvo que haber sido
la última noche. Tuvo que haber habido,
me imagino,
un resplandor en los rostros
de los que se agolpaban en las calles
o formaban pequeños grupos
en las esquinas de las calles y en las plazas
hablando en voz baja,
un resplandor que tuvo que haberse parecido
al que tiene tu cara
cuando te echas el pelo hacia atrás
y me miras.

Me imagino que no hablarían
mucho y solo de cosas
bastante indiferentes,
que tratarían de hablar
y se detuvieron
sin haber llegado a decir
lo que querían
y lo intentaron de nuevo
y lo volvieron a dejar
y se miraron mutuamente
y bajaron la mirada. 

Los íconos muy antiguos, por ejemplo,
tienen el mismo resplandor
que el flamígero fulgor de una ciudad en llamas
o el brillo que la muerte inminente
deja en las fotografías de muertos prematuros
en el recuerdo de los supervivientes.

Cuando me vuelvo hacia ti
en la cama, tengo la sensación
de entrar en una iglesia
que fue quemada
hace mucho tiempo
y donde solo ha quedado
la oscuridad en los ojos de los íconos
plenos de las llamas que los aniquilaron”.

Poema de Henrik Nordbrandt.

enero 12th, 2012

Cohen: La poesía viene de un lugar que nadie controla

Leonard Cohen, al recibir el Premio Príncipe de Asturias de las Letras el año pasado:

Es un honor estar aquí esta noche, aunque quizá, como el gran maestro Riccardo Muti, no estoy acostumbrado a estar ante un público sin una orquesta detrás. Haré lo que pueda como solista. Anoche no pude dormir, pasé la noche en vela pensando en qué iba a decir acá hoy. Después de comerme todos los chocolates y los maníes del minibar garabateé unas pocas palabras pero dudo que haga falta referirse a ellas. Obviamente, estoy muy emocionado por el reconocimiento de la fundación. Pero he venido esta noche a expresar otro tipo de gratitud que espero poder contar en tres o cuatro minutos.

Cuando estaba armando la valija en Los Angeles me sentía inquieto porque siempre he tenido cierta ambigüedad acerca de los premios a la poesía. La poesía viene de un lugar que nadie controla, que nadie conquista. Quiero decir, si supiera de dónde vienen las canciones, iría allí más seguido. Es difícil aceptar un premio por una actividad que en realidad no controlo. Haciendo el equipaje para venir, tomé mi guitarra Conde, hecha en España, en el taller del Nº 7 de la calle Gravina hace 40 años más o menos. La saqué de la caja, parecía llena de helio, muy liviana. Me la acerqué a la cara y la olí. Está muy bien diseñada y tiene la fragancia de la madera viva. Sabemos que la madera nunca muere y por eso olía el cedro, tan fresco, como si fuera el primer día, cuando compré la guitarra hace 40 años. Y una voz parecía decirme: “Eres un hombre viejo y no has dado las gracias, no has devuelto tu gratitud al pueblo, a la tierra de donde surgió esta fragancia”. Y he venido esta noche a agradecer al suelo y al alma de esta tierra que me ha dado tanto. Porque igual que un hombre no es un DNI, una calificación de deuda tampoco es un país. Ustedes saben de mi fuerte asociación con Federico García Lorca. Puedo decir que cuando era un hombre joven, un adolescente, estaba hambriento por encontrar una voz. Y estudié a los poetas ingleses y conocí bien su trabajo y copié sus estilos, pero no pude encontrar una voz. Fue sólo cuando leí, incluso en una traducción, los trabajos de Lorca, que entendí que había una voz. No quiero decir que copié su voz; no me hubiera atrevido. Pero él me dio permiso para encontrar una voz, localizar una voz, encontrar un yo, un yo que no es fijo, que lucha por su propia existencia.

Al hacerme mayor supe que las instrucciones venían con esa voz. ¿Y qué instrucciones eran ésas? Nunca lamentarse. Y si uno debe expresar la gran e inevitable derrota que nos espera a todos, debe hacerlo dentro de los estrictos confines de la dignidad y la belleza. Así que ya tenía una voz, pero no tenía el instrumento para expresarla. No tenía una canción. Y ahora voy a contarles brevemente la historia de cómo conseguí mi canción.

Yo era un guitarrista indiferente. Sólo sabía unos cuantos acordes. Me sentaba con mis amigos, bebía y cantaba las canciones folk y las canciones populares de aquellos días, pero nunca me vi como un músico o un cantante. Un día, a principios de los años ’60, estaba de visita en casa de mi madre en Montreal. Su casa estaba cerca de un parque con una cancha de tenis donde la gente iba a ver a los hermosos tenistas disfrutar de su deporte. Fui a pasear a ese parque que conocía desde chico y encontré a un joven tocando la guitarra. Estaba tocando flamenco y lo rodeaban dos o tres chicas y chicos escuchándolo. Me enamoré de su manera de tocar. Algo de lo que hacía me capturó. Yo quería tocar así, aunque sabía que nunca lo lograría.

Me senté con los otros oyentes un rato y cuando hubo un silencio, un silencio apropiado, le pregunté si quería darme clases de guitarra. El joven era español y sólo podíamos comunicarnos en mi francés rústico y su francés rústico. El no hablaba inglés. Aceptó darme clases. Le señalé la casa de mi madre, que podía verse desde la cancha de tenis, hicimos una cita y acordamos un precio.

Vino a la casa de mi madre al día siguiente y me dijo: “Dejame escucharte tocar algo”. Lo intenté y me dijo: “No sabés tocar, ¿no es cierto?”. Le dije: “No, no sé tocar”. Me dijo: “Primero dejá que afine la guitarra, está muy desafinada”. Así que tomó la guitarra, y la afinó. “No es una mala guitarra”, dijo. No era la Conde, pero tenía razón, no era mala. Me la devolvió y me pidió que tocara.

No pude tocar mejor.

Me dijo: “Dejame enseñarte algunos acordes”. Y tomó la guitarra y produjo un sonido que yo nunca había oído antes. Tocó una secuencia de acordes con un tremolo y me dijo: “Ahora te toca a vos”. Le contesté: “Está fuera de cuestión, es imposible que lo haga”. Dijo: “Te voy a enseñar cómo ubicar los dedos”, y lo hizo. “Ahora tocá.”

Fue un desastre. Me dijo que volvería al día siguiente.

Volvió, me mostró dónde poner las manos, ubicó la guitarra en mi regazo de la forma más apropiada y empecé otra vez con esos seis acordes –una progresión de seis acordes–. Muchas, muchas piezas de flamenco están basadas en esa progresión.

Ese día fue un poco mejor. El tercer día también mejoró, de alguna manera. A esta altura sabía los acordes. Y sabía que, aunque no podía coordinar mis dedos con mi pulgar para producir el tremolo correcto, conocía los acordes. Y los conocía muy, muy bien.

Al día siguiente no vino. Tenía su número de teléfono, el de la pensión donde se alojaba en Montreal. Lo llamé para averiguar por qué había faltado a la cita y me dijeron que se había quitado la vida. Que se había suicidado.

No sabía nada sobre él. No sabía de qué parte de España venía. No sabía por qué estaba en Montreal. No sabía por qué tocaba allí. No sabía por qué había aparecido en esa cancha de tenis. No sabía por qué se había quitado la vida.

Me entristecí profundamente, por supuesto. Pero ahora diré algo que nunca antes mencioné en público. Fueron esos seis acordes los que se convirtieron en la base de todas mis canciones y de toda mi música. Ahora podrán empezar a entender las dimensiones de la gratitud que siento por este país.

Todo lo que han encontrado favorable en mi trabajo viene de este lugar. Todo, todo lo que han encontrado bueno en mis canciones y en mi poesía ha sido inspirado por esta tierra.

Así que les agradezco por la calidez y la hospitalidad que le han mostrado a mi trabajo. Porque, en verdad, les pertenece. Sólo me han permitido poner mi firma al final de la última página.

/

Gracias, Vale, por compartirlo conmigo.

enero 12th, 2012

Bienvenida

Encontré la llave de la ducha todavía malograda,

el perro me fue devuelto listo para vacunar,

en la mesa estaba el sobre, como recién abierto,

el tapete del recibidor apenas si había sido pisado,

las macetas regadas,

los geranios abiertos,

la cama invitante,

los frascos en el baño,

albergaban la fragancia alguna vez favorita,

los discos,

los libros,

la mesa del comedor,

el escritorio,

la pequeña mesa de centro,

la mesa y el sofá del patio,

la ventana que da al patio,

mi pequeño universo gritando: quédate,

esta es tu casa,

y en cada reconocimiento:

levantar el cadáver.

enero 10th, 2012

De cero

Como todo regreso,

asistimos a un acto de fe.

diciembre 25th, 2011

Salvador Elizondo y los ecos informes

* Todos los elementos del universo contribuyen a la nostalgia
de nuestra disolución, porque esa mirada de verdugo,
sólo a través de la cual el caos nos es comprensible como un
elemento del orden ficticio que nos permite entendernos
de cierta manera con la realidad, sabe mirar más hondo que
nuestros ojos y sabe descubrir en nuestra posibilidad de aniquilación
la trampa de la realidad, la certeza de la nada.
Nuestra condición pasajera tiende siempre a subvertir el
orden de nuestras angustias, trastocando el plan de acuerdo
con el que el universo está concebido. La poesía misma se desentiende
del amplísimo significado que tiene nuestra muerte
para tratar de descubrir en la banalidad de la naturaleza y de
los sentimientos el germen de una supervivencia inasequible.
Por eso nuestra condición es desesperada; sólo la laboriosa
presencia del verdugo, la lentitud del rito emético con que
hemos de destruirnos, la visión espléndida de nuestra descomposición
implica en cierta manera, si no nuestra salvación,
sí nuestra escapatoria del ritmo opresivo de la vida.
No obstante la malignidad con la que nos es impuesta
la realidad, nos engañamos a veces; creemos que nuestro
destino es más que vomitar, más que confrontar pormenorizadamente
el asco que nuestra conciencia acaba por descubrir
en todas las cosas; nos olvidamos momentáneamente
de nuestro deber de morir y de matar lo que sobrevive cada
hora de nosotros mismos; tratamos de percatarnos de un vacío
que excluya todo lo que de excrementicio aportan las horas
que vivimos. Nuestra única realidad es el potro de tortura al
que estamos anclados a pesar de las mareas falaces del sentimiento.
Un atardecer, un rayo de sol es capaz de destruirnos
con más malignidad que todas las tenazas del verdugo y sin
embargo creemos descubrir en el crepúsculo, en la luz, el
mentís a nuestra condición de gusanos coprófagos.
Todo ello forma parte del mismo engaño porque está constituido
de lenguaje. Entre todos los artificios con los que pretendemos
escapar a nuestra condenación, las palabras, el ordenamiento
consciente de nuestras quimeras y de nuestras mentiras, constituyen
la más aparente de nuestras ilusiones. En ello se concreta el
absurdo de nuestra relación con el mundo. Tratamos de expresar
lo inexpresable cuando nuestro único proferimiento puede ser el
grito o el lamento. Y sin embargo nos aferramos a las palabras creyéndolas
propias, patrimonio inalienable, justificación perenne
de nuestra falsa grandeza. ¿Qué expresa el lenguaje cuando no
expresa el dolor intenso de carecer de significado? Soñamos con
las grandes realizaciones, somos capaces de concebir estructuras
y proferimientos que tienen la grandeza siniestra y banal de las
cárceles de Piranesi. Y es que entonces olvidamos al verdugo
que somos y que llevamos dentro. Las palabras son el paliativo
a nuestra urgencia de crimen, a nuestro goce en la mutilación.
¿Qué queda después de las palabras si ellas mismas no son sino
una forma del silencio? ¿Qué queda de todos los gritos sino una
sucesión macabra de ecos informes?
*Del diario de Salvador Elizondo.

diciembre 24th, 2011

Navidad con Joan Crawford

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Mi computadora ha fallecido la mañana de hace cuatro días frente al mar de Tulum. En compu prestada les mando mis mejores deseos para una tranquila Navidad.

diciembre 14th, 2011

Volver a casa en el DF

Volver a casa en el DF / Foto: K. Adaui

Durante este tiempo en el DF, he recuperado la alegría de caminar. Evito que la mochila pese. El cuello sigue sin pertenecerme del todo. Un libro, un lapicero, el cuaderno de notas, la cámara de fotos, la llave del departamento. Al llegar a la avenida Reforma, si tomo a la derecha llego a los Bosques de Chapultepec, a sus lagos, castillo, museos, zoológico y jardín botánico; a la izquierda alcanzo Bellas Artes, el Zócalo, el Antiguo Colegio San Ildefonso y Garibaldi. Aquí no se dice “ir de frente” sino “ir derecho”. Yo voy derecho hasta… Me detengo por unos tacos de guiso y un jugo de zanahoria. Camino. Avanzo. Observo. Nunca olvido que estoy rodeada por 22 millones de personas. Tres países en la capacidad de una ciudad. La palabra “tránsito” se carga de ironía; “embotellamiento” es más pertinente. Muchos peatones cruzan en verde, esquivando. Las calles y sus vendedores de elotes y esquites y gorros y bufandas y botanas con chile. Los árboles de Navidad son de verdad y no de plástico. El chocolate caliente coincide con los frentes fríos. Los gritos que ofrecen cosas que nadie parece necesitar. Los ancianos en las escaleras. Los viejos organillos alemanes desafinados de manera irremediable. Las manifestaciones. Los campamentos en las plazas. El metro atestado; las mujeres separadas de los hombres en las mañanas para evitar acosos. Las pistas y los hombres que ofrecen colores como globos para aliviar la inmovilidad, el retraso. En las miradas vivas, la urgencia de llegar por fin a casa, si es que en ella, la intimidad, el silencio; las bienvenidas sin reclamos.

diciembre 14th, 2011

Un bosque, una tarde

Esta ardilla descendió de su árbol en los Bosques de Chapultepec. El saludo inicial se convirtió en un ardid para pedir alimento. La sorpresa ante esta visita de lo salvaje se transformó en un encuentro entre seres domesticados. Como no tenía algo para darle, perdió el interés. Saltó a las ramas, se camufló en ellas, y se dedicó a practicar un acto muy, muy doméstico: la espera.

Foto: K. Adaui

diciembre 13th, 2011

Canción de la infancia – Peter Handke

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Cuando el niño era niño andaba con los brazos colgando,
quería que el arroyo fuera un río,
que el río fuera un torrente y que este charco fuera el mar.
Cuando el niño era niño no sabía que era niño,
para él todo estaba animado,
y todas las almas eran una.

Cuando el niño era niño no tenía opinión sobre nada,
no tenía ninguna costumbre,
se sentaba en cuclillas,
tenía un remolino en el cabello,
y no ponía caras cuando lo fotografiaban.

Cuando el niño era niño era el tiempo de preguntas como:
¿Por qué yo soy yo y por qué no tú?
¿Por qué estoy aquí y por qué no allí?
¿Cuando empezó el tiempo y dónde termina el espacio?
¿Acaso la vida bajo el sol no es sólo un sueño?
Lo que veo y oigo y huelo,
¿no es sólo la apariencia de un mundo ante el mundo?
¿Existe de verdad el mal y gente que realmente es mala?
¿Cómo puede ser que yo, el que soy,
no fuera antes de devenir,
y que un día yo, el que yo soy,
no seré más ese que soy?

Cuando el niño era niño le costaba tragar las espinacas,
los chícharos, el arroz con leche y la coliflor al vapor,
y ahora come todo, no solo por necesidad.
Cuando el niño era niño alguna vez despertó en una cama extraña,
y ahora lo hace seguido.
Muchas personas le parecían bellas,
y ahora solo con suerte.
Se imaginaba claramente un paraíso,
y ahora, cuando mucho, lo adivina.
No podía pensar en nada,
y hoy se estremece ante ella.
Cuando el niño era niño jugaba entusiasmado,
y ahora se concentra como antes
solo cuando se trata de trabajo.

Cuando el niño era niño las manzanas y el pan le bastaban de alimento,
y todavía es así.
Cuando el niño era niño las moran le caían en la mano, como sólo caen las moras,
y aun es asi todavía;
las nueces frescas le ponían áspera la lengua,
y ahora todavía;
encima de cada montaña tenía el anhelo de una montaña más alta,
y en cada ciudad el anhelo de una ciudad aún más grande…
y siempre es así todavía.
En la copa del árbol tiraba de las cerezas
con igual deleite como hoy todavía;
se asustaba de los extraños…
como todavía se asusta;
esperaba las primeras nieves…
y todavía las espera.
Cuando el niño era niño
lanzó un palo como una lanza contra el árbol…
Y hoy vibra ahí todavía.